Corazones sin destino

El hombre no parecía querer dejar la barra. Un bar de mala muerte en los muelles repletos de estibadores, ebrios igual que él pero con mayor experiencia alcohólica. El cantinero acostumbrado a lidiar con aquéllos, no sabía muy bien cómo encarar la situación que se le presentaba con el viejo. Estaba tan embriagado que le provocaba decirle que se largara de una buena vez, pero al mismo tiempo su rostro reflejaba tanta tristeza que no se atrevía, como solía hacerlo con los otros, tan curtidos por los gritos destemplados que generalmente terminaba llamando a uno de los fornidos vigilantes, para sacarlos a empellones y dejarlos tirados en la puerta.

El viejo lo miró indicándole con un guiño que quería otro trago.
—Me parece, señor, que usted debería irse a casa. Es ya muy tarde y estas calles son peligrosas.
—No me importa el peligro. Y si me quieren matar, no veo qué puedan ganar con eso, no soy rico y mi vida no es tan valiosa para que me secuestren... —dijo el hombre, sonriendo con amargura.
El cantinero anotó un punto a su favor. Se dio cuenta de que no era tan viejo, pero su cara lucía mustia, o tal vez era el gesto de insatisfacción lo que la hacía parecer así. Se alzó de hombros y luego de servirle el trago prosiguió atendiendo la barra. Para él cualquier hombre que sobrepasara los cuarenta era un anciano.

