sábado, 30 de abril de 2011

El sueño de una noche de verano



Creo que no existe una melodía que sea escuchada con más fervor. Mucha gente olvida que es la obertura de una de las obras emblemáticas de Felix Mendelssohn y la que le dio cualidad de inmortal. Al mismo tiempo, es el ejemplo más temprano de lo que se denominó “Obertura”, es decir, una pieza no escrita deliberadamente para acompañar una representación en un escenario, pero que evoca un tema literario, en este caso  El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare. Cuando eso, Mendelssohn contaba treinta y tres años.

También existe otra melodía utilizada en las bodas: Lohengrin de Richard Wagner:


Nunca tuve la oportunidad de escuchar ninguna de las dos en mis bodas.  Cuando me casé a los diecisiete, el cura de la iglesia La Virgen del Pilar de San Isidro dijo que era en castigo por haber llegado con unos minutos de retraso a mi boda, bueno, en realidad fueron como veinte. La culpa sin embargo, no fue mía sino de mi padre político, al que se le olvidó el corbatín en casa y tuvimos que regresar.  Algo por lo demás frecuente en él. No recuerdo evento en el que no haya participado su consabida preferencia por las tardanzas, desplantes o incidentes colaterales.  De manera que mi boda transcurrió en un absoluto silencio, roto solo para decir dos veces «sí» en respuesta a la insistente pregunta del sacerdote. ¿A quién se le ocurriría semejante pregunta? Se supone que si has llegado hasta ese extremo es porque ya lo tienes decidido.   

De ahí en adelante fueron muchas las veces que escuché ambas melodías, siempre en honor a otros. Nunca la pude escuchar con el hombre con quien viví la mayor parte de mi vida, pues no se vale en segundas nupcias. La novia ya no se puede vestir de blanco aunque se llame Blanca y hasta los oídos están castrados. Tonterías de los curas, que a cambio de un permiso papal, cambian de parecer y hacen casi cualquier cosa.  Claro, para eso se deben cumplir ciertos requisitos, entre ellos tener influencia y mucho dinero.

Otro fin de semana más, un día más. Esta entrada va dedicada a los corazones solitarios.

B. Miosi

sábado, 23 de abril de 2011

Katty


Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño, ni levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba, ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que sólo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas; y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota.

Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a la que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorjeante, parecida a los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.

Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información. Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorjeos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba. No a ella, no. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que dormía a su lado y a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca, más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.

Una semana que no dormía, y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes» «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...» Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero? Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro. Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad era él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorjease; ¿por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina. El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty, de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?

Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado. Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»

«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital. Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»

Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí. Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta. Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!» «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana? Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía el horrible gorgojeo que esta vez sonaría a himno.

Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana, con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.

B. Miosi

martes, 19 de abril de 2011

Caracas, Semana Santa y mi novela: El manuscrito: 1 - El secreto


Vengo a ponerme al día tras una floja temporada bloggera.  Y es que los ánimos a veces están tan decaídos que no permiten centrar los pensamientos, y para hacer una entrada se requiere cierta tranquilidad mental, lo saben quienes tienen blogs y postean artículos que puedan interesar a los amigos y seguidores. 

Empieza la Semana Santa y con ella Caracas va quedando vacía, como si la gente huyera de la capital para respirar por unos días aires de libertad.  Los que conocen Caracas saben que es una ciudad hermosa, pero el mismo monte Ávila hoy llamado Guaraira Repano, que brinda esa maravillosa sensación de vivir cobijados por cerros verdes, nos convierte en una ciudad limitada al espacio de un valle atravesado por un río.  No hay más campos abiertos y la urbanística empieza desde hace mucho a trepar por las colinas haciendo la capital más claustrofóbica aún.

Las autopistas, carreteras, túneles, puentes trochas y senderos se inundan pues, de viajeros que escapan de Caracas para verse atrapados en todos estos sitios nombrados, en los cuales un trayecto de una hora tarda en hacerse tres o cuatro. Pero así son los caraqueños, en su mayoría venidos del interior, y no pueden evitar sentir la añoranza por la tierra que los vio nacer. La foto de la izquierda es de un día tranquilo, como hoy.

