viernes, 24 de noviembre de 2017

Acerca de los prólogos...

Sé que esta entrada puede herir susceptibilidades, pero lo que expongo aquí es una simple opinión, y como tal, me siento libre de expresarla:

Me interesan mucho los prólogos
Prólogo de Cervantes
de un escritor famoso, en especial si es uno de mis favoritos. La razón es simple: despierta mi curiosidad saber cómo lograron llegar a ser grandes escritores, cómo fue su vida, a qué se dedicaban… Claro está que me estoy refiriendo a los prólogos en los que se habla de la vida de determinado autor. Uno de los más completos que he leído es el de Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra, en el que no solo se refiere a su vida, sus pensamientos, y sus peculiares relaciones, sino a la totalidad de su obra. También el de Fedor Dostoyevski en una edición de su novela El jugador, en la que hay una biografía de su vida y de su obra completa.

Lo que no acierto a comprender son los prólogos que se estilan para hablar de la obra de un escritor incipiente. Esos escritos largos y sin interés para el lector, en los que se enumeran las bondades del libro en cuestión, y, supongo, ponen en aprieto a más de un prologuista comprometido por amistad con el escritor. ¿Se puede ensalzar una obra sin estar de acuerdo? Sí. Es muy probable. Es difícil negarse a la petición de un amigo escritor por varias razones:

1. El aludido se sentirá privilegiado por haber sido escogido para escribirlo.

2. Es difícil negarse a la solicitud de un amigo escritor que piensa que su obra es tan importante que merece un prólogo.

3. Si el escritor es relativamente conocido el beneficio será mutuo, porque el prologuista será leído y tal vez su nombre empiece a “sonar”.

Por otro lado, los motivos por los que resulta comprometido prologar son también importantes:

1. El prologuista se siente comprometido a hablar muy bien de la obra aunque no sea de su agrado o esté mal escrita. Nunca he leído un prólogo de una novela de un autor poco conocido que hable mal de la obra o que diga lo que piensa de ella con sinceridad.

2. El autor suele utilizar la estrategia de pedir un prólogo a un escritor conocido para que su obra y su nombre cobre importancia.

3. El nombre de un escritor puede quedar seriamente en entredicho al opinar favorablemente de una obra que no merece una opinión positiva.

4. La estrategia de algunos escritores consiste en utilizar el nombre del prologuista, pues en los motores de búsqueda en Internet su nombre aparecerá asociado al suyo en cualquier plataforma donde el libro esté a la venta, y aparecerá el libro también en la lista de libros del prologuista.

Personalmente no acepto escribir prólogos; y para evitar cualquier resentimiento mi regla es general: no escribo prólogos para el libro de ningún escritor. Los considero inútiles, fatuos, y sin sentido alguno. Tampoco los pido.

Otra cosa muy diferente es que un escritor o cualquier persona de cierta importancia ―de otra manera no tendría sentido, pues a nadie interesaría leer un prólogo de un desconocido― solicite escribir el prólogo de la novela de un amigo porque la obra le ha parecido estupenda. Sé de algunos casos de periodistas, editores y comentaristas famosos que desearon prologar libros estupendos. En ese caso la situación es diferente.

De manera parecida ocurre con los autores que se prologan a sí mismos con una explicación del porqué decidieron escribir tal o cual libro. Creo que solo sería válido si la petición de los lectores fuera de tal magnitud que se sintiera obligado a dar una explicación, pues de resto a nadie le podría interesar por qué empezó o se decidió a escribir.

En lo que sí estoy de acuerdo es en los agradecimientos. Es importante reconocer el esfuerzo de las personas que estuvieron involucradas en la elaboración de una obra, sea con ideas, lecturas, correcciones y también la edición final. Y, claro, esto también trae consecuencias. Si es una obra mediocre o mal corregida se sabrá quiénes formaron parte del asunto.

Lo que menos compromete a propios y extraños son las dedicatorias. Yo acostumbro dedicar todos mis libros a mi difunto marido Henry. O Waldek, su segundo nombre. Fue el primero que creyó en mí, me impulsó, leyó y escuchó mis primeras diez novelas con el fervor que solo puede hacer el amor. Aun así, nunca se me ocurrió solicitarle un prólogo.

¡Hasta la próxima, amigos!

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