Los visitantes

El calor sofocante de esa tarde de verano hacía crujir la madera de la casa, y mientras Rose se pasaba una vez más un trapo humedecido por la frente y el escote, se admiraba de que la vieja morada aún se conservase en pie. Su abuelo había dicho en una ocasión que había sido una de las primeras casas de ese lado de la ciudad construida en nogal, y que era una madera tan dura y noble que hasta podría sobrevivir a los incendios. Pero de eso hacía ya muchos años, y el tranquilo barrio residencial se había ido transformando con el tiempo, y las tiendas y edificios fueron tomando el lugar de las añejas construcciones. Rose mojó sus manos un buen rato bajo el chorro de agua fría, y las pasó por la cara, por un instante cruzó por su mente el aire acondicionado que se respiraba en el nuevo centro comercial a menos de tres calles. Se acercó un poco a la ventana de la cocina y tras las cortinas del delgado entramado volvió a verlos. Esta vez eran sus sombras. Una alta y la otra pequeña. Sabía que eran un hombre y un niño, acostumbraban cobijarse del sol bajo el toldo de la panadería. Estaban a la vuelta de la esquina, pues sus sombras alargadas parecían estampadas en el concreto, inmóviles como dos gallinazos con las alas recogidas.

La primera vez que los vio no parecían extraños al lugar, es más, casi hacían juego con esa parte de la ciudad. Siempre enfundados en chaquetas, como si el calor no les afectase igual que a ella. Pero Rose sabía que no era el clima del verano lo que la hacía sentirse abochornada. Era algo que no tenía remedio, aunque en la televisión los programas de salud dijeran que habían encontrado la panacea para la eterna juventud. Ella sabía que eran sólo consejos de mujeres que intentaban dar ánimo a cambio de dinero por sus inútiles secretos de belleza. Y aunque Rose apenas acababa de pasar por los cuarenta, sabía que el futuro era ineludible. Se consideraba atractiva, algo entrada en carnes pero a su difunto marido siempre le había parecido apetitosa. Y una mujer sabía cuando lo era. Las sombras se movieron. Fueron alargándose y desaparecieron. Su marido, un hombre de cincuenta años y muerto de un infarto. Increíble, ella misma no se lo creía. A partir del momento en que lo vio en el ataúd, supo que todos terminarían allí. Mientras se pasaba las manos húmedas por el cuello sintió el mismo calor que hacía que su Roberto supiera que lo deseaba. Sintió su falta más que nunca, y al pensar en las horas transcurridas entre sus brazos bajo las sábanas, sintió humedad entre sus piernas. No era justo que ella quedase sola, ni siquiera tenía un hijo en quien descargar su tiempo ni por quien preocuparse, y evitar los deseos que la azotaban como ráfagas, y que ni el agua con hielo podían calmar.

Fue hacia la sala y dejó que el aire del ventilador le diese en la cara, secando las lágrimas que bajaban como riachuelos hasta el escote. Un hijo, era lo único que la hubiese consolado, pero como decía su Roberto, Dios no lo había querido. ¿Y qué hubiera querido Él? –se preguntó Rose–, aparentemente Dios no quería muchas cosas, y todas las que quería involucraba sacrificios y sufrimientos, claro que con la esperanza de un premio en el más allá. Donde estaba su Roberto. ¿Habría encontrado su premio?, Rose no creía en esas patrañas. Pero su marido era italiano, y no era posible discutir con él si la Biblia era sagrada o era un simple libro. Había hojeado las Sagradas Escrituras, y lo que encontró en ellas fue más escandaloso que lo que ella pregonaba. Un Salomón con setecientas esposas, unas hijas que emborrachaban al padre para quedar preñadas, un padre sacrificando a su hijo por petición del mismísimo Dios. Todo era tan enrevesado en ese libro que terminó por dejarlo de lado. Como hacía con todos los libros, pues a ella nunca le interesó la lectura.


Otro día y otra onda de calor. Ambos volvían a escudriñar desde la esquina. Presentía que era a ella a quien miraban, ¿a quién, si no? Tenía la rara sensación de que esperaban algo, tal vez un acercamiento, pero Rose no sentía deseos de saber de nadie, se limitaba a observarlos así como lo hacían ellos. Detrás de las persianas, o tras el velo suave de la gasa de las cortinas, no le picaba la curiosidad, prefería mantenerse distante, como si la cosa no fuera con ella.

