sábado, 8 de marzo de 2008

Mauritania


¿Qué por qué se llamaba Mauritania? Tal vez porque su padre se llamaba Mauricio y su madre Tania. No importaba, de todos modos todos le decían Mauri. Sólo a un forastero parecía importarle. Siempre iba por ahí haciendo preguntas absurdas. ¿Por qué vivían en una casa cuyo techo parecía que podría venirse abajo en cualquier momento? Pues porque siempre había sido así. ¿Por qué más?

¿Por qué ella tenía los ojos azules si sus padres era negros? ¿Por qué su hermana menor tenía el cabello rojo? El forastero la llevaba a un riachuelo y se lucía ante ella pescando, pero nunca atrapó un pez. Y ella nunca le preguntó ¿por qué pescaba donde no había peces? Tampoco le preguntó qué hacía un hombre como él merodeando por aquellos lugares. Decía que era un pintor, pero jamás vio que tomase una brocha, y había mucho que pintar, desde las cercas hasta las paredes descascaradas de las viviendas de ese poblado perdido. Nunca había escuchado que se necesitaba estar inspirado para pintar. Una vez su padre compró un bote de pintura roja y pintó la fachada de la casa hasta que el bote quedó vacío. No tuvo que inspirarse para eso. Pero el forastero era diferente. Él preguntaba y anotaba. Y siempre estaba meditando. No le bastaba con ser un fisgón, tomaba nota de todo cuanto le pareciera extraño. Y llenaba cuadernos. Un buen día desapareció y nunca más se le volvió a ver.

Muchos años después, cuando siguiendo los consejos del forastero había aprendido a leer, cuando sus cabellos pintaban canas y sus ojos azules habían perdido brillo, pudo comprender por qué un pintor necesitaba estar inspirado para poder pintar. Vio un libro exhibido en la única librería del pueblo. Lo tomó entre sus manos y reconoció en la portada su rostro cuando era joven, en la solapa estaba la foto del forastero, y el libro tenía por título: Mauritania.

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