Una mujer entró al bar y por un momento reinó el silencio. No tenía la apariencia de las que merodeaban por aquellos lugares. Fue directamente adonde se encontraba el viejo y lo tomó del brazo.
—Papá... te he buscado por todos lados, vamos a casa, tengo el auto afuera.
—Tranquila, hija, la estoy pasando muy bien... ve tú. Yo iré después... Dile a tu madre que no espere despierta.
—Papá, no me iré sin ti –dijo la joven.
—Perdón que les interrumpa. Señorita, creo que es mejor que se retire, yo la ayudaré a sacar a su padre, no es conveniente que estén por aquí a estas horas —adujo el cantinero, mientras rodeaba la barra para hacer efectiva su ayuda.
—No. Nadie me va a llevar a ninguna parte. Yo me quedo y tú te vas a casa. -El hombre fue terminante. Su voz se escuchaba firme y por un momento el cantinero vio que su rostro adquiría una apariencia acostumbrada a ser obedecido—. Y usted, joven, no trate de sobrepasarse con mi hija, que para eso estoy aquí, para defenderla —advirtió, y volvió a acomodarse en la barra.
La joven miró al mesonero alzando las cejas, y dando un suspiro se retiró no sin antes reconvenir a su padre que no regresara demasiado tarde.
—Mi hija cree que soy un niño —dijo él—, y en cierta forma tal vez lo sea. Mi mujer dice que los hombres somos como unos niños. Mi santa mujer... pobre... si ella supiera con quién está casada —murmuró el viejo.
—Mi madre también cree que soy un niño —admitió el cantinero.
—Es el problema de las mujeres que nos rodean, yo no quiero seguir siendo tratado como un niño. Yo soy un hombre. ¡Un hombre! Maldita sea.
—Está bien, señor, usted y yo somos unos hombres, y muy machos —replicó el joven detrás de la barra.
El alboroto había vuelto a aparecer después de la salida de la chica. En la barra sólo quedaba el viejo, de modo que el cantinero se situó a su altura sentándose en un banco al otro lado del mostrador. Sus pies lo estaban matando.
—Nada de eso. Con las mujeres siempre seremos unos idiotas —dijo el viejo—. ¿Tienes un ordenador en tu casa? —preguntó de improviso.
—Sí. Tengo una laptop. Me sirve para mis trabajos de la universidad.
—¿Sólo para eso? ¿Nunca has conocido a alguien por Internet?
—Pues, verá usted, no tengo tiempo para dedicarlo a otras cosas, trabajo aquí hasta las 3 de la madrugada y empiezo a estudiar a las 8 de la mañana. Al salir de la universidad sólo me quedan un par de horas para hacer mis trabajos, que son cada día más. Estudio leyes.
—¡Qué suerte la tuya! Trabajas y estudias, tienes todo tu tiempo ocupado... en cambio yo... soy un desempleado, un jubilado mal pagado con todo el tiempo del mundo para meterme en esa maldita computadora.
—Pues no lo veo tan mal, tiene una casa, supongo, una mujer, una hija que se preocupa por usted, una pensión...
—Es el tiempo, hijo, el maldito tiempo que me sobra, ese es el problema. Empecé a escribir ¿sabes? Y no lo hago tan mal, pero esa fue mi desgracia. —El hombre terminó de vaciar el trago—. Me metí en uno de esos foros literarios para intercambiar opiniones y relatos, todo iba muy bien hasta que conocí a una mujer que es la que me terminó de desgraciar la vida.
—¿Por Internet?
—No. Me la desgració de verdad. No te burles.
—¿Qué le hizo? ¿Le sacó dinero? No me diga que le dio su número de tarjeta de crédito...
—¡Ah! ¡Si hubiera sido eso no me hubiera importado! Me enamoré, ¿comprendes?
El cantinero esbozó una sonrisa condescendiente.
—Todo iba muy bien hasta que me mandó una foto. Era la mujer de mis sueños, yo desde ese día no pude vivir tranquilo. Pasaba horas mirando su foto, la agrandaba para verla mejor, y me gustaba decírselo, le decía que la deseaba tanto que todas las noches me imaginaba haciendo el amor con ella, que le besaría cada rincón de su maravilloso cuerpo, que le haría lo que nunca le hizo nadie...
—Oiga, ¿pero todo eso era verdad? O sólo se lo hacía creer...
—¡Por supuesto que era cierto! ¿Cómo se te ocurre que yo mentiría con algo así? —preguntó el hombre, indignado.
—Bueno, pero tratándose de una mujer que usted nunca había visto... podría ser que ella le hubiese enviado una foto de otra. Suele suceder.
—Era ella. Yo lo sé. Le pregunté bien cómo era, y se describía a sí misma de una manera que me enloquecía. ¡Ah! ¡Cómo la amo!, quiero otro trago.
El barman se apresuró a servírselo. La historia le estaba interesando.
—Me imagino que le diría que era como Jennifer López. Todas quisieran ser como ella.
—No seas absurdo. Ella admitió que tenía cincuenta y cinco años. No se describía como una beldad, pero lo que me decía de ella es justamente lo que a mí me gusta en una mujer.
—Bastante madura, ¿verdad?
El joven se sentía entusiasmado con las revelaciones del viejo. Deseaba que le siguiera contando.
—No se trata de eso. Mi mujer es una mujer de su casa, tú me entiendes, su apariencia es diferente, aquélla era de piel suave, de ojos grandes, misteriosos, si hubieras visto su cara te enamorarías de ella.
—No. Lo siento. A mí me gustan las jóvenes.
—¿Qué saben ellas? Esta mujer me hizo sentir lo que yo nunca había experimentado en mis sesenta y ocho años de vida. Y he conocido mujeres ¿eh? No creas que soy un viejo idiota. Llegó un momento en el que creí enloquecer. No me apena decir que me masturbaba viendo su rostro, sus ojos, su boca, esa boca que me había hecho conocer la gloria, que me había llevado al cielo...
—Lo que hacen las mujeres con la boca... lo comprendo. Se la... ¿eh?
—Un día me dijo que algo que ya no me dejó vivir. Estuve a punto de dejar a mi mujer, mi familia, por ella. —El hombre se acercó y en tono cómplice le murmuró algo al oído—. ¿Comprendes lo que aquello significó para mí? Yo que tengo una mujer que sufre de hemorroides desde el nacimiento de nuestro primer hijo...