Yo aquí me quedo.  Disfruto en estos días del derecho a pasear en tranquilidad, a ir por una autopista casi vacía, a caminar deleitándome con las vitrinas que en situaciones normales están fuera de mi alcance visual.

Aprovecharé para dar el último repaso a mi novela El Manuscrito: 1 El secreto. Sí, señor, tiene nombre y apellido. Un thriller donde se mezcla el misterio, fórmulas científicas, secretos, catacumbas, Armenia, Roma, New York y la Isla de Capri.

Los personajes: Un escritor fracasado, un hombrecillo misterioso, un conde, un monje, un manuscrito inconcluso (lo pongo como personaje pues tiene vida propia)  y, por si fuera poco, uno de los hombres más controversiales de la época nazi: Josef Mengele. Todo transcurre en catorce días, de manera que la acción empieza ya desde el principio.

Esta novela la empecé en enero del 2010, la había dado por terminada en marzo del mismo año, pero las revisiones me están llevando mucho más tiempo del que tardé en escribirla, sobre todo ahora que la dí a leer a un amigo que me señaló unos errores que yo ni con lupa podía distinguir.  ¡Qué falta hace un par de ojos más! más cuando no se limita a enumerar errores, sino a sugerir la forma de subsanarlos.  Si está leyendo esta entrada sabe quién es. ¡Muchas gracias, amigo! Figurarás en el libro con mi agradecimiento. Claro, si logro publicarlo.

El problema de haberlo hecho antes dos veces es que se requiere superar los libros anteriores, tanto por una misma como por lo que se desea ofrecer a los lectores.  Y supongo que es lo que esperan mi agente y las editoriales. Ojalá lo logre. Y también continuar la saga, de ahí el título: El Manuscrito: 1 El secreto.