Hacía días que no salía de casa, y debía hacerlo, la nevera estaba casi vacía, y en la alacena apenas si quedaba un poco de azúcar, pero ¿para qué?, ¿para qué ir a perder el tiempo con el panadero? Odiaba que la mirase con sus ojos libidinosos, y ahora que su Roberto había muerto sería peor. Y más con aquel par de extraños esperando quién sabe qué... Vio que el mayor murmuraba al oído del pequeño. ¿Acaso hablaba de ella? Tenían la vista fija, sabían que ella también los miraba, claro que sí. Sería imposible dejar de notar su silueta en la ventana. ¡Ah, cómo le hacía falta Roberto! Era callado, pero su silencio acompañaba. Y cuando la veía desnuda no hacía falta que dijese nada, era cuando más apreciaba su mutismo que parecía un silente homenaje a su desnudez madura, a sus pechos bajos y su vientre holgado. El calor insoportable le hizo olvidar por un segundo a los fisgones de la esquina. Abrió la ventana de la cocina de par en par y dejó entrar la brisa tibia pero siempre más fresca que el aire viciado de la casa. ¿Por qué no lo había hecho antes? Cerró los ojos y sintió que el aire la bañaba amainando el bochorno que le impedía pensar con claridad. Cuando los abrió los fijó en la esquina, se había hecho costumbre, pero echó en falta las siluetas. Dio un suspiro y regresó a la sala.

Alguien llamaba a la puerta. Tuvo miedo de abrirla, segura de encontrarse cara a cara con el hombre de la esquina y el pequeño niño que siempre estaba demasiado quieto. Tenía el vestido empapado por el hielo derretido. Los toques leves en la puerta de nogal sonaron lejanos, como si la hoja fuese tan gruesa que impidiese pasar el ruido. Sin embargo, no sentía apremio, parecía que quien estuviese al otro lado le dijera: «tómate tu tiempo». Se sentó en el sillón forrado con cretona a flores. ¿Había pensado en ir de compras? Los ojos del panadero acudieron a su mente, luego la sonrisa callada de Roberto, después el hijo que nunca tuvieron pero que en un tácito acuerdo sabían cómo sería de haberlo tenido. Y ahora no había más reminiscencias, sólo los toques leves, lejanos, que parecían hacerla volver de algún lugar, en lugar de hacerla ir hacia la puerta. ¿Era una puerta? Giró el rostro y vio la ventana cerrada. Las cortinas como negros crespones enmarcando un cuadro. Los toques seguían, el nogal era grueso, pero ya ni sabía dónde quedaba la puerta. Sólo escuchaba los toques suaves, delicados, que se parecían a él. Fue al sofá y se echó, el cansancio parecía haber estado guardado; de pronto sintió deseos de cerrar los ojos, ¿o eran los toques que fungían de canción de cuna? Entonces lo supo. Supo que debía salir de esa casa. Ya no pertenecía más allí, su Roberto era paciente, siempre lo había sido, ¿pero y el niño? ¿Quién era ese niño? ¿Sería el que cruzó la avenida persiguiendo el balón? ¡Siempre quisieron tener un niño al que le gustara el fútbol! Los golpes suaves en la madera la llamaban, debía encontrar la puerta, su Roberto esperaba, pero ella siempre había sido remolona para salir: costumbres que no se pierden. Pero iría, ya no estarían solos, tenían al pequeño Robertino, suerte que hubiera podido salvarse. ¿Cómo pensó que su marido había muerto de un infarto? No, era ella la del infarto, él se había roto el cuello al desviar el coche que de todas maneras elevó por los aires al niño.

Abrió la puerta y vio a su marido callado, como siempre. Con sus ojos le decía que la amaba. Vio al niño, su mirada indefinible le estrujó el corazón, ella sería una buena madre. Lo sabía, siempre lo supo.

B. Miosi

Comentarios

  1. Qué buena historia, Blanca! Sorpendente y muy bien contada. Me encantó.

    Un abrazo,
    Ale.

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  2. Me has vuelto a encoger el corazón....gracias por este relato. Besos

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  3. Relato triste y con final dramático. Es dura la soledad para el que no quiere superarla o vivirla con otra disposicion más optimista. Hay gente así, que se ha quedo anclada en un pasado que era algo maravilloso y, de repente, se rompio. La historia de Rose es la historia de alguien que no quiere darse una segunda oportunidad.
    Me ha gustado, Blanca.

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  4. Me has emocionado Blanca.
    La soledad es una fuerza misteriosa, un susurro perenne que se hace insoportable cuando llevas un lastre tan poderoso tirando desde el Más Allá.
    Un beso caluroso.

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  5. Qué buen relato. Al final Rose no pudo más y decidió irse con Roberto, ¿no? Y con ese hijo que nunca tuvieron, creo.
    A veces tus historias, como las de María Jesús, hay que descifrarlas, y yo a veces soy buena en ello, y a veces no.
    Un beso.

