lunes 14 de diciembre de 2009

Un pequeño Balance Anual



En este año 2009 se consolidaron las emociones que venía arrastrando desde el año anterior. Una de ellas: la publicación de mi segunda novela: El legado. A cinco meses de su lanzamiento sigo recibiendo correos y reseñas de personas que la han leído y, créanme: no existe un mejor premio.

De las opiniones que me han llegado, la mayoría son positivas, supongo que dadas con una pátina de la simpatía y amistad que nos une a la mayoría de los blogeros, lo que agradezco de todo corazón. Pero también he recibido sorpresas de personas que ni conozco, articulistas como José Rivera de El tiempo Digital, o un artículo publicado en la revista de la UNAM
RevistadelaUniversidadNacionalAutónomadeMéxico , en donde mi libro aparece como referencia —en uno porque habla del veinteavo aniversario de la caída del Muro de Berlín, y en el otro porque trata el tema del inusitado interés en el mundo editorial español por los temas relacionados al nazismo contra el poco o casi ninguno demostrado por los lectores mexicanos—, lo cual no me parece extraño, dado que el nazismo proliferó y se extendió en otras latitudes, digamos, más al sur de nuestra América hispana. En todo caso, el hecho de que hablen ya es algo.

Hoy puedo decir que me siento relajada y muy a gusto con la cantidad de amigos y amigas que frecuentan este blog, con los que he desarrollado una afinidad parecida a la que se siente por una familia, en la que nos contamos nuestros deseos, proyectos, metas, y nos consolamos de nuestros fracasos, nos damos ánimo y felicitamos a quien da un paso hacia delante o sube un escalón, como es el caso de Daniel de Córdova, con La estrella de David, Teo Palacios, con Hijos de Heracles; a publicarse en enero del 2010, y que estoy segura, pronto le seguirán Lola Mariné y Blas Malo Poyatos.

Este año 2009 he descubierto que el mundo blogero literario está lleno de gente hermosa, no puedo dar otro calificativo a aquellas personas que dedican gran cantidad de horas a la práctica de la lectura y la escritura, experiencias que enriquecen nuestro mundo interior. Chicos como Armando Rodera, con sus crónicas acerca del mundo literario que él sabe relatar con maestría; a Teo Palacios, que nos enseña cómo movernos en el mundo editorial, y qué esperar (y qué no), a Víctor Morata Cortado, ahora dedicado en cuerpo y alma a su rincón:
ElCafédelAutor , un blog que recomiendo visitar encarecidamente, a Marta Arbelló, y sus Manuscritos del Caos, con artículos que sólo ella sabe dónde encontrar, y sus cuentos ganadores de concursos, a Montse de Paz (Elisabet) y sus reflexiones acerca de lo que significa la literatura para los que hemos escogido este pedregoso camino, a Maribel Soler, de Sucedió en febrero, que este año ha tenido un récord de publicaciones, entre ellas su manual: Todo lo que se debe saber en Derecho, y varias antologías de cuentos compartidos, y en esto de los cuentos no puedo dejar de mencionar a Cristina Puig, quien este año publicó Lankhar. Diario de una vampira, por la editorial Mallorca Fantástica y hace poco otro libro de narraciones al que le están dando mucha publicidad en la prensa mallorquina. Tampoco puedo dejar de mencionar a mi querida Arlette Geneve, de quien ya he perdido la cuenta de sus muchas publicaciones y la próxima, para el 2010: El carcelero de Ysbililla.

Javier Pellicer Moscardó este año batió marca con premios y nominaciones por sus cuentos; para los que quieran enterarse les invito a pasar por Tierra de Bardos. Muchos terminaron sus novelas, y otros empezaron las correcciones. Este es un mundo dinámico, que no se detiene, en el que cada día hay una sorpresa, una noticia, o una meta alcanzada, y dentro de esas buenas nuevas está por supuesto, la impresión de la revista Prosofagia, del foro Prosófagos, en el que algunos de los blogeros participan y al que invito a participar, para que puedan formar parte de esa agradable comunidad literaria, y tengan la oportunidad de publicar sus artículos, entrevistas, cuentos y hasta sus Cartas al Director en la revista, una experiencia nada despreciable.

Quiero hacer una mención especial a Sergio Astorga, un mexicano residente en los Estados Unidos, poeta, pintor y vendedor de albarrotes, quien se dio a la tarea de obsequiarnos con su arte a muchos de los que participamos en su
Blog.


De lo que sí estoy segura es de que, tarde o temprano todos llegarán a publicar. He tenido el privilegio de leer algunos trabajos, y créanme: son mejores que muchas de las novelas que pululan por ahí, incluyendo las mías. Lo digo sin ambages.

Agradezco profundamente a todos ustedes, queridos amigos y amigas, por estar allí, al otro lado de la pantalla, por pasar por mi blog y con su participación haber enriquecido este pequeño espacio, y a todos, sin excepción, quiero desearles unos días agradables en estas fiestas navideñas, y un año 2010 en el que se cumplan sus deseos: ¡solo tienen que ir por ellos!



¡Feliz Navidad!
Y
¡Que el 2010 sea aún mejor que el 2009!


PD: Acabo de enterarme que Guillem López Arnal del blog Leyenda de una Era, ya tiene casi lista la publicación de su novela: La guerra por el Norte, bajo el sello Grupo Editorial AJEC. ¡Bravo, Guillem!

jueves 10 de diciembre de 2009

Premio al mejor blog literario

Queridos amigos,

Una agradable sorpresa recibí hoy al enterarme de que mi blog, Blanca Miosi y su Mundo, ha sido convocado entre algunos otros para el Premio Literatura 2 de la Revista Digital Premia.

Los que deseen apoyar este sitio, pueden votar entrando al siguiente enlace:

http://larevistapremia.blogspot.com/search/label/Literario%202

o clicando el aviso de la derecha. Al acceder a la página encontrarán un menú en color azul turquesa debajo del aviso y a la derecha, la lista de los blogs propuestos.

De antemano les agradezco su participación, ¡a ver si gano una!

Besos a tod@s!!

Blanca

lunes 7 de diciembre de 2009

Sólo un deseo más, por B. Miosi


Mariah percibió en el rostro de Nicolai de facciones usualmente plácidas, un rictus de angustia. Sus ojos enrojecidos, su mirada triste. Le dijo que también lo había amado, que la había hecho feliz, le agradeció por ser como era, pero no escuchaba su propia voz. Una lágrima rodó por la mejilla de Nicolai y fue a caer en la suya, y no la sintió. Nicolai se transformó en una mancha informe hasta desaparecer por completo. De pronto, ella estaba arriba. Desde allí se veía a sí misma en el lecho y a su marido sollozando arrodillado al lado de su cuerpo inanimado, a la gente que entraba y salía de la alcoba, y finalmente a Nicolai solo, besándola tiernamente en los labios, murmurando palabras de despedida.
Mariah podía ver todo lo que sucedía abajo, y como si las paredes fuesen invisibles; vio a Víctor, su amante predilecto, encorvado en una esquina de la sala cubriéndose el rostro con las manos; recordó con indiferencia las horas transcurridas a su lado. Más allá, al joven Alexandro que tantos besos le había robado, sentado, con la mirada perdida. Y vio a Ivana llorando en el jardín, la chiquilla cuyo cuerpo palpitante había acariciado tantas veces...

No entendía el dolor de los que estaban abajo, solo sentía apatía por lo que antes había significado todo para ella. Sintió que se alejaba, y a medida que lo hacía, ese mundo en el que desde que tenía memoria se habían hecho realidad todos sus deseos, se volvía pequeño, transformándose en una bola de hilo enmarañado. Comprendió cómo veía la tierra quien sea que la hubiese creado. Y mientras se alejaba sentía una libertad plena y absoluta.
—Ven, te enseñaré el camino... —dijo una voz en su mente, como si fuese su propio pensamiento.
Se dejó llevar y supo que llegaría a conocer al que concedía favores. Y a medida que se internaba en el infinito, se preguntaba por qué había temido tanto salir de aquel envoltorio de piel que había lucido con orgullo.
Un soplo gélido disipó su alegría, la libertad empezó a transformarse en un pesado fardo. La claridad, en tinieblas. Alguien se estaba convirtiendo en el dueño de su alma, de su esencia, de su ser. La libertad se esfumaba.
—Es el pago por los favores recibidos. —Sintió en su mente. ¡Y había pedido tantos!—. Solo un deseo más… —susurró la voz, como hacen los amantes—, solo uno más, y serás mía.