—Eso que me cuenta es muy excitante, pero no comprendo qué le sucedió para que usted se sienta tan desgraciado.
—Después de tantos sofocones, decidí una noche hacerle el amor a mi vieja. En realidad no se lo hice a ella, era a la mujer de mis sueños, pero claro, no era lo mismo, aunque con un poco de imaginación logré acabar. Ese fue el principio de mi desgracia. Cuando se lo conté a mi amada quise agregar algo de mi propia cosecha, le dije que mi mujer había tenido dos orgasmos por la forma en que la excité, y que todas las caricias que yo le había hecho eran pensando en ella, no en mi mujer. ¿Sabes qué recibí por respuesta?
—No me lo imagino —respondió el cantinero, que a esas alturas no sabía si estaba excitado o angustiado.
—No quiso saber más de mí. Me dijo que yo era un degenerado por haberme acostado con otra mujer, que cómo era posible que le hubiera ocasionado dos orgasmos haciéndole las caricias que sólo le pertenecían a ella, que yo era un bruto e insensible, que encima que le soy infiel voy y se lo cuento.
—Pero... se supone que “la otra” era ella... veamos, ¿me dice que su amante virtual se enfureció porque usted se acostó con su esposa real?
—Tú no entiendes... la otra también es real. Me escribe, mejor dicho, me escribía todos los días, me decía que me amaba y cosas maravillosas, yo le juré amor eterno, y ella a mí, ella me amaba... y yo me acosté con mi mujer. Pero lo que le dolió fue la manera como se lo dije. Sé que no hice bien, no debí contarle, o debí decírselo tal como fue... ahora ya no quiere saber más de mí. Deseo acabar con mi vida, sin ella ya no quiero seguir viviendo, le rogué, le supliqué que me perdonase, pero es inflexible. Está herida, y es mi culpa.
—Dígame algo, ¿ella es casada?
—Sí.
—¿Y su marido no se acuesta con ella?
—No lo sé. Quién sabe, pero no me importa. Yo la quiero igual.
—Señor, su caso es grave. —El cantinero procuraba encontrar las palabras apropiadas para dar su punto de vista—. Usted nunca vio a esa mujer en persona, ni siquiera sabe de verdad qué aspecto tiene ¿cómo puede estar tan seguro de que ella es así, o que lo amaba?
—Sólo estoy seguro. Sé que ella es así. Sé que es hermosa, sé que ella sería capaz de hacerme lo que me dijo. Yo lo eché todo a perder...
—A veces tenemos diferente percepción de la belleza, una mujer puede ser bella para usted, a mí me puede causar indiferencia.
—No ella. Y sé que es además de hermosa, apetecible y experta en el amor, inteligente, buena, amorosa, la mujer ideal, ¡y la perdí para siempre! ¿Crees que valga la pena seguir viviendo?
—Señor, creo que debería pensarlo y tranquilizarse, no gana usted nada con recordar una y otra vez, los recuerdos pueden empeorar su situación. Trate de olvidarla. Elimine sus fotos, sus cartas, bórrela de su archivo, es el único consejo que le puedo dar.
—Sus fotos... —el viejo hizo un ademán y se palpó uno de los bolsillos de la chaqueta. Sacó un papel donde estaba impresa una foto a colores. Se la enseñó—. Mira, es ella. ¿Verdad que es hermosa?
—Oiga, espere... no lo puedo creer... Musitó el cantinero palideciendo. Trató de mantenerse en pie pero las rodillas se le doblaron y se sentó en el banco.
—¿Te sucede algo? —preguntó el viejo—, te impresionó, ¿verdad?
—Viejo degenerado... —respondió el cantinero— es mi madre.
—¿Qué? ¿Tu madre? No puede ser, ella vive en otro continente, ella es argentina, y estamos en España...
—Loco, desgraciado, así que acostándote con mi madre...
—Yo nunca la toqué ¡Lo juro! Todo fue por Internet, yo le escribía, y ella a mí, ¿cómo puede ser tu madre? ¡Oh Dios! Te juro que no le hice nada...
—¿Qué no la tocaste? ¡me acabas de decir todo lo que hacían! Espera a que mi padre lo sepa, te matará, es más que seguro. Es el dueño de este bar y debe estar por llegar. Te buscará hasta hacerte tragar todas tus mentiras, degenerado... No. Yo mismo te haré tragar todo lo que dijiste de mi madre, ella sería incapaz de hacer cosas como las que dices, ¡ella es una santa...! me dijiste que te masturbabas viendo su foto y que ella te...
El joven saltó la barra y se posesionó del viejo tomándolo por el cuello de la camisa, mientras el hombre luchaba por liberarse.
—¡Déjame! Te prometo que nunca más volveré a hablar con ella, no la buscaré..., no seguiré enviándole mensajes, no pensaré más en ella. Es un hecho... ¡Tranquilízate por favor! —atinó a balbucir el hombre— ahora debo ir a mi casa. Mi mujer me espera. No lo puedo creer... es española, me engañó... no existe.
—Será mejor que te vayas ahora, si te vuelvo a ver te mato —amenazó el barman soltando su cuello. Y me aseguraré que vayas directo a tu casa, haré que te sigan.
—Está bien, no más Internet, no más mujeres, hoy mismo botaré el maldito ordenador. Todo fue un engaño... —musitó desconsolado. Su angustia pesaba más que el temor de verse atropellado.
El hombre salió de la cantina y se perdió tras la puerta. Uno de los hombres del local a una seña del cantinero lo siguió dos calles hasta verlo tomar un taxi.
—¿Qué fue eso? —preguntó al regresar.
—Nada, creo que el viejo se curó de la enfermedad que tenía. Hay veces en las que uno debe actuar con imaginación para salvar al mundo —dijo sonriendo, mientras botaba a la papelera la foto con la impresión de la mujer.


