domingo, 8 de septiembre de 2019

Escritor y lector: una simbiosis.


Escribir es un acto íntimo. Cuando escribo pierdo el pudor natural que tengo de exhibir en público mis emociones porque traslado mis sentimientos a los personajes de mis novelas. Son ellos los que hablan, balbucean, dudan, sienten, aman, ríen u odian a través de mí. Por eso al terminar de escribir una novela, por un tiempo me siento desamparada. Como si me hubieran dejado sola, ya no tengo más personajes para proyectar mi manera de ver el mundo de presentarse ante mí una circunstancia determinada.
No sé si sucede igual con otros escritores. Me preguntaba yo en estos días si uno es capaz de
enamorarse del protagonista de su obra. Y creo que sí. Sucedió cuando escribía mi primera novela La búsqueda. Narraba la vida de mi marido, y al hacerlo volví a enamorarme de él. Lo conocí en la vida real cuando él rebasaba los cuarenta, y fue a través de esa novela como descubrí su juventud, su manera de ser, de pensar y de enfrentar la vida. Entonces amé la parte que no había vivido a su lado.
Al escribir El legado sucedió algo diferente. A medida que conocía al protagonista, Erik Hanussen —porque el autor va conociendo a sus personajes poco a poco a medida que transcurre la novela—, empecé a sentir por él admiración mezclada con un sentimiento fraternal. Tal vez como el padre que me hubiera gustado tener. Y ese sentimiento duró hasta el final.
Con El cóndor de la pluma dorada, desarrollé una empatía profunda por Túpac Yupanqui, a quien considero el personaje que da un peso fundamental a esa novela y a la historia del imperio incaico. Amé el rostro que le di, su pequeña sonrisa, su gallardía y valor, el amor reprimido que sintió toda la vida por Sumaq, quizá un reflejo de lo que sentí alguna vez por un amor no correspondido. Sufrí y reí con él durante la novela y esas emociones fueron perdurables a pesar de que falleció relativamente joven, pero en el libro se siente su impronta a lo largo de la historia.
El rastreador fue para mí un nuevo tipo de personaje. Un héroe invencible, en el que deposité mi confianza desde un comienzo y supe que no me defraudaría. Es curiosa la manera como el escritor vive sus novelas. Al empezar ve a los personajes a través de una especie de niebla; a medida que la historia avanza y delega en ellos más y más responsabilidades, los llega a conocer nítidamente, hasta el punto de saber cómo van a reaccionar ante diferentes circunstancias o con otros personajes. Escribir es vivir en un mundo paralelo en el que uno se sumerge durante varias horas al día. A veces de una manera tan intensa que por momentos no puede separar la realidad de la fantasía.
Uno de mis personajes inolvidables fue Toni Montero, en La lista. Desesperación, impotencia e indignación
las viví junto a él. A su lado sentí mi rostro desfigurado y también renacer como el Ave Fénix. ¡Cuántas emociones se absorben al escribir! Por eso pienso que la escritura me ha hecho una persona más humana. Aprendí a ponerme en los zapatos del otro antes de juzgarlo o de pensar si su decisión es correcta o no.
Al escribir El sustituto me desdoblé en dos jóvenes. Uno más parecido a mí. Un poco retraído, obsesionado por el orden y el colocar todo siempre exactamente en el mismo lugar, uno que huye de las fiestas o aglomeraciones humanas, del ruido y de las conversaciones insustanciales, y otro absolutamente opuesto, alguien a quien tal vez me hubiera gustado parecerme más: encantador, exquisito, muy alegre, despreocupado y seguro de su atractivo. Reconozco que fue una novela que me llevó más meses de trabajo de lo acostumbrado, pero me siento satisfecha con el resultado.
Y en Hijo del pasado no me proyecté en el personaje principal, Daniel Kozlowski. Por algún motivo, a medida que escribía lo veía muy parecido a mi fallecido marido. Sus dos mujeres, Yvanna y Viveka me fueron un poco esquivas, pero logré entrar en sus mentes y definitivamente me quedé con Yvanna. Porque un escritor también tiene sus preferidos, ¿eh?,  algunas veces también sentimos antipatía por algunos.
No he mencionado aún a los personajes de mi trilogía El manuscrito. Y no lo hice porque daría para un artículo completo. La trama complicada y la diversidad de participantes hacen que sea difícil hacer un resumen, solo diré que Nicholas Blohm, Dante Contini-Massera y Richard Raising, vivirán para siempre conmigo. Fueron los que me impulsaron a escribir novelas de acción y aventura y entrar en el mundo misterioso de lo que podría suceder si un buen día encontrase un Manuscrito.
He escrito más novelas, pero creo que en las que he mencionado arriba se comprende de manera bastante cercana los sentimientos que me unen a mis libros. No los considero “mis hijos”. Son simplemente mi obra, una que un día cualquiera empecé a imaginar y que al escribirla dio vida a personajes que vivirán siempre conmigo y, espero, tendrán espacio en algún lugar en la memoria de mis lectores. No de todos, sería pedir demasiado. Pero sé de algunos que han leído mis libros más de una vez y los comprendo, porque yo también he leído varias veces una novela cuando me ha encantado, o he visto una serie o una película muchas veces.
Entonces, ¿qué es la lectura? ¿Es acaso una droga? Tal vez sea algo parecido, y puedo decir lo mismo de la escritura. La necesidad de perderme en una nueva historia, encontrar a otros personajes, llevar a cabo un nuevo drama, es una adicción. Y la tendré mientras sigan vagando en mi mente historias y personajes que necesiten ser escuchados.
¡Hasta la próxima, amigos!

6 comentarios:

  1. Cierto, Blanca. Has expresado con meridiana claridad lo que supongo que les ocurre a todos los escritores, aunque hay más experiencias además de las que has comentado. Al menos, me ocurre a mí. En ocasiones, los personajes de mis novelas se revelan contra mí como escritor y me piden más libertad. Quieren ir a su libre albedrío dentro de la trama que he pensado para ellos, y como el padre que ve crecer a sus hijos, los dejo ir a su aire pero tutelándolos, y en la mayoría de las ocasiones me satisfacen, porque se llegan a desarrollar de una manera autónoma dentro de la historia, que me sorprende y me motiva a seguir escribiendo. También es cierto que algunos de esos personajes levan dentro parte de nuestros anhelos, de nuestra manera de pensar, de lo que nos habría gustado ser o hacer y no hemos hecho, dando lugar a que nos sintamos un poco desamparados cuando ponemos punto final a nuestra novela.

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    1. Lo que dices, de que los personajes de tus novelas se revelan contra ti, lo he escuchado decir a muchos escritores. A mí no me ha sucedido, por suerte. ¡Eso de querer ir a su libre albedrío me traería problemas con la trama! Lo que sí he notado es que van adquiriendo más fuerza a medida que transcurre la novela.
      ¡Gracias por participa, Francisco!

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  2. Buenas tardes

    Me ha gustado mucho esta entrada. También he sentido cosas parecidas con algunas de mis historias y personajes. Es bonito leer este tipo de confesiones por parte de autores a los que has leído, pero muy pocos se atreven a hacer cosas como la que has publicado en este artículo.

    Un saludo.

    Juan.

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    1. Es una confesión, tienes razón Juan. Y es algo que creo que la mayoría de escritores experimentamos. ¡Gracias por tu visita!

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  3. El mejor de los vicios. A no dejarlo.

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    1. Así es, Heberto. cuando se empieza a escribir ya no se puede dejar.

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