Abajo, todos miraban la fosa, mientras recordaban a Mariah la divina, una mujer con suerte.
—Descansa en paz—. Fue el deseo póstumo frente a su ataúd.
Y fue lo que escuchó Mariah allá en la lejanía de la inmensidad oscura.

Un alarido cruzó el espacio mezclándose con un trueno que anunciaba tormenta. Las últimas lágrimas se mezclaron con las primeras gotas de lluvia, y el ulular del viento fue perdiéndose junto con los pensamientos de los dolientes.
—Se nos fue Mariah, una mujer con suerte. Todos sus deseos eran concedidos. —Murmuraban.
Luego el cementerio quedó vacío.
B. Miosi

jueves 3 de diciembre de 2009

SAMUEL BECKETT, El escritor maldito


En la literatura hay dos mundos: uno que está montado sobre el pensamiento de los llamados clásicos, como Platón, Aristóteles o Sócrates, a quienes la sociedad eligió como ejemplo o guía, y el otro en el que se tienen como paradigma a personajes irreverentes como Heráclito, que a 400 años antes de Cristo ya atacaba los conceptos y ceremonias de las religiones populares de su tiempo; pasando por Joyce, Eugène Ionesco, Samuel Beckett, por supuesto, y mucho antes: Schopenhauer, quien llegó a la conclusión de que la realidad innata de todas las apariencias materiales es la voluntad, y que la realidad última es una voluntad universal. Y Nietzsche, con su famosa proclama: «Dios ha muerto», catalogados estos últimos —aunque faltan algunos otros por enumerar—, como los escritores malditos de todas las épocas.

¿Por qué?

Porque es una literatura difícilmente aceptable por una sociedad en la que cada cual se ocupa de sí mismo y rechaza los discursos reflexivos. Samuel Beckett, (1906-1989); un irlandés nacido en el seno de una familia acomodada, que en su juventud tuvo amigos como James Joyce (Ulises), y que durante la ocupación en Francia trabajó para la resistencia contra los nazis, empezó escribiendo como terapéutica. Su primera obra: Watt, no captó el menor interés de los editores. Durante veinte años Beckett estuvo en la zona oscura, entre aquellos escritores a los que nadie hace caso. Sin embargo, siguió escribiendo y un buen día sus obras empezaron a ser publicadas. Molloy, una obra rechazada por muchos editores, vio la luz en Francia en 1953 con el apoyo de algunos intelectuales que ya conocían algunos de sus trabajos. Algo equivalente a lo que sucede hoy en día con gran cantidad de escritores que, vía Internet divulgan sus trabajos a la espera de que llegue la oportunidad tan esperada.

A partir de allí se le abrieron las puertas. Malone muere y Esperando a Godot; una obra teatral que pertenece al «teatro del absurdo», se estrena dando lugar a uno de los que muchos dijeron, era el acontecimiento del siglo. Entonces el público descubre a Beckett. Pero la dificultad que encierra su literatura y la absoluta falta de respeto a los prejuicios lo mantuvo circunscrito a un determinado tipo de público, no al de las grandes masas acostumbrada a respetar los cánones, no. Beckett fue escogido por el grupo selecto de pensadores existencialistas de la década de los cincuenta. Cuando en octubre de de 1969 recibe el Premio Nobel de Literatura, sólo pocos amigos sabían su paradero pues era un hombre que huía de la propaganda. Y de hecho, creo que con ese premio se le quiso untar de vaselina. La razón: Beckett era algo más que un escritor social, su literatura sólo puede compararse en violencia destructora, de denuncia radical de la sociedad absurda en que vivimos, con la de Kafka, silenciado y también desconocido durante muchos años. Al otorgarle el premio se le quiso convertir en artículo de consumo y hacerlo inofensivo. Pero al parecer, ya Beckett había dicho todo lo que tenía que decir. En los años siguientes escribió cada vez menos, y como parece que ninguno de los problemas que sus obras plantean tiene respuestas, él mismo se planteó una vez la pregunta: ¿Para qué seguir escribiendo?

El lector de Beckett no debe hacerse ilusiones, no es un premio Nobel cualquiera, su lectura no es un sedante reposado que asegura un sueño tranquilo aunque su estilo sea en ocasiones monótono. Y aquí voy a copiar literalmente lo que escribió de él Carlos Ayala, el prologuista de Molloy:

¡Es dinamita! ¡La mejor dinamita avalada nunca por Alfred Nobel! Beckett nos arroja al rostro el único revulsivo capaz de despertar al dormido mundo nuestro: al hombre mismo, con una sinceridad brutal, escandalizante, ofensiva, tan desnudo e indigente que no hay escape posible a la contemplación de sus vergüenzas. Pero tampoco a su inmensa belleza.

Tengo en mis manos Molloy. Mentiría si digo que comprendí en toda su profundidad lo que Beckett quiso decir. Es una obra escrita de manera continua, no hay descansos, no hay párrafos, se debe leer casi sin respirar, metiéndose en la mente del personaje, haciéndose sus mismas preguntas y contestándose a sí mismo. A la larga es como si una misma estuviese ejerciendo un monólogo que se hace eterno, confuso, irritante, y por momentos demasiado parecido a nuestros propios pensamientos, porque al fin y al cabo, ¿qué hacemos cuando hablamos sino escucharnos en los demás nuestro propio eco, y tratar de encontrarnos? Es como cuando caminamos entre las tinieblas con miedo y cantamos o tarareamos una melodía para sentirnos acompañados por nosotros mismos. Porque la verdad es que queremos oírnos, así como deseamos leernos. Por eso escribimos.

Para no dejarlos con la curiosidad acerca del estilo de este peculiar escritor, copio un párrafo de Molloy:

"Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué. En una ambulancia, en todo caso en un vehículo. Me ayudaron. Yo solo no habría llegado nunca. Quizás estoy aquí gracias a este hombre que viene cada semana. Aunque él lo niega. Me da un poco de dinero y se lleva los papeles. Tantos papeles. Tanto dinero. Sí, ahora vuelvo a trabajar, un poco como antes, sólo que ya no me acuerdo de cómo se trabaja. Tampoco parece que eso tenga mucha importancia. A mí lo que ahora me gustaría es hablar de las cosas que aún me quedan, despedirme, terminar de morirme de una vez. No me dejan, sí, parece que son varios. Pero siempre viene el mismo. Más tarde, más tarde, me dice. Bueno. La verdad es que mucha voluntad ya no me queda. Cuando viene a recoger los nuevos papeles trae los de la semana anterior. Vienen señalados con signos que no comprendo. Tampoco me tomo la molestia de releerlos. Y cuando no he hecho nada no le doy nada y gruñe un poco. Pero no trabajo por dinero. ¿Por qué trabajo? No lo sé. No sé gran cosa, si he de ser franco. La muerte de mi madre, por ejemplo. ¿Había muerto ya cuando llegué? ¿O murió más tarde? Muerta para enterrarla, quiero decir. No lo sé. A lo mejor no la han enterrado todavía. Sea como sea, soy yo el que estoy en su cuarto. Duermo en su cama. Uso su vaso de noche. He ocupado su lugar. Cada vez debo parecerme más a ella. Sólo me falta tener un hijo. Puede que tenga alguno en cualquier parte. Pero no es probable. Ahora ya sería casi tan viejo como yo. No era más que una putilla. El verdadero amor no es esto. Mi verdadero amor lo tenía puesto en otra. Ya os contaré. Mira, hasta he olvidado su nombre. A veces incluso me parece que he llegado a conocer a mi hijo, que me he ocupado de él. Luego pienso que esto es imposible. Es imposible que me haya ocupado de nadie. También he olvidado la ortografía, y la mitad de las palabras. No parece que esto tenga mucha importancia."

Y así, con frases cortas, al parecer inconexas, sin significado, sin coherencia, página tras página, hasta que una va encontrando sentido, uno asombroso, que aterra, que parece que destapara las capas de cebolla con las que nos hemos ido cubriendo a lo largo de los años…

Algunas de sus obras más importantes:

Watts, Mercier et Carmier, Premier amour, L’Expulsé, La Fin, Le Clamant, Eleutheria, Molloy, Malone muere, Esperando a Godot, El innombrable, Fin de la partida, La última cinta, Comment c’est, Oh les Meaux tours, Días felices, Acto sin palabras, No yo, That Time, y Footfall; los relatos Murphy y Cómo es, y dos colecciones de poemas. Una de sus últimas obras es Compañía.