B. Miosi

Comentarios

  1. Blanca me ha gustado muchísimo. Deseaba llegar al final presintiendo que el cantinero tenía un papel fundamental en la historia..."su buen hacer". Muy bueno. Besos y sigue regalándonos relatos así.

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  2. ¡Qué bueno, Blanca! Me ha encantado el giro final. Ha tenido su toque divertido. Debo reconocer que algo imaginé, pues me parecía mucha casualidad que fuera la madre del cantinero, precisamente, pero ha estado muy bien. Dices que tengo mucha imaginación, pero también se necesita mucha imaginación para pensar una historia así. Es original y con un toque que me ha llevado a dibujar una sonrisa.
    Y como dices, tengamos todos cuidado con internet. A veces las sensaciones se magnifican a través de la Red.
    Un abrazo!!!

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  3. Genial y sorprendente, Blanca. He disfrutado mucho con la lectura; casi podía sentir el enfado del camarero y el desamor del cliente.
    Enhorabuena. Muchas gracias por regalarnos estos retazos de tu buen hacer.
    Un beso.

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  4. Hola Blanca

    Me he entretenido leyendo tu relato igual que si fuera un niño con juguetes nuevos.
    Eres una gran cazadora y tus balas son las palabras.

    La pasión que a veces ponemos en un sentimiento puede desterrar la razón al abismo.

    El viejo no estaba enamorado de esa mujer, aunque fuera española y no argentina, aunque, aunque... dónde queda su figura apolinea, su voz aterciopelada... estaba enamorado de una emoción.


    Un abrazo

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  5. Una novela supercorta y supergenial. Me ha encantado.
    Un saludo.

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  6. Dicen que los camareros tienen que ser un poco sicólogos, tú lo acabas de confirmar. Me ha gustado mucho tu relato.
    Te mando un beso enorme.

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  7. jeje, muy bueno, Blanca.
    Si es que esto de Internet nos volverá loc@s a tod@s.
    Besos.

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  8. Qué bueno, Blanca, por lo que cuentas y por lo que transmites. Bajo esa apariencia cómica hay un trasfondo, y es que todos tratamos de encontrar otra felicidad. Internet nos brinda muchas posibilidades pero también nos pone muchas trampas, hay que tener una buena higiene mental para moverse por la red sin riesgos. Menos mal que el cantinero estuvo hábil. Jajaja, me ha gustado y me ha entretenido mucho.
    Un abrazo.

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  9. Estimada Blanca. He respondido en mi blog a la pregunta que usted me planteó hace unos días. Pásese por allí cuando quiera y no dude en preguntarme cualquier cosa que no le haya quedado clara.

    Un abrazo.

    PD: Buen relato

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  10. Hola Blanca,
    felicidades por el relato. Al principio me ha parecido triste, luego he comenzado a ver una ligera ironía y he encontrado el humor y al final he sentido simpatía por el cantinero. Yo también trabajo cara al público y hay veces que en efecto debes ser un poco psicólogo y bastante émpata que tienes delante, aunque claro, nunca me he encontrado con un caso de este tipo, me apunto la solución por si acaso,je, je.
    Un abrazo.

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  11. ¡Hola Blanca!

    Se me ha hecho corto el relato... JAJAAA, ¡vaya con el viejo, se cagó en los pantalones!

    No se puede ser tan bocazas en la vida, pueden venir consecuencias insospechadas, JAJAAA, se curaría de golpe con el shock, pero volvió a su vida que no le gustaba nada.