B. Miosi

domingo, 10 de abril de 2011

El piso de la calle Ryden

Las estrechas escaleras crujen como si estuviesen a punto de quebrarse bajo el impacto de mis pisadas. El pequeño edificio no tiene ascensor. Visto desde afuera se ve extraño, fuera de lugar, cubierto casi todo el tiempo por la sombra de dos altos edificios que lo flanquean. La primera vez que lo vi entre los titanes de concreto y vidrio me invadió un profundo sentimiento de permanencia. Parecía pertenecer a otra época y haber llegado por los desvaríos del destino al lugar equivocado. Calle Ryden No. 450. El aviso del diario indicaba que allí encontraría justo lo que buscaba. Un lugar dónde vivir.
La anciana de abajo, igual que desde hace tres días, sale a mi encuentro. Creo que debe acechar mi paso; parece ser la única del viejo inmueble que vive allí. Además de mí, claro. O por lo menos, a la única que veo. Los crujidos de la madera le sirven de alerta.
—Buenas tardes, joven. El clima está cambiando, ¿verdad?
—Buenas tardes, señora Victoria. —Quiero pasar sin darle pie a mayor comentario, pero es imposible.
—Así que usted escribe. ¿Dónde puedo comprar un libro suyo? —pregunta, mirándome con sus ojos de rata.
—Aún no he publicado nada —¿Cómo se enteraría?, me pregunto.
—¡Ah!... ¿Le conté que el piso que usted ocupa perteneció a una mujer que tuvo cinco maridos?
—Sí. Ayer, y anteayer también —respondo sin cortesía.
—Sí... ella era muy bella, se llamaba Clarisa, nunca tuvo hijos, dicen que tenía fama de mujer fatal —continúa, sin darse por aludida.
¿A qué llamaría ella mujer fatal? Caigo bajo los envolventes efluvios de la curiosidad, cediendo ante los deseos de la gente que como aquella anciana, quiere contarme algo interesante, al enterarse de que escribo. Felizmente no me narraba su vida, no lo hubiera soportado. Me gusta escribir ficción, no realidades. Tengo demasiadas.
—¿Mujer fatal? —inquiero, esperando una respuesta que satisfaga mi curiosidad.
—Sí, de aquellas que son inolvidables, de las que los hombres se enamoran y caen rendidos a sus pies, de las que son capaces de hacer cometer asesinatos por ellas... —La mujer deja descolgada la última frase, como esperando mi reacción.
—¿La que vivía arriba era ese tipo de mujer? —pregunto, ya compenetrado en la conversación.
—Sí. Por supuesto, pero... ¿No desea tomar una taza de té? Podría contarle muchas cosas de Clarisa. Y del porqué ese piso es tan difícil de arrendar.
—¿No será porque está demasiado arriba? —comento sonriendo—. Gracias, pero en otra oportunidad tal vez, ahora debo revisar unos documentos.
—No tardaremos más de unos minutos... creo que le interesará.
—Está bien. —Acepto a regañadientes. 
En realidad no me interesa demasiado lo que la vieja quiera contarme, no creo en fantasmas, ni astrólogos, ni videntes. Si es que se trata de eso, como sospecho.
—Adelante, está usted en su casa. Tome asiento, por favor. —Invita ceremoniosa la vieja Victoria. Su casa es tan cursi como ella, llena de adornos hasta el tope en los estantes, la mesa de centro, la consola y casi todo. Los muebles tienen manteles tejidos a crochet en el respaldar y en los brazos.
—Gracias —respondo, mientras me siento tratando de no mover los tapetes tejidos. El piso está cubierto por una gastada alfombra, y en las paredes en lugar de cuadros hay litografías enmarcadas que parecen haber pertenecido a calendarios. La ventana está cerrada pero se escucha el ruido del tráfico, pese a su cubierta de grueso cortinaje.
—¿Le gustan las galletas de chocolate? —pregunta Victoria, mientras trae consigo una bandeja con un juego de té de porcelana blanca con paisajes azules y opacos bordes dorados. En el fondo de la bandeja, otro tapete de crochet. Una pequeña dulcera rebosante de galletas de chocolate me acelera el pulso. Son mis preferidas, qué casualidad.
—Me encantan. 
—Pero dejemos esta vieja sala y pasemos a mi lugar preferido, aquí hay demasiado ruido.
Pasa delante de mí y se encamina a un pasillo, empuja la puerta con la bandeja y me invita a entrar a un pequeño salón decorado de manera muy diferente del primero, las ventanas siempre cubiertas, con gruesas cortinas de crespón rojo a los lados. Me siento en un mullido sillón del mismo tono, y observo que el piso tiene una alfombra de seda persa. La parte que no está alfombrada es de madera reluciente.
—Clarisa Morrison. Así se llamaba. Un buen día desapareció y nunca más supimos de ella. Desde entonces este edificio goza de una relativa calma, porque antes la música y las fiestas estaban a la orden del día. —Se repantiga en el sofá y entorna los ojos—, su último marido fue un pianista, era un hombre muy celoso y, claro, como ella de santa no tenía nada, creo que su romance terminó en tragedia.
—¿Cómo supone usted eso? 
—Desaparecieron. Ya se lo dije —indica ella, mientras deglute una galleta.
Me quedo callado. Creo que fue un error haber aceptado el té. De pronto, observo en una de las paredes un cuadro idéntico al que tengo en mi piso.