B.Miosi



sábado 28 de noviembre de 2009

El cartero llamó a mi puerta: ¡Prosofagia!

Queridos amigos, hoy voy a hablar de cómo un proyecto virtual se convirtió en una realidad tangible.

Como dice el editorial del primer número de la revista
Prosofagia: hace más de un año, en algún lugar del mundo virtual, hubo quienes entonaron una Balada para un loco; y fue respondida de inmediato por un discreto pero entusiasta puñado de voces.

Desde ese día mucho agua ha pasado bajo el puente; al principio un riachuelo que se fue transformando en un torrente de ideas, y que hoy ha dado como resultado que tengamos en nuestras manos los ejemplares de los primeros cuatro números de la Revista Literaria Prosofagia, nacida tímidamente con la inclusión de las entrevistas que algunos de nosotros, también modestamente, iniciamos para el nuevo apartado de entrevistas del foro
Prosófagos.

El número 1, pues, está compuesto por cinco interesantes charlas que sostuvimos con escritores consagrados: Alberto Vázquez-Figueroa, Rosa Montero, Arlette Geneve, Montserrat Rico Góngora y el maestro, escritor y pintor, el entrañable Julio Maruri.

Recuerdo el debate en aquellos días de si se debía hacer una revista únicamente con entrevistas, o si se debía incluir otros temas, además de ellas. Pero una revista requiere mucho más que sólo buena voluntad. Es necesario tesón, disciplina, sentido común, y sobre todo, muchos deseos de hacerlo bien. De manera que Prosofagia 1, ocupó sus cincuenta páginas en relatar la visión del mundo literario de los escritores mencionados, a los que debo agradecer especialmente, por haber prestado su tiempo y su entereza para contestar preguntas que seguramente ya habían respondido infinidad de veces. Unas páginas diagramadas bellamente y con las exquisitas fotografías de Margarita


Y se inauguró la sección: «Cartas al Director», las primeras, y las que determinaron en cierta forma el futuro de la revista. Ah, pero para enterarse, tendrán que descargarla en PDF o como puedan, pues esas dos cartas, las de José María Lafuente y Julio Maruri, son la clave, y les garantizo que más importantes que la del famoso «Códice».

El número 2 estaría dedicado a los cuentos del foro Prosófagos, como se anunciaba en la contraportada del número anterior. Y entonces salió a relucir una antología de cuentos cuyos autores, protagonistas de nuestro querido foro, hicieron gala de su estilo:

Gabi, (Gabriel Martín, un músico metido en el teatro)
Nelo, (Manuel Pérez Recio; autor de varios libros, entre ellos su novela «Cuyabeno la sangre de la tierra» que ya va por su segunda edición),
D, (un intérprete de inglés a español y médico pediatra con la manía de escribir libros de vampiros)
Pepsi, (o Madame Karenina, luchadora por las causas de los animales, y por cualquiera que tenga alguna causa);
Ruín de los bosques, (Juan Manuel Alcedo, un escritor que nació el mismo día que vino al mundo);
Atreyu, (Bárbara Riera Obrador, a quien le apasionan los «bajitos»),
Forke, (Agustín Capeletto, quien tiene la fijación mental de que las comas se miden a ojo);
Esther, (nuestra querida correctora ad honores del foro, amén de otras muchas cosas más),
Elisabet, (Montse de Paz, autora de «Estirpe salvaje» ¿quién no ha visitado su blog Andanzas de una Escritora en busca de Editorial?)
Sierra, (el shostakoviano celinezco estudiante de violín nacido en un país hoy desaparecido)
Felixón, (Félix Jaime Cortés, un aparejador metido a escritor o viceversa, que tiene predilección por los tarros con clavos);
Loboherido, (Edgardo Benítez, un salvadoreño que escribe por no llorar),
Randal, (Mariano Mandil, quien vive rodeado de vampiros energéticos)
Y su servidora, (una escritora que pronto pirateará sus propios libros para que piensen que tiene éxito)

El próximo número anunciado con luces de neón: Entrevistas + Artículos.

Y dicho y hecho, el número 3 salió con todo lo que algunos afanosos deseaban que se publicara en el primero. Así que deseos cumplidos.

Y la editorial rezaba:
Así, y habiendo llegado al tercer número, comenzamos a diversificar la estructura de la Revista, incorporando a un tema central —entrevistas, en este caso— artículos de distinta índole que apuntan a crear nuevos espacios de trabajo...

Empezaron a llover las cartas al director. Cómo no. Algunas ni se entendían. Pero no era para menos, leí una que hablaba de que un día los árboles ya no daban manzanas sino teléfonos móviles. ¿A quién más que a nuestra querida Ñam podría ocurrírsele semejante infundio? ¡Qué agradable debe ser recibir ese tipo de cartas!

Pero también hubo noticias relativas a los participantes del foro, en las que los autores daban a conocer sus proyectos o trabajos realizados: Darthz (Julián Sancha Vázquez); Boris Rudeiko (Manuel Navarro Seva), JuanManué (Juan Manuel); Nelo (Manuel Pérez Recio) Luis Bermer, Malube (Marta Querol Benèch) Ñam, Elisabet (Montse de Paz); Laren (Teo Palacios, y se tuvo que llamar al carpintero para la ampliación de la Biblioteca de Prosófagos.

Los artículos:

La voz y la letra, por Montse de Paz. Un artículo que no pueden perderse, donde Montse hace gala de su dominio de las letras y de las ideas, y nos convence totalmente de que A veces, una palabra vale más que mil imágenes.

Experiencias de un escritor novel, por Teo Palacios. Nuestro querido y conocido Teo, el del blog Fantástica Literatura, nos explica y llega a persuadirnos de que podemos llegar a ser como Tolkien, ¡bravo, Teo! De veras que me gustó la sensación de optimismo que me inyectó tu artículo.

¿Quién dijo punto decimal? Por DNAZ Franco. Y Aquí voy a hacer un aparte. D, o DNAZ, tiene una fijación con el asunto de los teclados. No conforme con contar historias de vampiros a sus pacientes en pediatría, cada vez que un novato entra al foro, D se hace presente con una de sus bienvenidas características:
La combinación ALT + 0151 = — porque en español es menester escribir los parlamentos, los incisos explicativos y los componentes de listados con la raya larga. En pocas palabras: odia el guión pequeño. Hasta ahora me maravilla la enorme fuerza de voluntad de los incipientes prosófagos. ¡Muchos de los nuevos se quedan!

Esta vez los entrevistados fueron:

Guillermo Martínez, ganador del Premio Planeta 2003, su más reciente novela: La lenta muerte de Luciana B. Un éxito de librería que lo catapultó a la vidriera internacional.

Ricardo Coler, autor de El reino de las mujeres, Ser una diosa, y Eterna juventud, publicada en 2008.

y José Manuel García Marín, autor de Azafrán y La escalera del agua. Ambas novelas traducidas a varios idiomas, y convertidas ya en Best Sellers.

Sin duda, unos pesos pesados. ¡Y las entrevistas cada vez más interesantes!, (que una también aprende)

¡Y arribamos al número 4! El menú es tan variado, que sólo pondré la carta:

El caboso en el Charco, Ñam
Lectores e ilusionistas, Esther y Plásido
La escribida en el siglo XXI, DNAZ Franco
La voz interior, Federico Axat y Elisabet
Cómo presentar una obra a un agente o editor I, Teo Palacios
Foros literarios, una experiencia positiva, Boris Rudeiko
Cómo presentar una obra a un agente o editor II, Teo Palacios
El camino, Manuel Pérez Recio
Descubriendo el poder de la palabra, charla entre Montserrat Rico Góngora y Elisabet
Una visión del mundo editorial, Blanca Miosi

Esta vez las cartas al director fueron artículos especiales. La de Raquel Roberti es imperdible —me parece que se excedió de las dichosas 150 palabras—, pero valió la pena. Y la de Javier Rivas, de Escritores en Red, llena de optimismo en la que se intuye deseos de colaborar difundiendo la revista, uno de los aspectos más importantes para que una publicación tenga éxito.