    ¡Un abrazo!

    MIGUEL

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  12. Ese hombre será abstemio por el resto de su vida y no volverá a revisar ni siquiera su email.

    Me encantó amiga,

    Un beso,

    Daniel DC

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  13. Queridos amigos:

    He leído cada uno de sus comentarios y todos son geniales, aportan algo, y lo más importante: me parece que disfrutaron con la pequeña historia. La internet es una útil herramienta siempre y cuando, como dice Maribel se sepa controlar. Los principiantes o los que no tienen mucha experiencia en las relaciones virtuales cometen muchas tonterías, sin darse cuenta que se pueden hacer mucho daño. Lo virtual no necesariamente es "virtual", detrás de cada pantalla existe una persona, es la manera de interactuar de estos tiempos, en el futuro ¡quién sabe qué métodos tendremos!

    Para mí no es tan virtual, he conocido gente valiosísima, hombres y mujeres que viven, trabajan, sueñan, y comparten con otros de manera sana y productiva sus conocimientos.

    Saludos, amigos, y un gran, gran abrazo para tod@s!!

    Blanca

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  14. hola querida blanca:
    interesante tú relato-
    mientra leía, imaginaba un rostro.
    en cada una de las situaciones.
    qué bueno qué estos personajes cobren vida cúando se los leé-
    besos

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  15. Hola

    Pues claro que hemos disfrutado con la historia. Es un cuento muy bien escrito :-). Muy bueno el final.

    Sobre lo de relacionarme por Internet, tengo que reconocer que he hecho amistades de esta forma, y que he conocido a mucha gente a la que me encantaría ver en persona. Pero enamorarme... nunca. Soy incapaz de sentir algo por una persona a la que no he visto físicamente. Una vez me ofrecieron un cibernoviazgo y dije que no, porque usar Internet para eso... Aparte, no tenía ni idea de quién era la chica (había hablado con ella una vez en un chat). Otra cosa es que hayas tenido algo con una persona a la que conociste en la vida real y, como es de lejos, sigas en contacto por Internet.

    Pero enamorarse de la visión que tienes de otro a través de Internet (chats, correos electrónicos, fotos...) me parece hacer las cosas al revés... Creo que las relaciones deben estar basadas en estar delante, físicamente, de la otra persona.

    Un saludo.

    Juan.

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  16. Me ha gustado mucho, no imaginaba ese final, creía que la amante sería su propia mujer, que le engañó por internet.
    He leído el relato con mucho interés, de ahora en adelante los seguiré todos. Besos, y que sigas teniendo mucho éxito con tu libro.

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  17. Juan, que bueno que te haya gustado el cuento. Es difícil de creer, pero los noviazgos por Internet se dan y a veces resultan en matrimonios exitosos. Claro si alguien te "ofrece" un noviazgo es como muy forzado, digo yo, pero creo que es posible conocer a las personas a través de las cartas, muchas veces se les conoce mejor que en persona, pues el nivel de percepción es diferente.

    El caso de mi cuento, por supuesto es extremo, hay gente que se llega a obsesionar por otra, aún sabiendo que no es correspondida, entonces empiezan los problemas. Algo así como en la película: "Atracción fatal"

    Un saludo, y gracias por tu interesante comentario.

    Blanca

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  18. Hola Guardiana de la Vega, si no me equivoco te conozco a través de MJesus, ¿verdad?

    Muchas gracias por visitarme, espero que te sigan gustando mis cuentos...

    Besos,
    Blanca

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  19. AY, Blanca, pero qué cuento tan genial ¡y tan actual!

    Es increíble,destaco, la agilidad de tu prosa, la adecuada; me lo he tragado de una. Muy interesante. Y el final, ¡jajaja! Oportuno, inesperado y bien pensado.

    Te felicito.

    Gracias por este rato de buenas letras.

    Un abrazo grande.

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  20. Gracias, Turkesa, es uno más de los cuentos acerca de la "virtualidad" de Internet,

    Un placer haberte hecho pasar un buen rato, Linda,
    Besos,

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  21. Blanca, muy bien narrado el cuento, bordeas temas candentes con elegancia y vas condimentando la historia.
    El final, como acostumbras, y es tu impronta, sorprendente. Excelente.

    Cariños,

    Venator

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