—Ella es Clarisa —informa la vieja—. ¿Verdad que era bella?
—¿Cómo es que usted tiene un...? 
—Porque lo recogí de la basura y lo mandé a enmarcar —interrumpe sin dejarme terminar—. Sé que hay uno igual, arriba. La tomó su segundo esposo, era fotógrafo. Yo aprecio la belleza, no me va a negar que luce imponente en esa pared.
Asiento con la mirada, no hace falta decir nada.
—Cuando desapareció seguía igual de hermosa —prosigue Victoria—. El tiempo fue benévolo con ella. A Clarisa le gustaba hacer sesiones de espiritismo, y no era muy devota de Dios. 
—Yo no creo en nada de eso. 
—Yo tampoco.
—¿Cuánto tiempo hace que desapareció?
—Hace treinta años. Así que si ella aún vive, debería tener por lo menos setenta años.
—O sea, fue retratada a los diecinueve, más o menos...
—Sí, porque la casaron a los quince, y su primer marido murió a los seis meses, dejándola bien acomodada. Era un hombre maduro con mucho dinero, creo que fue un arreglo económico que sus padres hicieron. El fotógrafo le duró vivo, seis años, fue el que la retrató. Luego vino el escritor, con quien estuvo más tiempo, pero no se llevaban muy bien porque a ella le gustaba la vida social y él era casi un ermitaño. Lo único que la ataba a él era, usted sabe, eso.
—¿Qué? —Intuyo lo que ella no desea nombrar, pero me hago el tonto.
—Dicen que él era muy bien dotado, y a ella le gustaba... usted me comprende muy bien —aclara Victoria—, pero un día le dio un infarto y salió de este edificio con los pies por delante. —La mujer cuenta con los dedos como recordando—. El cuarto marido fue un profesor universitario, se conocieron en una reunión para recoger fondos, él era un poco mayor, creo que le llevaba quince años, y cuando todos pensábamos que por fin ella había sentado cabeza, falleció transcurridos dos años. Salió una noche después de haber tomado y condujo su coche con tan mala suerte que murió incrustado en un poste. Fue un acontecimiento muy extraño.
—¿Por qué?
—Él era abstemio. 
—Ah, comprendo.
—Toda la gente que se ha mudado al piso de arriba se va pronto. Dicen que el lugar es muy pesado y como se alquila amoblado, no hay forma de cambiar el ambiente.
—Dígame, señora Victoria, ¿cómo sabe usted tanto de Clarisa Morrison?
—Fui su mejor amiga y confidente. Pero ha pasado tanto tiempo que creo que ya no hay secretos que guardar —responde pensativa.
—Creo que debo retirarme, muchas gracias por las galletas, estuvieron exquisitas.
—Puede llevar unas cuantas, yo las hago a diario —dice entregándome el plato con las galletas. 
—No, gracias...
—Espere. —Se aleja en dirección a la cocina y regresa con un envase plástico con tapa, lleno de galletas—. Me ofenderé si no se las lleva.
Termino de subir el último tramo de escaleras antes de quedarme sin aliento y abro la puerta con dificultad, el taper me estorba. Dejo el envase en la cocina y paseo mis ojos por la casa. Ciertamente, parece más grande que la de la vieja Victoria, debe ser porque contiene menos adornos y muebles. La persona que la decoró, si era Clarisa Morrison como decía la mujer, debió tener muy buen gusto; todo allí indicaba elegancia. Me detengo frente al retrato de Clarisa. Desde el primer día me pareció una mujer muy atractiva, y ahora que sé su historia, o parte de ella, esa sensación se acentúa. La foto es en tono sepia, pero casi puedo verla en los colores reales, adivino su abundante cabellera pese a estar recogida en un elaborado peinado alto, dejando al descubierto sus hombros redondeados. El escote del vestido cae profundo hacia delante, donde los senos se juntan, y puedo imaginarlos, lozanos y turgentes. Parecía contener una sonrisa mientras le tomaban la foto. ¿El segundo esposo, dijo Victoria? 
Ya no pienso en Clarisa como la mujer desconocida del retrato, la empiezo a sentir familiar. Después de todo, estoy enterado de ciertos asuntos que van más allá de las conversaciones triviales. De modo que ella estuvo casada con un escritor. Y según la vieja, era a quien más había amado. La miro y pienso que no sería difícil enamorarse de aquella mujer, con locura. Me la imagino desnuda y el fuego del deseo empieza a quemar mis entrañas. Vivir en aquel piso tocando los objetos que fueron suyos, dormir en la misma cama con dosel donde hizo el amor infinidad de veces con distintos maridos... confiere connotaciones de aventura surrealista a mi estancia en el lugar. No puedo evitar sentir deseos de correr a verla de cuando en cuando, y ya no deseo salir del piso. Pero tengo que hacerlo, si estoy en la ciudad es porque debo hacer un recorrido varias veces postergado. Quiero que algún editor publique mi novela. La mejor novela de todos los tiempos. Aunque después de hacerles un pequeño resumen no parece despertarles mucho interés. Me pregunto, ¿cómo es posible? ¿A quién podría dejar de atraer el título: Un muerto en la nevera?