En este número se incluyó un Índice de Imágenes, con las colaboraciones de gran calidad de: Coloso, Plásido, ray12 (NATTs), Boris Rudeiko y Pepsi.

Y, como siempre, se anunciaba en la contraportada lo que traería el número 5:

Proyectos literarios en la Red + Artículos

Antes de que se me olvide, quiero dejar constancia de los responsables de que las cosas hayan salido tan bien:

Dirección: Elisabet
Equipo de redacción: Boris Rudeiko, Elisabet, Esther, Pepsi
Diseño e imagen: Pepsi
Publicidad y comunicación: Esther

A todos ellos: ¡Felicitaciones y muchas gracias!

Espero que los que tuvieron la paciencia de leer esta extensa entrada descarguen las revistas, las lean, y divulguen su existencia. Lo que no se conoce perece en el olvido. Ahora me retiro, volveré a leerlas, pero esta vez las podré tocar y hasta oler, pues ayer el cartero llamó a mi puerta.

B. Miosi

lunes 23 de noviembre de 2009

¿Conocen a Giovanni Papini?

Reconozco que hay muchos escritores, más de los que sería capaz de calcular, que escapan a mi conocimiento. Trato en lo posible de conseguir libros de autores poco mencionados entre la avalancha de títulos que invaden las librerías y, como siempre, termino acudiendo a mi viejo librero. Esta vez tengo en mis manos un libro muy especial: Gog y El libro negro, escrito por Giovanni Papini en 1931, y en 1951 respectivamente.

Empiezo por aclarar quién es Gog. Para quienes no lo sepan, es un personaje bíblico; aparece en el Apocalipsis, XX, 7: "Satán será liberado de su cárcel y saldrá para reducir a las naciones, Gog y Magog…"

Giovanni Papini nació en Florencia, Italia, el 19 de febrero de 1881, hijo de un ateo y de madre católica, quien lo bautizó a escondidas. Fue filósofo, políglota y un fecundo escritor. Me llamó la atención el título Gog y El libro negro, nada más verlo, y empecé a hojearlo. Después de leer parte del prólogo decidí que tenía que leer sus quinientas once páginas. Es un tomo que consta de dos libros, en los que Gog cuenta sus experiencias, y veinte años después las continúa en El libro negro. Y aprendí mucho, ¡vaya si aprendí! Desde la primera línea del primer párrafo existe un llamamiento impostergable a seguir leyendo:

Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular.

Díganme ustedes si no es un comienzo con el que se intuye una historia extraordinaria. Como lo fue la misma vida de Papini. Escribió Gog recurriendo a la técnica de suponer que publicaba el diario íntimo de un individuo excepcional; Gogins, conocido como Gog. Se sirvió de un personaje, cuyo nombre de origen bíblico, nos da el sentido de su temperamento: personificación de las fuerzas del mal. Descreído, salvaje, cruel, poderoso y anhelante de gloria y placer… y se llega al final de la parábola bíblica tan bien trazada por el autor con un Gog insatisfecho, hastiado, sin haber llegado a conocer la verdad, ni haberse divertido, que por no morir de hambre y miseria, encuentra su única salvación en el mendrugo de pan que le da una muchacha campesina desconocida.

Y para no dejarlos con la miel en los labios, voy a proseguir con el resto del trozo que sigue a la primera línea que copié arriba:

Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular.
Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra —la amada era una «reina de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído— condenaba al delirio.
Como ordinariamente estaba tranquilo, el director de aquella casa para locos pensionistas —enano de estatura, pero gigante en carnosidad— nos permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas como en los cafés. Enfermeros pálidos vestidos de blanco, transcurrían por los paseos, disimulando vigilancia.
Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado; no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes, sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios, macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de oro.
Saludó, sin habla, al poeta y se sentó a nuestro lado. No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación, Me enteré después, por mi amigo, que ése era Gog.

…Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su historia. Su conversación era singularísima: pasaba de un discurso paradójico, pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.
Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación —vivía en una villa, toda para él, en el parque del manicomio— y volvió para entregarme un envoltorio de seda verde.

—Lea —me dijo—, son hojas que he salvado del último naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de la noche.
Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía pesada e inexperta de muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.
Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios, fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas, redactadas en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.

… Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas —excepto cinco o seis demasiado repugnantes— y a publicarlas.

Para los que deseen leer la obra completa, los remito a este enlace: Gog, texto completo publicado en Ciudad Seva.

De la segunda parte, El libro negro, resalto algunos capìtulos:

El poema del hombre (de Walt Whitman)
La biblioteca de acero
Noticias del más allá
La fábrica de novelas
Verdugos voluntarios
El mercado de niños
El abate y las pecadoras
El regreso (de Frank Kafka)
La conversión del Papa
Los vendedores de imposibles.

Giovanni Papini falleció el día 8 de julio de 1956, después de pasar tres años de su vida ciego del todo y con buena parte de su cuerpo completamente inutilizada. Fue uno de los escritores más leídos y más combativos de nuestro tiempo. Aquí, una parte de su bibliografía: El crepúsculo de los filósofos, su primer libro, publicado en 1906, cuando apenas tenía veinticinco años; Lo trágico cotidiano, antes de finalizar ese mismo año, y El piloto ciego, en 1907. Un hombre acabado, 1913; Bufonadas, 1916; El hombre Carducci, Días de fiesta y Testimonios, los tres en 1918.
Diccionario del hombre salvaje, 1923; A pan y vino, en 1930, Retratos italianos, 1932, y Dante vivo, en 1933. Figuras humanas, 1940, Exposición personal, 1941; Cielo y tierra, 1943.
Cuando escribió Cartas a los hombres del Papa Celestino VI y preparaba Vida de Miguel Ángel, apenas veía, y afirmaba ya que los géneros literarios estaban todos en decadencia. Proseguía trabajando en su novela póstuma: El juicio final, que fue publicada después de su muerte, y antes, escribió El diablo, en 1953. Otro de sus libros registrado en las postrimerías de su vida fue: Pasado remoto.

B. Miosi

jueves 19 de noviembre de 2009

Un regalo maravilloso de Sergio Astorga:

Sergio Astorga del blog Antojos me ha obsequiado una pintura maravillosa. Y como suele hacer, acompaña su pincel de su pluma, con un poema que significa mucho para mí. La cabecera de este blog luce con orgullo su precioso dibujo. ¡Gracias, Sergio!

Para Blanca Miosi:

En algún árbol se encuentra la tibieza,
las flores rompen sus capullos
y el estanque, agua día, gotea.

Nada vuelve y permanece.

Los rostros se vacían en el gesto
y la nube de palabras crece y cae
como de lluvia en ausencia.

Viracocha se incendia sin quemarse.

La piedra imagina su erosión a la sombra del puente
y el mundo es una blanca mirada.

Se desvanece el olor colgante.

La casa respira al viento,
la semilla madura al sol
y el verde mece con tacto la hoja.

La perpetuidad en la montaña duerme.

Sergio Astorga
Tinta/plumín 20 x 30 cm.
18/11/2009

lunes 9 de noviembre de 2009

Oscar Wilde, humano, antes que escritor

Oscar Fingal O’Flahertie Willes Wide, nació a mediados del siglo XIX. Fue el máximo representante de la tendencia esteticista inglesa, que en esencia consiste en el culto a la belleza. La revolución industrial llevó a Inglaterra a la par que la civilización mecánica, a una existencia miserable. ¿Por qué digo esto? Porque debido a ella en el espacio de cincuenta años el pueblo inglés se vio reducido a un trabajo esclavizante al tiempo que la clase burguesa, práctica y utilitaria, ávida de dinero y de poder político, se elevaba: Nuevos ricos que aún no tenían el gusto formado, se mandaban fabricar obras de arte y objetos carentes de belleza. Aparecieron entonces jóvenes que frente a la fealdad reinante, se refugiaron en el culto a la belleza, llegando a odiar incluso a su propio país y a su propia época.

A esta corriente perteneció Oscar Wilde. Desde muy joven sintió afición por las extravagancias, aunque su madre parece ser la iniciadora de sus gustos infantiles, pues acostumbraba vestirlo de niña durante su niñez, aceptando un comportamiento acorde a su vestimenta, claro. Tal vez haya sido el inicio de su homosexualidad, la que se manifestó a lo largo de su vida y que lo llevó a prisión y trabajos forzados por un período de dos años, demandado por el padre del joven lord Alfred Douglas, de 21 años. Wilde contaba entonces 38. Acabó destrozado moral y físicamente, su domicilio fue saqueado, se perdieron sus manuscritos, sus obras se retiraron de los carteles, se prohibió la venta de sus libros y terminó su brillante carrera literaria.