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  6. Ay Blanca! Que estremecedor! Que final... Lo tuve que leer dos veces porque al principio no entendia.
    La historia, creo que no hace falta que te lo diga, está increíble.
    Después, los detalles me encantaron. Como describís a Rose, como mostras lo que piensa y desea. hay una parte del relato que me pareció maravillosamente contada, que es cuando tocan a la puerta. Y ella se sienta en el sillon. Hay todo un párrafo que habla sobre eso, y quiero decirte que esa parte es genial.
    Blanca, me imagino que ya te lo habrán dicho, pero esta vez, te lo quiero decir yo: sos una gran escritora

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  7. Gracias, Alejandro! me alegro que te haya sorprendido.

    Besos,
    Blanc

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  8. Hola Winnie, ¡no quiero encogerte el corazón!, muchas gracias por leerme,

    Besos!

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  9. Rose es ante todo una mujer, una con recuerdos, añoranzas, y no sabe que ya no está. Ella sigue aferrada a su casa de paredes de nogal, a sus querencias.

    Gracias por comentar, Deme,
    Un beso,
    Blnca

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  10. ¡Ah, Devoust! creo que comprendiste la esencia del relato,
    Muchas gracias por pasar y dejar tu comentario,

    Un abrazo,
    Blanca

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  11. Ja, ja, Guardiana, creo que sí lo comprendiste, no es que lo haga a propósito, las historias me salen así.

    Muchos besos, amiga,
    Blanca

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  12. Y tú me emocionas con tus palabras, Carla, creo que exageras un poquito, lo de gran escritora, me queda grande, tal vez más adelante...

    Muchos besos,
    Blanca

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  13. Es agradable saber cuando un ser humano reconoce que ya no está en el plano físico. El caso de Rose, es un ejemplo perfecto del amor de su familia, a pesar de que ella cree sentirse sola.

    Te felicito amiga, buen cuento.

    Un beso,

    Daniel DC

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  14. Qué terrible es la soledad y el recuerdo de lo perdido. Y qué triste el hallarse sumido en la inconsciencia. Por suerte, Rose al fín despertó.
    Mis felicitaciones. El cuento es magnífico, y la descripción de sus congojas, de sus sentimientos, es fantástica. Digno de ti.
    Un beso.

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  15. Gracias, Daniel!

    Celebro que te haya parecido bueno, creo que lo entendiste a la perfección.

    Besos,
    Blanca

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  16. Gracias, g.r.l. por pasar y comentar, eres un sol,

    Besos,
    Blanca

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  17. Hola Blanca,
    con tu magia habitual vas transformando la historia, que en un principio me recordó a "Historia de Lisey", de Stephen King, por cómo habla del lenguaje secreto de los matrimonios, y de repente varía, tornándose en un cuento de fantasmas y liberación.
    Felicidades, por conjugar de tan buena manera ambas temáticas.
    Un abrazo.

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  18. Tienes la cualidad y la habilidad de dar vida a una situación inmóvil. Tu forma de escribir hace que me introduzca tanto en la historia que a veces pienso que el personaje se dará cuenta que estoy ahí observando.
    Me ha encantado el relato, Rose murió con Roberto y Roberto murió con Rose.

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  19. Gracias Jesús,
    He leído a King, pero no Hla historia de Liesy, me gustará hacerlo, oye, gracias por la comparación, creo que un poquito mucho, ¿no?

    Un beso,
    Blanca

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  20. Un millón de gracias por tu lectura, MJesús, y te mando un besote!

    Blanca

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  21. Blanca, muy buen cuento. La descripción de Rose es realmente buena, y el final sorprendente, como acostumbras.
    Tus cuentos son de historias aparentemente cotidianas, pero que al final asombran al lector por el giro inesperado que toman. Además tus caracterizaciones son siempre muy gráficas, puedes imaginarte al o a la protagonista.
    Me gustó mucho.
    Cariños,

    Venator

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  22. Hola Blanca,

    Gran relato, es muy muy emotivo, y el personaje de Rose lo has perfilado y desarrollado de maravilla. Emociona muchísimo!, un gran abrazo Blanca.
    Por cierto en el suplemento "Domingo" de un Diario de aqui de la isla , el "Última Hora" aparece anunciada tu novela "El Legado":)

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  23. Querido amigo Venator,

    Agradezco tu visita, y me encanta que te haya gustado Rose, tus palabras siempre logran levantarme el ánimo!!

    Besos!
    Blanca

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  24. Querida Cristina:

    Rose es una persona común y corriente. Es el prototipo de mis "heroínas", me gusta hablar de gente común y corriente, meterme en su mente.

    Oye, muchas gracias por el dato, ¡Qué fantástico saber que se está promocionando mi libro en Mallorca!

    Un besote, amiga,
    Blanca

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