—Mi amor... quiero que nunca me dejes... —escucho junto a mi oído. Me revuelvo en la cama y siento su cuerpo tibio junto al mío, estoy desnudo y mis manos recorren su cuerpo como si conocieran de memoria cada uno de sus rincones.
—Clarisa, te amo, te amé desde el primer día... no te dejaré jamás... —susurro sobre su boca, besando los labios que me subyugaron desde que los vi. 
Es la segunda semana desde que hago el amor con Clarisa. Trato de permanecer fuera del piso el menor tiempo posible. Ya no es importante si no desean publicar mi libro, o si algún editor me mira con una sonrisa demasiado comprensiva. Lo único que quiero es volver a casa y estar con Clarisa. 
La gente se comporta conmigo últimamente de manera extraña, me mira como si estuviera enfermo, pero me siento mejor que nunca. Pienso que nunca fui un hombre tan feliz y tan amado. Sé que es una locura, pero estoy enamorado, y aunque sólo pueda verla y sentirla por las noches en mi cama, me conformo con eso. Hago el amor con ella dos, tres veces cada noche, y sé que ella está satisfecha, lo sé porque me lo dice constantemente. No como ni duermo, y durante el día camino como un sonámbulo. Casi por inercia termino de visitar las últimas empresas editoras de mi lista. Mi Un muerto en la nevera, reposa en espera de una aprobación o un rechazo en cada una de ellas. Pero ya no me interesa, yo sólo deseo regresar donde Clarisa, ella es como una droga, no puedo vivir sin sus besos, sin las palabras que murmura y me turban cuando hacemos el amor. Espero con ansias la noche porque sé que ella no faltará a la cita.
La vieja Victoria últimamente no sale muy seguido y lo prefiero. Sé que me atisba con sus ojos siniestros y se guarda lo que piensa. Sospecho que sabe lo que sucede allá arriba. Hoy por última vez, regreso de mi recorrido: he terminado de entregar la última copia de mi manuscrito. Estoy satisfecho porque no tendré que salir más. La vieja sale a mi encuentro y me mira con su sempiterna sonrisa.
—Señor Vincenzo —le escucho decir como si la voz proviniera de lejos— hace días que trato de hablar con usted, pero casi no le siento llegar.
—Buenas tardes señora Victoria —digo brevemente.
—La última vez que conversamos olvidé decirle algo. ¿No desea pasar a tomar el té?
—No esta vez. Muchas gracias —interrumpo casi con brusquedad. La mujer se está interponiendo en mis deseos.
—Bien, entonces se lo diré aquí. Clarisa... ¿la recuerda? ella me prometió que tendría seis maridos, y que el último jamás se separaría de ella. Creí que sería bueno que lo supiera, por si... deseaba escribir acerca de eso... —termina diciendo la vieja casi en un murmullo, dándome la espalda. Entra a su casa y cierra la puerta. 
Su mirada esconde lo que sus palabras no dicen. De pronto quiero preguntarle más de mi amada Clarisa, si sigue siendo su confidente, si sabe lo que está sucediendo allá arriba, si sabe que yo... estoy loco por su amiga. 
Retrocedo unos escalones y toco su puerta. Quiero saberlo todo, la vieja Victoria debía estar enterada de los pormenores de la vida íntima de Clarisa, y yo ansío que me cuente más de ella. La puerta permanece cerrada. Gasto mis flacos nudillos golpeando con fuerza; la sangre empieza a correr por mis muñecas. Pienso que me estoy volviendo loco. Qué, ¿no es ésta la casa de Victoria? ¿Dónde diablos se ha metido? Bajo hasta el sótano y busco al conserje; un viejo con un mono desgastado, casi no puedo verlo por el humo del cigarrillo que todo lo invade.
—¿Usted sabe cómo puedo hablar con la señora Victoria? —pregunto.
—¿La vieja Victoria? —repite extrañado.
—Sí. La del primer piso.
—Murió hace diez años. Su piso está desocupado desde entonces.
—¿Cómo? Pero yo... estuve allí hace unas semanas, siempre me interceptaba en la escalera, me invitó a tomar té y me dio unas galletas de chocolate...
—¿Y también le contó que en el quinto piso vivía una mujer llamada Clarisa Morrison? —pregunta el hombre con una sonrisa.
—Sí —digo, sabiéndome burlado.
—No sé que sucede con la gente. No es usted la primera persona que viene con ese cuento. 
—No es un cuento, yo le juro que... —dejo de hablar. Sé que es inútil, ese hombre no sabe nada, ni nunca sabrá nada. Doy media vuelta y subo hasta el quinto piso, sé que me espera Clarisa y no faltará a la cita.