Me estoy refiriendo a la vida privada de Oscar Wilde porque está íntimamente ligada a su obra como escritor. En su obra hace referencia constante al hedonismo, el cual formaba parte intrínseca de su vida, y al culto a la belleza. Su primer libro fue publicado cuando tenía 27 años: Poemas de Oscar Wilde. Sin embargo, un tema que se repite en sus obras es la paradoja, así como la extrema ironía. Y después de haber leído su biografía no puedo dejar de reconocer que también su inteligencia formaba parte del triángulo que lo llevó a la fama como rompedor de moldes de su época. Ganó premios y becas de estudio, recorrió los Estados Unidos dictando conferencias acerca del esteticismo que tan bien representaba con sus modelos originales, y su desmesurada extravagancia.

Wilde consideraba que solo el placer merecía que se le consagrase una teoría, y que la vida de los sentidos estaba indisolublemente ligada a la de la inteligencia. Afirmaba que «nada puede curar el alma más que los sentidos, como nada podría curar los sentidos mejor que el alma», tal como pone en boca de Lord Henry en su famosa novela El retrato de Dorian Gray.

Otra de sus frases célebres: «En literatura no existirán libros morales o inmorales, sino simplemente libros bien o mal escritos»

Acabo de leer la única novela que escribió: El retrato de Dorian Gray. Y estoy completamente de acuerdo. Es una obra donde se refleja la maldad y la perversión, uno se puede imaginar a partir de un lenguaje estéticamente bello e imágenes diáfanas y bien logradas, cada acción llevada a cabo por Dorian Gray, y sin embargo no hay una sola línea, ni una sola palabra que transgreda lo que en aquella época se cuidaba con hipócrita esmero: la moral. Me asombra enterarme que el libro causó enorme revuelo por los conceptos que irónicamente supo exponer de manera brillante. No existe sexo explícito, no hay referencia a alguna caricia más allá de un beso juvenil del bello Dorian a la jovencita Sibila, en una relación de amor platónico que la lleva a al suicidio. El libro está impregnado de frases brillantes y de momentos diabólicamente bien camuflados. También he notado su misoginismo en casi toda su obra, por ejemplo, en esta parte, cuando Lord Henry, una especie de Mefistófeles, dice:

—No se volverá a casar nunca, Lady Narborough —interrumpió Lord Henry—. Ha sido usted demasiado feliz antes. Cuando una mujer se vuelve a casar es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre se vuelve a casar es porque adoraba a su primera esposa. Las mujeres prueban suerte. Los hombres arriesgan la suya.

Y su particular modo de ver la belleza femenina, y la fina ironía con la que sabía envolver sus diálogos:

—¿Es bonita?
—Se comporta como si lo fuese. Muchas americanas lo hacen así. Es el secreto de su encanto.
—¿Por qué esas americanas no se quedan en su país? Nos están diciendo siempre que aquello es el paraíso de las mujeres.
—Y lo es. Esa es la razón por la cual, como Eva, tienen tan enorme impaciencia por salir de él.

Oscar Wilde murió a la edad de 48 años en París, donde vivió el resto de sus días execrado por la mayoría de los literatos ingleses de su época, bajo el nombre de Sebastián Melmoth. Hoy sus restos reposan en la Abadía de Westminster, al lado de los de William Shakespeare, Isaac Newton y Charles Darwin. Este último también atacado duramente por su famosa teoría de la evolución planteada en su libro El origen de las especies.

Algunas de sus frases famosas:

Experiencia es el nombre que cada uno da a sus propios errores.

¿Qué es un cínico? Una persona que conoce el precio de todo y el valor de nada.

Su obra teatral de más éxito: La importancia de llamarse Ernesto.

Cuentos: El crimen de lord Arthur Saville, El modelo millonario, El fantasma de Canterville, La esfinge sin secreto, El retrato de mister W. H., El príncipe feliz, El amigo fiel, El gigante egoísta, El famoso cohete, El ruiseñor y la rosa, El joven rey, El cumpleaños de la infanta, el pescador y su alma, el niño astro.

Cuentos apócrifos: La piel de naranja, Old Bishop’s, Ego te Absolvo. (Aparecieron en una revista americana con el nombre de Wilde después de su muerte, y no se ha encontrado bibliografía alguna)

B. Miosi

sábado 7 de noviembre de 2009

Una charla con Cristina Puig


Esta vez he sido yo la entrevistada, y por una querida amiga que conocí a través de los blogs y de una persona a la que estimo mucho: Joana Pol, actualmente editora de Mallorca Fantástica.


Los invito a pasar por el blog de Cristina: La Reina Oscura Meila

Y podrán conocer un poquito de lo que hago. Les prometo que no es muy largo, y como siempre digo, cada entrevista es diferente de cualquier otra que me hayan hecho antes.


Desde aquí doy las gracias a Cristina Puig, autora de varias novelas y cuentos, pintora, y toda una artista, además: hermosa.


Un beso a todos!


Blanca

martes 3 de noviembre de 2009

Entre dos aguas, Blanca Miosi


De chica, cuando pasaba temporadas en San Pedro de Mala en casa de mi padre, debía comportarme como una japonesa, y eso incluía: comer, vestir, actuar, estudiar y hasta sentir diferente. Trataba de imitar a mis hermanas, hijas de su primer matrimonio. A los japoneses no les gusta demostrar sus sentimientos, esconden tras una sonrisa algunas veces sardónica, la frustración o la tristeza; para ellos es mal visto llorar o demostrar debilidad ante los demás. Tal vez ahora sea diferente, pero en aquel tiempo yo lo percibía así.


Recuerdo que cuando tenía cinco años, en cierta ocasión me hice un corte en un dedo con una hojilla de rasurar, y una de mis hermanas mayores me dijo: «¡Ah... no lloras!... Eres valiente». Creo que fue el único cumplido que recibí de ella. Tampoco se nos permitía hacer alarde de nuestro conocimiento o de nuestros bienes, así como de nuestras carencias.


En la escuela, los japoneses siempre ocupaban los primeros lugares; el único punto que no importaba que cumpliera a cabalidad, porque yo, por mis rasgos, era considerada por ellos como peruana. El problema se presentaba cuando estudiaba en Lima, allí, por la misma causa, era considerada japonesa, y debía esforzarme siempre por ser una magnífica alumna.


De mi abuela, lo que más recuerdo es que le gustaba abrir la puerta de nuestro dormitorio y preguntar en japonés: ¿Nan shoto, bacatare?, que es como fonéticamente lo evoco. Quiere decir: ¿Qué hacen, malcriadas?, o algo por el estilo. Kioko y yo, sabíamos cuándo ella se acercaba, por su forma peculiar de arrastrar las sayonaras, y solo esperábamos el momento para desternillarnos de risa. Kioko era pequeña, de rostro redondo y rosado, y tenía el cabello cortado como si le hubiesen puesto como molde un tazón en la cabeza. Yo, en cambio, tenía largas trenzas, por ese motivo, los japoneses me decían chola. Lo extraño de esto, es que cuando vivía con mamá, me decían china, aunque fuese japonesa, pero a nadie parecía importarle. Nunca encontré mi lugar apropiado. Aún hoy, vivo en un país que no es el mío, y a veces siento que estoy en el lugar equivocado.


Pero volviendo al pequeño pueblo llamado San Pedro de Mala, que es donde vivía papá, y donde todo tenía ese nombre, nunca olvidaré las tardes en las que junto a Kioko correteaba por los muros de barro seco, ni cuando íbamos al mar y recogíamos gran cantidad de muy-muyes, unos cangrejos en miniatura que llevábamos a casa, con los que la abuela hacía sus extraños preparados culinarios. Fue en Mala, a los nueve años, cuando tomé gusto por la lectura. Un día, hurgando debajo de la cama de papá, encontré un fabuloso tesoro: una caja llena de libros. Había desde novelas de vaqueros, hasta magníficas novelas de Alejandro Dumás, Julio Verne, Emilio Salgari, Edgar Allan Poe, Agatha Christie. Yo siempre vi a papá leer después de almuerzo echado en su cama, lo que no sabía era de dónde sacaba los libros. A partir de ese día, no me importó más el dilema de saber si estaba o no en el lugar correcto.


