sábado, 8 de agosto de 2015

El rey de los gitanos

EL REY DE LOS GITANOS
Blanca Miosi


A la mujer y los dos niños no les interesaban las ratas que corrían libremente por los recovecos de los bloques de adobe con que estaba construida la precaria vivienda, una más del barrio Mendocita, más conocido como “el basurero”.  Martha se encontraba allí de vacaciones; era lo que su madre había dicho al dejarla al cuidado de la abuela. A sus ocho años, la niña estaba acostumbrada a vivir en diferentes domicilios, situación que consideraba en extremo interesante.  Para el inicio de clases faltaban tres meses, y para Martha cualquier sitio era bueno. Al asomarse a la puerta podía ver la escalera excavada en la misma tierra, hasta lo alto del cerro. Más abajo quedaba el vertedero, donde columnas de humo grisáceo se elevaban formando volutas que se mezclaban con el olor nauseabundo de los deshechos en descomposición. Desde la punta del cerro se podía observar la capital: “Lima, la Ciudad de los Reyes”, como la habían bautizado los españoles. Para la niña este título tenía su encanto. Su pequeña nariz se acostumbró con rapidez al permanente olor nauseabundo de Mendocita, y pasaba las horas correteando por el cerro con su tío Ernesto, que apenas era dos años mayor que ella.

Una de las estancias de la choza servía de dormitorio. En la otra la abuela criaba cuyes, unos animalillos sospechosamente parecidos a las ratas que suelen servirse en las mesas peruanas como platillo especial. Servía al mismo tiempo de cocina, baño y para llevar a cabo cualquier otro menester. No había más. Martha nunca pudo diferenciar los cuyes de las ratas que se movían libremente junto a las jaulas.  Cuando la abuela preparaba cuy, ella saboreaba hasta el último huesito, sin importarle si eran o no parientes de aquellas.    

Por lo general los niños trataban de alejarse todo lo posible del basurero, a veces llegaban hasta el barrio vecino de La Parada  y se perdían por las callejuelas llenas de gente de toda clase que se movía afanosamente de un lado a otro acarreando bultos, a veces sobre la espalda, otras, en carretillas, camino del mercado mayorista situado justo en el centro de ese revoltijo de gallinas, pavos, cerdos, pescados y gritos. Había tal bullicio que para entenderse todos debían hablar a gritos.
—Martha, ¡es el rey de los gitanos! —Señaló Ernesto con el brazo.
—¿Rey de los gitanos?
—¡Y viene hacia acá! —añadió el niño, bajando el tono.
Un hombre delgado con la camisa desabotonada, un pañuelo amarrado en la cabeza y un diente de oro que sobresalía en su sonrisa se acercó a ellos.  A su lado, una  mujer con el atavío propio de las gitanas caminaba contoneándose, tratando de seguirle el paso.
—¿Me señalabas? —preguntó el hombre, dirigiéndose al pequeño.
Ernesto se quedó mudo. Martha esperó inútilmente a que reaccionara y cuando vio que el hombre iba a abrir la boca, se adelantó.
—Sí. Dijo que eres el rey de los gitanos.
—¿Y tú que piensas?
—Que debes serlo.
—Veo que no me tienes miedo…
—No creo que sea cierto que los gitanos despellejen a los niños para volverlos más blancos. Es una tontería —explicó Martha.
El hombre soltó una risotada y acarició la cabeza de Martha. La mujer que estaba a su lado también sonrió y acomodó las pulseras que tintineaban en sus muñecas.
—Señor rey de los gitanos…, nosotros ya nos íbamos a casa —articuló por fin Ernesto.
—Nada de eso. Ustedes me han caído bien; vengan conmigo.
Los niños se quedaron de una pieza. El hombre les dio un pequeño empujón para que se animaran y pronto estaban cruzando la puerta abierta en una larga pared blanca.
—Me llamo Miguel y soy el rey de los gitanos, es verdad. Si sabes quién soy, debes saber a qué me dedico —dijo el hombre, dirigiéndose a Ernesto—. Todos aquí trabajan para mí. Yo te enseñaré a ser un buen gitano.
—Señor… yo no quiero ser gitano, yo quiero ir a mi casa…
—Un buen gitano sabe predecir el futuro, pero primero debe saber cómo hacer que se cumpla, ¿me entiendes? Tienes que ser cauteloso. A todo el mundo le gusta que le lean el futuro, ya lo comprobarás, solo tienes que acercarte a las personas y preguntarles si desean conocer su futuro, el resto corre de nuestra cuenta.
—¿De veras puede saber el futuro? —preguntó Ernesto a punto de llorar.
—Por supuesto, hijo. Ellos vendrán, yo les quitaré el dinero y después se irán un poco más pobres,  ¿Ves como sé predecir el futuro? —El hombre soltó una carcajada tan contagiosa que hasta Martha empezó a reír con él.
—En cuanto a ti… —la miró detenidamente—, tú no eres de por aquí, ¿verdad?
—Estoy de vacaciones —dijo ella—.  Solo  unas semanas, de vacaciones—enfatizó.
—Ya veo… tratándose de… ¿cómo te llamas? —preguntó dirigiéndose a Ernesto.
—Ernesto, señor… pero no puedo…
—Ya que estás con Ernesto, mi amigo y futuro colaborador, te haré un favor especial. Morgana —señaló a la mujer—, léele el futuro a esta niña.
—Me llamo Martha, pero no tengo dinero, así que temo que no podrás predecirme el futuro.
El rey de los gitanos sonrió al mirarla.  Su rostro cambió de manera sorprendente. Ya no era el hombre de gesto grotesco y risa escandalosa. Hizo una señal con los dedos sin dejar de observarla y la mujer se acercó, tomó la mano de Martha, puso la palma hacia arriba y la observó como si leyese un libro. 
—Dile lo que ves. Díselo —ordenó el rey de los gitanos.
Morgana habló con voz hueca.
—Algún día serás muy famosa. Te codearás con gente importante, vivirás con un extranjero y en el extranjero harás tu fortuna. Solo tienes que rodearte de papeles, muchos papeles. Recuerda: papeles.
—Quiero verte aquí a partir de mañana —ordenó el hombre a Ernesto.
Luego el rey de los gitanos y Morgana dejaron de prestarles atención, como si dieran por hecho que todo debía cumplirse.
Ernesto y Martha regresaron a Mendocita, sin hablar una palabra, dejando La Parada cada vez más lejos.
A partir del día siguiente, Ernesto desapareció todas las mañanas, y al regresar siempre  traía algo de comida.  Le contó a la abuela que había empezado a trabajar.  Los juegos con Martha se hicieron más escasos y empezó a mirarla de manera diferente, hasta con cierto respeto, como si las palabras de la gitana hubieran calado hondo en él.