B. Miosi

jueves, 7 de abril de 2011

Doctor Zhivago, por Boris Pasternak

Estoy leyendo la novela, aquí les dejo un vídeo con el tema de la película "Doctor Zhivago", una pincelada de la época de la Rusia romántica, espero que lo disfruten...

B. Miosi

martes, 5 de abril de 2011

Casta diva, de la ópera Norma, de Bellini: María callas



María callas en una de sus mejores interpretaciones:  CASTA DIVA, cuando era una joven que empezaba a incursionar en el ámbito internacional.

Muchos puristas prefieren a Marilyn Horne, pero María Callas siempre será recordada como La Divina. Un estilo, un glamour solo comparable a la de una diva, dejaron su sello en la historia del bel canto.

Sus estudios del bel canto con la soprano de coloratura española Elvira de Hidalgo le permitieron abordar papeles muy disímiles y resucitar la tradición del bel canto romántico italiano en la verdadera acepción del término y a través de la exhumación de óperas olvidadas como Anna Bolena, de Donizetti.

Desafortunadamente, este esfuerzo, sumado a la súbita pérdida de peso, aceleró el deterioro de su voz y le acarreó múltiples críticas, además de acortar su longevidad vocal. El fenómeno Callas duró apenas algo más de una década, pero su irrupción en el mundo de la lírica dejó una marca imborrable y visionaria.

En la definición del musicólogo Kurt Pahlen, «…su canto asemeja una herida abierta, que sangra entregando sus fuerzas vitales…como si ella fuese la memoria del dolor del mundo…»


Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Maria_Callas


B. Miosi

domingo, 3 de abril de 2011

Corazones solitarios


Rodeada del silencio roto por el sonido de los coches once pisos abajo, en la avenida, transcurre esta mañana.  Un amanecer solitario impregnado de la atmósfera de otros domingos en los que la alegría dejaba su rastro en las horas, los minutos, los segundos cambiantes, de un tiempo que pasa inmutable, contemplando sin opinar, sin condolerse, sin esperar. Si pudiera pedir un deseo, sería: que se hubiera hecho eterno un segundo de mi dicha.
Una dicha que se escapa como el agua cuando quieres retenerla entre las manos. La soledad aplasta mi vida esta mañana que se va convirtiendo en tarde, calurosa, de las que antes disfrutaba contigo, cuando compartíamos la frescura del aire acondicionado, encerrados en la habitación, mirando una película, que muchas veces quedaba en la bruma de los sueños.  Estiraba la mano y estabas ahí, siempre, junto a mí.

Desde mi atalaya soy testigo de lo que mis sentidos percibieron antes y ya nada es igual. Ni siquiera el sonido del cucú que ahora dicta las horas a su antojo, como si se hubiese confabulado con el tiempo para decirme que nada es determinante. ¿Acaso la vida lo es? ¿Qué sucedería si cierro los ojos y vuelvo a abrirlos? Todo estaría igual que antes, pero sería un momento diferente. Oye, ¿me escuchas?, ¿puedes verme?, ¿acaso puedes sentir cómo mi pecho se quiebra? No. Aunque desee creer que sí lo haces, sé que no es así.  Fui a ver la placa de bronce que pusieron sobre tu lápida y no sentí nada.  Era un lugar ajeno, rodeado de otros cuerpos en la misma situación.  Es aquí, en la atmósfera impregnada de otros domingos en tu compañía, donde tengo ganas de llorar.

B. Miosi