Me enfrasqué tanto en la lectura que ni siquiera Kioko lograba alejarme de los libros. Recuerdo ahora, que gané el concurso de narración en el colegio: escribí el trabajo de mi hermana, y también el mío. Ella ganó el primer lugar, y yo el segundo. Hace ya muchos años perdí el contacto con Kioko, sé que está viviendo en alguna ciudad de Japón. De aquella familia y de aquel pueblo, sólo ella queda en mis recuerdos como un cálido soplo en el corazón, la única que compartía mis secretos y, a la que creo yo, enseñé también a vivir entre dos aguas. De mí, ella aprendió a llorar, y de ella, yo aprendí a permanecer imperturbable.


B. Miosi

viernes 30 de octubre de 2009

Un regalo:

INTRÉPIDO VIENTO CONSOLADOR

Le pregunté al aire, si me oía sollozar, cómplice delator, auguró que sí,
valiente cobarde que disimula, ¡que nadie goce un sufrir!
¡Hay suspiros que os guardo cual tesoro!
Como un loco, y me muero sin vivir, pero no concibo que otras almas,
disfruten mi penar y vivir. Orgullo inmenso, desquiciado,
y que altiva me sostiene en pie, aunque siento mi corazón raspado,
gime, ciento una vez. Intrépida alzo mi cabeza,
¡no me amedrentarás! Aunque no distinga lo que me ciega,
¿quieres por presa mi voluntad? A golpes de lengua me moldearon,
mancillaron mi espíritu sin más, lo que perdí… no lo doy por malo,
y resisto, ¡más! ¡Más! De nuevo resurgida, fulgurante,
canto risueña sin tropezar. Mi madurez,
me hace ¡gloriosa! La experiencia…, recapacitar,
Intrépido viento que consuelas, a mi alma en agónica voz,
y con tus embates me meces en la penumbra,
aunque de frío me hieles, corazón.


Dedicado a Blanca con mucho cariño de Arlette Geneve


Arlette es escritora, ha publicado cinco novelas: Embrujo seductor, La última cita, Mil y una noches de amor, Waterfallcastle y Las espinas del amor. En enero 2010, saldrá El carcelero de Isbiliya, novela que quedó finalista en el Premio Planeta 2008.


¡Gracias, amiga!

sábado 17 de octubre de 2009

PARAÍSO, B. Miosi

Sentado frente a la ventana, Pedro divisaba con insistencia enfermiza el horizonte. Un camino que se perdía tras las colinas por el que rara vez pasaba un vehículo. El único que llegaba de vez en cuando al pueblo era el que recogía la cosecha de boniato. Los habitantes lo llamaban caserío: el Caserío del Río. Un nombre inventado por Dios sabe quién. Lo cierto era que el río quedaba bastante lejos, y el agua la traían desde allá por una acequia que cruzaba por el centro de las cuatro casas sirviendo de agua y desagüe al mismo tiempo, y cada cual se las apañaba como mejor pudiera para su uso.


Se puso de pie y dejó la ventana, sería otro día más en el que ella no regresaría. Caminó tirando de su vieja mula con pasos lentos y la cabeza gacha. Tantos años siguiendo la misma rutina que los demás ya ni caso le hacían. Había pasado a formar parte del caserío como la acequia o las cochineras. Casi arrastrando los pies se adentró en el bosque, pensando en el tiempo transcurrido. Ella le dijo que volvería y aún no lo había hecho, ¿por qué prometería algo así?, ya ni recordaba bien su rostro. Sólo sensaciones. La suavidad de su piel trigueña, el olor de sus cabellos que se agitaban al viento como el velo de una novia, las florecillas alrededor de su frente; el sonido de las panderetas. Y sus palabras... «Algún día estaremos juntos, mi cielo, debo ir a arreglar unos asuntos, y cuando deje todo en orden regresaré, mi vida.» Y se había ido con el resto de las muchachas que formaban el sainete que pasó por allí hacía tantos años, cuando el caserío tenía quince casas y parecía que seguiría creciendo, pero que después de la malaria se redujo a como era ahora, casi un pueblo fantasma.


Tropezó con una piedra y el trastabillón le hizo llorar. No por el dolor causado en uno de los dedos de sus pies descalzos, ni por la astilla que se clavó en su otro pie. Lloró porque entendía que era un inútil, una piltrafa, un bueno para nada. Porque sospechaba que durante toda su vida se había aferrado a una esperanza ilusa, y que los demás, que no eran mejores que él, lo miraban compasivamente. Incluyendo a su mula, que a través de su vieja mirada de pestañas blancas parecía cómplice de su tristeza. Lloró por estar en ese caserío inmundo, donde todo tenía olor a cloaca y de donde nunca decidió apartarse por esperarla. Pero él sabía que fue un pretexto para no hacer nada, y que había desperdiciado su vida, y que siempre culpó a una mujer que ni se acordaría de su existencia. Ya no tenía memoria de la última vez que fue tratado amablemente. Sólo ella, que lo llevó detrás de las tiendas y le acarició el rostro. Sólo ella, que con un beso en la boca selló su amor y él pensó que ya no había nada mejor que aquello, hasta que la vio quitarse la blusa y ofrecerle su cuerpo.


Se dobló por la fuerte punzada en el pecho, mientras las lágrimas buscaban camino por su rostro curtido de otear el horizonte. Siempre supo la verdad, pero se aferró a su mentira. Agachado, no reparó en una sombra lejana que por momentos cubría la luz del sol que se colaba entre los árboles. Estaba concentrado en acomodar el nudo que últimamente había hecho correr tantas veces, pues en ello le iba la vida. Se limpió la humedad de sus ojos de un manotazo, y con la dificultad que acarreaban sus años, logró lanzar la cuerda y pasarla al otro lado de la rama generosa del árbol que tantas veces acariciara, como ella lo hiciera el lejano día en que por primera vez escuchó los gemidos que quedaron grabados en su alma. Un árbol fuerte, que parecía darle la bienvenida con sus brazos abiertos. Puso la cuerda alrededor de su cuello y azotó con el látigo a la vieja mula que por primera vez se comportó a la altura, pegando un fuerte salto para lanzarse a la carrera, con tan mala suerte que el cuerpo colgado del árbol se lo impidió.


La figura que se acercaba lentamente, titubeante, indecisa, como cuando no se sabe qué hacer ni qué decir en un momento crucial, corrió los últimos metros al percatarse que lo que sus ojos cansados no habían sabido apreciar, era un hombre colgado de un árbol. Haló a la mula que, terca, no quiso moverse ni un centímetro hacia atrás. Se arrodilló, desesperada alzó la vista y gritó: «Pedrito, he vuelto, lo hice por ti». Pedro clavó su mirada en ella con la sombra de la muerte velándole los ojos.

Reconoció en la anciana a la gitana de los besos de fuego, y supo que finalmente había tomado la decisión correcta, sonrió satisfecho, había llegado al paraíso.

B. Miosi

lunes 12 de octubre de 2009

Hace dos años...


Hace dos años, cuando aún no había publicado mi primera novela, no sabía a lo que me enfrentaba. Hasta ese momento mi única preocupación consistía en escribir. Había empezado ocho años atrás sin intenciones de publicar, como pienso que lo debe hacer la mayoría de aficionados. Mi novela El pacto fue una coedición regalo de mi esposo, pues según él la novela le había encantado, y al ver un anuncio en una revista: «¿Quiere publicar su manuscrito?» Pensó que sería buena idea ver mi novela en forma de libro.

Después de aquella experiencia y de varias novelas escritas, empecé a averiguar, y comprendí que para ser considerada una escritora debía pasar por la criba de una editorial regular, de aquellas que no cobran por editar. Consulté el directorio telefónico y me fijé en la Editorial Alfaguara; quedaba cerca de mi lugar de trabajo y más por ese motivo que por cualquier otro les llevé mi segunda novela: «La búsqueda».

