sábado, 13 de diciembre de 2008

Katty

Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño. Levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba, ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que sólo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas; y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota.

Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a la que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorjeante, parecida a los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.

Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información. Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorjeos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba. No a ella, no. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que dormía a su lado y a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca, más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.

Una semana que no dormía, y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes» «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...» Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero? Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro. Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad era él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorjease; ¿por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina. El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty, de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?

Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado. Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»

«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital. Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»

Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí. Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta. Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!» «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana? Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía el horrible gorgojeo que esta vez sonaría a himno.

Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana, con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.

B. Miosi

12 comentarios:

  1. Menos mal que la pobre mujer está viva, porque la verdad, me temí lo peor. Menos mal.

    Pero es verdad eso que cuentas, muchas veces estamos acostumbrados a las personas, y cuando no las tenemos las echamos en falta, pero...¿sabemos algo de ellas? Hay personas que solo su presencia llena todo el espacio.

    Deberíamos de preocuparnos un poco de ellas porque tienen sentimientos y son humanas, no son un simple bulto. A veces, eso lo olvidamos.

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  2. me parece un cuento con mucha, mucha miga, Blanca. Además de bien escrito dejas al lector con ganas de saber, pero creo que hasta el final no descubre que valoramos las cosas cuando nos faltan. Por fortuna en la ficción suele haber segunda oportunidad.

    besos.

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  3. Una bonita reflexión que nos hace pensar que detrás de toda persona anónima que nos presta un servicio hay un ser humano que merece consideración y respeto.

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  4. ¡Ah, querida Mamen!, si en la vida real todos tuviésemos una segunda oportunidad... cuántas cosas corregiríamos!

    Tienes razón al decir que el cuento tiene mucha miga. Lo curioso es que hasta ahora las personas que lo han leído no han captado la parte más importante del cuento. Esperaré.

    Besos,
    Blanca

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  5. Arwen: Completamente de acuerdo contigo, no damos importancia a muchas de las personas que nos rodean, es como si formasen parte del paisaje.

    Besos,
    Blanca

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  6. Lola, muchas gracias por pasar y dejar tu comentario. Son los eternos anónimos. Y quizás ellos también nos vean así.

    Besos!
    Blanca

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  7. ...y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.

    Blanca, un final diez. Me ha gustado mucho, mucho, el cuento. Tienes una narración muy visual, la escena del sostén dejando libres los senos te puedo asegurar que la he visto a través de la lectura, esa conjunción hombres-mujeres es muy acertada, una mujer es y puede ser todas las mujeres de la tierra. Por otra parte, como ya se ha comentado, nos muestras la importancia de todas esas personas que nos rodean y a las que no prestamos atención hasta que dejamos de verlas, y también nos recuerdas que somos animales de costumbres, no sabemos vivir sin rutinas, nacemos libres y constantemente nos vamos poniendo cadenas.

    Te felicito por este cuento lleno de belleza en forma y en fondo.

    Besos.

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  8. Maribel, me encanta que hayas comprendido el cuento. Es exactamente lo que dices: la conjunción hombres-mujeres, un sentimiento intangible pero que existe, y existirá a lo largo del tiempo.

    Celebro que hayas disfrutado con "Katty", y gracias otra vez por tus palabras.

    Besos,
    Blanca

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  9. Blanca, leí tu cuento en Prosófagos y dejé un comentario allí. Pero te reitero mi grata impresión.

    Reflejas de manera magistral la visión de un hombre - con todo lo difícil que es meterse en la cabeza del otro género- hacia la mujer en sí: El Eterno femenino, quien Göethe en sesenta años no definió tan bien o no conmovió al lector tanto como lo haz hecho tú.

    El realismo, y los múltiples simbolismos implícitos, son realmente buenos.El cuento empieza bien y termina mejor. Te felicito.

    Besos,

    Venator

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  10. ¡Ah! Venator, mi ego está grande, grande, así como siento grandes tus palabras para mí. Muchas gracias por el entusiasmo, amigo,

    Es un cuento producto de madrugadas insomnes...

    Un beso,
    Blanca

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  11. Blanca, qué mejor manera de empezar el año que leyendo uno de tus relatos. Lo tenía pendiente y por fin, hoy pudo ser´. Me ha gustado mucho por la forma y por el contenido. Algunos hombres aún no han descubierto a la mujer que tienen a su lado, eso que se pierden.
    Un abrazo y que este año que acabamos de empezar te traiga lo mejor para ti y los tuyos.
    Conchi

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  12. Querida Conchi, siempre es un placer tenerte entre mis lectores. Me encanta que te haya gustado, recibe tú también un grande abrazo de mi parte y de Henry.

    Besos,
    Blanca

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