Un  día Marta sintió picor en el cuerpo,  tanto que no podía dejar de rascarse hasta lastimarse la piel. Empezaron a brotarle granos con pus que ella misma reventaba con las uñas y acababan formando costras en una sucesión interminable. Cuando su madre la recogió de casa de la abuela, la llevó directamente al Hospital del Niño. Dijeron que tenía sarna. Le limpiaron todas las costras y aplicaron sobre las llagas un líquido que le dejó el cuerpo ardiendo. Siguió el tratamiento en casa de su madre y un mes después  Martha estuvo curada y pudo volver a ducharse,  cosa que no había hecho durante los tres meses  que pasó con la abuela. Por las noches se sumergía en los libros que sacaba prestados de la biblioteca, aguardando el día en que su madre la enviaría a otro hogar diferente, como era costumbre. En esta ocasión fue a casa de unas tías, ya había estado con ellas una temporada anteriormente, y se alegró de volver a convivir con su prima Francisca.
Ambas dormían en la misma cama y les gustaba hablar cuando se acostaban juntas. La primera noche Martha empezó a contar:
—Paquita, esta vez vengo de una casa de donde yo nunca hubiera querido salir.
—¿De veras? ¿Cómo era?
—Tenía una entrada suntuosa, una gran sala, una escalera curvada que llevaba directamente a mi habitación, preciosa,  con cortinas de seda  rosada.  El dormitorio era para mí sola... Pero no es eso lo que quería contarte.  Cierto día bajé al sótano…
—¡Tenía sótano! —exclamó Francisca abriendo tanto los ojos que podían verse en la oscuridad.
—Por supuesto.  Todas las casas así tienen sótano. Un día bajé y encontré cosas increíbles.  Había una casa de muñecas que había pertenecido a Zaida, la hija de la dueña, cuando era niña.  De mayor Zaida murió arrojándose desde el tejado.
—¿Y por qué lo hizo?
—Porque estaba enamorada de un torero.
—¿Y qué tenía eso de malo?
—El torero estaba casado.
Francisca asintió con la cabeza, comprendiendo la lógica de la explicación.  Satisfecha del efecto de su historia, Martha prosiguió.
—La casa de muñecas se iluminaba sola por las noches y todo era tan pequeño que yo apenas podía meter los dedos por las ventanas. En alguna ocasión logré ver dentro algunas sombras, como si allí viviese gente diminuta...
Martha calló cuando sintió la respiración acompasada de su prima. La abrigó con la colcha y dio un suspiro. Aún sin sentir sueño, siguió imaginando mundos que solo había conocido cuando su madre, al no tener donde dejarla, la llevaba a la Biblioteca Nacional, un lugar mágico donde las horas transcurrían sin sentirlas. Cerró los ojos y se vio a sí misma muchísimos años después, escribiendo libros tan grandiosos como los que allí había leído. Recordaría todos los lugares, todos los momentos, todas las penas por las que había pasado, y todas las comidas que no había tenido, para plasmarlas por escrito. Tal vez así, algún día, otra niña que como ella fuese en busca de refugio a una biblioteca nacional y pudiera sentir su soledad acompañada.


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