Casi un mes después llamé por teléfono y la Directora de Publicaciones para Adultos dijo que deseaba hablar conmigo. Fui a la hora acordada con toda la ilusión del mundo, y en efecto, me atendió con gentileza, fue tan amable, que me dijo que mi novela les había interesado, pero que necesitaba que le hiciera algunos arreglos:

«Blanca, la historia es muy interesante, y voy a hacer algo que no se acostumbra: te entrego la carta de los evaluadores (que fueron dos); sé que es un poco contradictoria, pero léela y toma en cuenta sus indicaciones, pues valen la pena».

¿Y cuáles fueron aquellas sugerencias?

Básicamente la carta decía que la novela era interesante desde el principio hasta el final, pero que la autora (o sea yo), carecía del conocimiento de la lengua castellana. Que parecía que la novela hubiera sido escrita por una persona cuya lengua materna no era el español, que abusaba de la falta de sintaxis, y que algunas ideas carecían de concordancia. La carta también se refería a que yo era una narradora omnisciente, que todo lo sabía, que todo lo explicaba, y que el libro estaba plagado de mis opiniones. Sin embargo, que si lograba corregir estos errores, ellos se inclinaban por aconsejar su publicación, porque la historia era original, convincente y comercial.

Como podrán suponer, yo me sentía entre el cielo y la tierra. De aquello hace ya cinco años.

Me propuse cultivarme. Debía aprender a escribir, a expresar exactamente lo que deseaba que el lector comprendiera, a dejar de explicar todo como si lo que yo escribiese estuviera dirigido a un público retrasado mental. Comprendí que existe una técnica, y que sin ella, tendría muy poca, por no decir ninguna posibilidad de publicar. Así, rescribí la novela tres veces. En la última adopté el modo de primera persona, porque me pareció que podría darle mayor contundencia al personaje principal.
Soy una persona que trabaja tiempo completo, la escritura para mí era y sigue siendo una pasión, pero al fin y al cabo un hobby. No vivo de ella y creo que estoy lejos de hacerlo, de manera que asistir a cursos literarios era para mí bastante dificultoso, además de oneroso.

Indagué en Internet y encontré esos sitios maravillosos llamados Foros Literarios. Recuerdo que llegué a Bibliotecas Virtuales y me di con la sorpresa de saber que había muchos otros que al igual que yo, estaban en el mismo camino y con las mismas inquietudes, aunque reconozco que mis conocimientos eran inferiores. Empecé a escribir cuentos, para poder participar y ser comentada por aquellos que más sabían, y fue así que aprendí a “leer”.

Ya he comentado en anteriores entradas que fue gracias a una persona que conocí en Bibliotecas Virtuales, que accedió a leer la última versión de mi manuscrito que logré aprender a escribir con cierta propiedad. Fue un año dedicado a la corrección de La búsqueda, un trabajo arduo en todo sentido, pero al mismo tiempo placentero, pues poco a poco veía que mi novela cobraba forma, empezaba a tener estilo, sus páginas se iban embelleciendo, al tiempo que yo iba creciendo como escritora.

Al finalizar, sabía mucho más acerca del mundo editorial. En Venezuela hay varias representantes de editoriales conocidas, como Ediciones B, Alfaguara, Norma, Planeta, pero el mercado es exiguo. Fue el motivo por el que decidí incursionar en el mercado español. No me arrepiento haberlo hecho, pues para cualquier escritor empezar en España es todo un reto.

Todo fue relativamente sencillo: Presenté la novela a Editorial Roca en abril de 2007 y en un lapso de quince días tenía respuesta afirmativa. Finalmente La búsqueda se publicó en enero de 2008.

Durante los años 2007 y 2008 corregí mi siguiente novela: El legado. Ya tenía las herramientas necesarias para hacerlo; había aprendido con La búsqueda, y sabía, además, que debía hacer un esfuerzo por superarla. No sé si lo logré, pero creo que el resultado fue bastante atractivo, pues conseguí que me representase una agencia literaria. Gracias a ella El legado está actualmente en librerías, editada por la Editorial Viceversa, y ambas novelas en camino a la Feria del Libro de Francfort, en busca de otras oportunidades. No quiero hacerme muchas expectativas, pues sé que la competencia es muy dura, y yo apenas estoy incursionando en el mundo editorial. Y como siempre digo: un paso a la vez, pero en la dirección correcta.

¿Por qué he dedicado esta entrada a mis inicios?

Desde que incursiono en Internet, y más ahora que llevo este blog, he conocido a personas maravillosas, que como yo, tienen deseos de publicar. Algunos ya lo han hecho; otros están en camino de hacerlo, pero también hay quienes encuentran más escollos, y a veces hasta percibo cierto desánimo en sus palabras. Para estos últimos va lo siguiente:

Publicar no es imposible. Solo hay que tomar en cuenta tres puntos:

Tener una historia original, esté o no en boga. Me refiero a que algunos escritores temen ser repetitivos porque están en el mercado muchos temas similares al que han escrito. Siempre se puede escribir desde otro punto de vista. Si yo hubiese pensado que ya se ha hablado demasiado de los campos de concentración nazis, jamás hubiese escrito La búsqueda. Se debe creer en lo que se escribe, y buscar la manera más original de hacerlo.

Escribir es un placer. Creo que es un error hacerlo pensando en publicar. Se debe entregar el alma en la obra que estemos haciendo, que cada línea, que cada diálogo, signifique para nosotros una parte de nuestra vida. El que no se emociona cuando escribe, no lo está haciendo a conciencia.

Y el punto más importante: Aprender la técnica. Sin ella no tenemos nada. Se puede escribir una novela de cuatrocientas páginas en cinco meses, pero para que sea digna de ser publicada, el proceso de corrección debe durar el tiempo necesario hasta que nos sintamos convencidos de que la obra esté lista.

Es el respeto que le debemos a las editoriales que arriesgarán su tiempo y dinero en apostar por nosotros, porque con la publicación no termina todo. A partir de allí empieza una etapa en la que entran en juego otros factores que escapan a nuestro esfuerzo. Como me dijo sabiamente mi querida amiga Maribel Romero: “Las obras comienzan a caminar en el mismo instante que pisan una librería, y encuentran su espacio y saben defenderse solas.”

Espero que mis libros contengan un poco de la sangre que corre por mis venas y sepan por alguno de mis ancestros algo de Jiu-Jiutso, para que puedan defenderse.

Y también que esta entrada haya servido de inspiración para los que deseen ir tras su sueño de publicar: es posible, y si yo lo hice, con mayor razón, ustedes también pueden.

B. Miosi

sábado 3 de octubre de 2009

Antón Chéjov, maestro de los cuentos


Antón Pávlovich Chéjov nació en 1860 en Tangarog, una ciudad a orillas del mar de Azov, donde su padre tenía una tienda de ultramarinos. Su abuelo, que había sido un siervo que logró rescatar su libertad, se apellidaba Chej. A partir de allí el apellido primitivo de la familia se convirtió en Chéjov.

¿Por qué hablo hoy de Chéjov? En realidad tenía que hacerlo desde hace un tiempo.

Los consejos de grandes escritores siempre me remitían a Chéjov: «Lea a Chéjov», era la clave, y aunque yo había leído un par de sus cuentos en
Ciudad Seva, (donde pueden encontrar una veintena de sus cuentos) no lograba dilucidar en qué consistía la perfección de su arte.

Un buen día buscando algo qué leer, me topé con un pequeño libro; pertenecía a una colección de grandes cuentistas, editada por Salvat. Fue una agradable sorpresa conseguir de esa manera los cuentos extraordinarios de Poe, de Bécker y por supuesto, de Chéjov.

Tras un prólogo interesantísimo por medio del cual me enteré un poco acerca de su peculiar vida, leí sus cuentos, no todos, pero creo que los más característicos de su pluma:

La sala número seis, Vecinos, Un asesinato, Ladrones, Cirugía, Kashtanka, La boticaria, Una corista, Zinochka, el camaleón, entre otros. Me perdonan si no pongo los enlaces, pero extraje los títulos del libro, publicado en 1970. Una verdadera delicia.

Se dice de sus cuentos que son pequeñas estampas magistrales de las clases medias y bajas. Y tienen razón lo que así lo afirman. Chéjov fue un maestro de la brevedad: el arte de decir muchas cosas con pocas palabras. Y eso aunque entonces le pagaban por línea —hablo de la época en la que él tenía veintidós años, en 1882— ocho kópeks que luego subieron a doce. Para él la concreción del relato era tan indispensable como la sencillez del estilo: exacto y breve. Empezó a escribir sus relatos a los diecinueve años cuando llegó a Moscú y se matriculó en la Facultad de Medicina; un género poco aceptado en la actualidad entre las editoriales españolas y que sin embargo grandes autores como Kafka, Gustavo Adolfo Bécker, Isaac Bashevis Singer, Hemingway, Raymond Carver, Stephen King, por mencionar unos pocos, llevaron adelante con indiscutible talento.

Volviendo a Chejov, en gran medida a él se debe el relato moderno en el que el efecto depende más del estado de ánimo y del simbolismo que del argumento. Sus narraciones, más que tener un clímax y una resolución, son una disposición temática de impresiones e ideas. Por medio de temas de la vida cotidiana, retrató los caracteres de la vida rusa anterior a la revolución de 1905: las vidas inútiles, tediosas, solitarias y decadentes.

Uno de los cuentos que más me impresionó fue La sala número seis, en realidad una novela corta, pues consta de cincuenta y dos páginas.
El argumento es sencillo: En una pequeña ciudad apartada del resto del mundo hay un hospital al frente del cual se encuentra el doctor Andrei Efímich. En él los enfermos están abandonados, reina la suciedad y la gente desaprensiva hace su agosto. El director Efímich que al principio había tratado de cambiar las cosas, no tardó en convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos. Al chocar con la indiferencia general llegó a la conclusión de que la existencia de semejante hospital era una inmoralidad que él no podía corregir. Se recluyó en sí mismo, en su despacho, en sus libros de historia y filosofía y en la cerveza y el vodka. Y sus frecuentes visitas a la sala número seis. Se hizo tan amigo de un loco que la conversación con él se convirtió cada vez en una necesidad más imperiosa, pues era el único con quien podía tratar de materias elevadas en aquel hospital. Estas visitas lo hacen sospechoso. Su suplente, un individuo sin escrúpulos que ambiciona reemplazarle en la dirección del hospital hace correr la voz de que Andrei Efímich está loco y lo encierra en la sala número seis.

El cuento, que es toda una filosofía de vida, está narrado de manera descarnada con el estilo simple y llano pero impecable de Chéjov. ¿Cómo terminó el director del hospital siendo uno más de los pacientes? Es un pasaje realmente digno de leerse:

“Andrei Efímich lo comprendió todo; sin decir una palabra se trasladó al camastro que Nikita le indicaba y se sentó en él. Al ver que el guardián seguía ante él esperándolo, se desnudó por completo y le invadió una sensación de vergüenza. Luego se puso la ropa del hospital; los calzoncillos le estaban cortos, y la camisa, larga; la bata olía a pescado ahumado.
—Dios querrá que recobre la salud —repitió Nikita.

Recogió la ropa de Andrei Efímich, salió y cerró la puerta tras él.

«Es lo mismo... —pensó Andrei Efímich, envolviéndose avergonzado en la bata y advirtiendo que con su nueva indumentaria ofrecía el aspecto de un preso—. Es lo mismo... Da igual un frac que un uniforme o que esta bata...»

Pero ¿y el reloj? ¿Y el cuaderno de notas que guardaba en el bolsillo? ¿Y los cigarrillos? ¿Qué había hecho Nikita con la ropa? Ahora, probablemente no volvería a ponerse un pantalón, un chaleco ni unas botas. Todo esto le parecía tan extraño y hasta incomprensible en un primer momento. Andrei Efímich seguía convencido de que entre la casa de la Vielova y la sala número seis no había diferencia alguna, que en este mundo todo era un absurdo, vanidad de vanidades; pero las manos le temblaban, los pies se le quedaban fríos y le producía horror pensar que Iván Dmitrich se levantaría pronto y le vería con semejante bata. Se puso en pie, dio unas vueltas y se sentó de nuevo.

Así estuvo media hora, una hora. Aquello le cansaba hasta producirle una sensación de angustia. ¿Sería posible pasar allí un día, una semana, incluso años, como aquella gente? Siguió sentado, se levantó de nuevo para dar un paseo y volvió a sentarse. Podía acercarse a la ventana y reemprender sus paseos de un rincón a otro. ¿Y después? ¿Seguir allí eternamente, como una estatua, y pensar? No. Apenas sería posible.

Andrei Efímich se tendió en la cama, pero inmediatamente se puso en pie, se limpió con la manga el sudor frío de la frente y notó que toda la cara le olía a pescado ahumado. De nuevo volvió a sus paseos.
—Aquí hay un malentendido... —articuló, abriendo perplejo los brazos—. Hay que poner en claro las cosas, se trata de una confusión...”

Pero no les voy a revelar el final, lo puse como un abrebocas, para los que se interesan en la narrativa corta. Tal vez por medio de la utilísima Internet puedan conseguir ésta y otras de sus obras.

Chéjov murió a los cuarenta y cuatro años, el 2 de julio de 1904 en el balneario alemán de Banderweiler, adonde había llegado en un intento de combatir la tuberculosis, en aquella época una enfermedad incurable, que minaba su organismo desde mucho tiempo atrás.

B. Miosi

miércoles 30 de septiembre de 2009

Y para terminar con el asunto...

Un autor que ha escrito cerca de setenta novelas y no por ello se le ha subido el humo a la cabeza, me enseñó a ser humilde. Y creo que es lo que necesitamos todos los que empezamos este duro camino que es escribir. En una entrevista que le hizo Antonio G. Iturbe hace ya algún tiempo, Alberto Vázquez Figueroa respondió a esta pregunta:

¿Y tú qué tal te llevas con los intelectuales? ¿O no te llevas?


Había un crítico que era el Papa Upa de las críticas, que se llamaba Leopoldo Azancot. Una vez vi un libro de él y lo compré. Empiezo a leerlo y en la página diecisiete dice: "Y en el silencio de la noche del pueblo del desierto, tan solo se escuchaba el resonar de los cascos de los camellos sobre el empedrado de la calle". Un momento. En primer lugar, ¿una calle del desierto empedrada?, la arena en dos minutos la habrá cubierto, pero bueno. Y segundo y principal, "los cascos de los camellos"... ¡Este tío no ha visto un camello en su vida! Ni siquiera se ha molestado en ir al zoológico a ver que los camellos tienen unas patas blandas y almohadilladas para no hundirse en la arena. "Los cascos de los camellos"... ¡tócate los cojones! Sigo adelante y dice: "En el fondo de una de las cestas que el camello llevaba a cada lado estaba escondida Fátima la cautiva". Joder, Fátima la cautiva debía de ser de ochenta centímetros, porque un camello lo máximo que puede llevar, yendo muy jodido, son treinta o cuarenta kilos a cada lado. ¡Me cago en la madre que lo parió! ¿Qué era, una mezcla de camello y elefante? Así que pensé, mira, el mejor crítico de España que se vaya muy lejos a escribir novelas y a criticar. Cuando tienes mi edad hay un momento en que llegas a la conclusión de que lo mejor es pasar de todo. Tú sabes quién eres. Yo soy así, que te gusta, pues bien. Que no te gusta, pues me da igual.

Creo que todos los que en algún momento hemos tenido la gran oportunidad de publicar pasaremos por la criba de los críticos, pseudocríticos, y lectores comunes y silvestres, a todos ellos debemos estar agradecidos porque se tomaron el trabajo de leer y desmenuzar nuestra obra, y el resultado, nos guste o no tendremos que aceptarlo. A mí las críticas a mis manuscritos me han ayudado a crecer. Y por qué no, también la de los únicos dos libros que he publicado hasta ahora. Sin embargo, cuando leo algo como lo que está escrito arriba, no puedo menos que sonreír, pues tiene mucho de verdad.

Consecuencia de mis dos entradas anteriores he recibido algunas respuestas privadas, las cuales agradezco de todo corazón, los que han preferido mantenerse al margen, los comprendo perfectamente. Hay muchos que tienen el afán de publicar y no desean desde ya verse involucrados con las herramientas que más adelante les podrían servir de plataforma.

Para todos, vaya un abrazo y creo que mi próxima entrada se la dedicaré a Chejov.

B. Miosi


P.D. Acabo de recibir esta linda sorpresa. Aquí Por favor, no empiecen a decir que sólo me gustan las buenas críticas, ¡ me fascinan! pero también acepto las malas, no con la misma felicidad, por supuesto, pero las acepto. Espero que leyendo esto puedan conocerme un poco más como persona. ¡Gracias, Conchi!