miércoles, 22 de diciembre de 2010

De un personaje de novela y de un coche roncador

El erróneo concepto de «amor verdadero» nos acompaña desde que tenemos uso de palabra.  Y no digo uso de razón, que si la tuviéramos con seguridad no diríamos semejante barrabasada, porque: ¿Qué amor no es verdadero? Al menos, es verdadero hasta que se demuestra lo contrario.  En algún momento de nuestras vidas, casi todos, y no digo todos porque hay quienes tal vez no hayan experimentado ese sentimiento que hace que se encoja el estómago cuando pensamos en la otra persona; aunque bien podría ser que el sentimiento se extienda hacia algunos objetos, ¿por qué no?, se me acaba de ocurrir. Un coche, por ejemplo. ¡Ah! Yo sí tuve amor por mi Mustang Fastback Mach I.  De un color verde metalizado, de asientos que casi llegaban al suelo, de su sonido poderoso, potente; un motor de trescientos sesenta centímetros cúbicos, ocho cilindros en V y doble tubo de escape.  Rugía como un león cuando está contento, o mejor debería decir «ronroneaba», aunque los vecinos no estuviesen muy de acuerdo conmigo.  El término exacto sería, como decía mi recordado Henry: «roncaba».  Sí, señor.  Mira, Blanca, de cero a 140 kilómetros por hora en diez segundos, y yo chillaba de alegría, eran épocas en las que no conocía el miedo.

El claxon no era el original, sino el de la película «Il sorpasso», con Vittorio Gasman, algo así como un bufido, escandaloso como el mismo ronquido. Otro aporte de mi querido Henry, más conocido en Polonia como Waldek, y a nivel universal y literario como Waldek Grodek.  El coche primero le perteneció a él.  Después, cuando sentó cabeza —tenía ya unos cincuenta y tres años—, me lo pasó a mí, pero no me lo obsequió, no. Él siempre decía que las cosas se apreciaban más cuando uno pagaba por ellas, y aunque yo no estaba totalmente de acuerdo, asentí con fervor, porque las facilidades eran extremas y me moría por poner mi pie en el acelerador del Mustang. Él se compró un Chevrolet Montecarlo, más acorde con su apariencia de muchacho maduro, y yo empecé a gozar de la vertiginosa velocidad de uno de mis «amores verdaderos».  Tiempo ha pasado ya. ¿Veinte años?, no.  ¿Veinticinco? ¿Treinta? Más, Blanca, por favor, si desde entonces has renunciado a tu trabajo, has abierto un taller de alta costura, has escrito varias novelas ¡y hasta tienes agente literario…! Cierto, Waldek.

Hoy, un día de diciembre del año 2010, me encuentro en una situación completamente diferente.  Ya no más autos roncadores.  Ahora prefiero el silencio. He descubierto que me gusta estar acompañada de música, y si es sinfónica, mejor. He empezado a apreciar la ópera y eso sí: jamás he dejado de leer.  Mi biblioteca ya no tiene espacio donde colocar más libros y estoy pensando seriamente en transformar una pared de mi sala en otra biblioteca. Y es que soy una señora de sesenta años cumplidos —muchos dicen que no los aparento, pero son todos míos—, que requiere de un deporte más apacible que andar en un Mustang cortando el viento. Viejo amor que se fue hace años y no está más conmigo. Tampoco hoy está conmigo mi querido Henry.  Se fue. Hay quienes piensan que a un lugar donde se van todos los buenos, los valientes, los héroes… porque Henry era un héroe, literalmente.  Tenía una medalla de plata otorgada por el mismísimo ejército de los Estados Unidos de América, y no por haber combatido en la guerra de Vietnam, en la del Golfo o la de Irak.  No, señor. Fue porque combatió contra los nazis en la II Guerra Mundial, la más conocida, y glamorosa de las guerras, si se pudiera acuñar ese término.  O como dijera cierto personaje que no quisiera nombrar: «La madre de todas las guerras».

¿Amor verdadero? ¡Claro que conozco el amor verdadero! Lo siento en la sangre que corre por mis venas, en los recuerdos que apabullan mi mente, recuerdos de todos estos años vividos a plenitud al lado de un personaje de novela, y también cada vez que me siento a escribir y la emoción me lleva por derroteros que nunca sé adónde me conducirán, como cuando empecé a escribir esto.  Creí que sería una tesis acerca de lo que significa el término «amor verdadero», y miren ustedes, ha resultado en un maremágnum de diferentes intensidades, como la música de Chopín, con su pequeño recortadito como si indicase alguna duda, para luego darse a fondo. Con todo. 

Un amigo me dijo que debía dedicar a Henry una entrada especial en el blog, pues era un personaje literario.  Creo que tenía razón.  Pero sucede que cuando se trata de situaciones personales, es como cuando se es médico, no se puede operar a un familiar cercano, menos si se trata del marido. Solo puedo decir que mientras mis dedos recorrían las teclas con la cadencia armoniosa que me acompaña cuando las ideas fluyen sin esfuerzo, esa idea fue recomponiéndose en mi mente y esta entrada la dedico a mi inolvidable Henry, el Waldek Grodek que algunos de ustedes han conocido por mi novela La búsqueda, y otros porque lo conocieron a él.  El de la sonrisa fácil, el Waldek de la mirada que nunca perdió ingenuidad ni en el último día de su vida.  


Él siempre tenía una pregunta en los labios: ¿por qué yo? Y creo que era la pregunta que había en sus ojos la última vez que lo vi. Pero esta vez su interrogante no me hizo sonreír. Supe que esta vez tenía razón: ¿Por qué él? 

De ahora en adelante ya no más de aquella sonrisa, ni de sus miradas ingenuas, de su asombro de niño, ni de su amada compañía. Muy atrás quedaron los escapes a la playa en el Mustang conducido por Henry a la velocidad del viento... Ya no más.

Adiós, Henry, Waldek, adiós amor mío… hasta que nos volvamos a encontrar.

Tuya, siempre,
Blanca

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA SALA A

Escribir un cuento en estas circunstancias es sencillamente imposible.  Tal vez algunos no estén de acuerdo conmigo, pero de las desgracias se escribe una vez que se dejaron atrás, no mientras se las vive. No, señor.  Así que no escribiré un relato.  Solo recuerdos que se presentan como spots en mi mente aún adormecida de los días y noches pasados en un submundo que hasta hace poco me parecía tan lejano.

Una sala general, la sala A.  Lugar al que llegamos con las más locas expectativas; una tabla de salvación en las aguas turbulentas y negras de días y noches anteriores.  Muy pronto la sala A sería más que una esperanza, un lugar donde la muerte rondaba cada cama, como si estuviera escogiendo a quién llevarse esa noche.  Yo la percibí varias veces, pero no por nosotros.   Fue como si hubiera desarrollado el sexto sentido que tanto adjudican a las mujeres,  un aroma sin olor, una huella sin sombra.  Y el aullido de los perros… ellos jamás se equivocaban.  Los escuchaba a diario, de noche o de día.  En un hospital con tantos pacientes la muerte es inevitable.

La sala A, con sus paredes en zigzag, para otorgar cierta privacidad a cada enfermo, con una puerta de vidrio al lado de las camas, que permitía solazarse con la naturaleza salvaje de las colinas del campus. Sentada al otro lado del lecho no me cansaba de mirar el paisaje, ni el cielo, ni las nubes.  Había una que siempre se formaba en el mismo lugar, como un incipiente remolino que moría al ascender temprano, muy temprano. Luego las enfermeras con su alboroto, sus gritos destemplados, como si no supieran que en un hospital se debe conservar la calma, pero este hospital está aquí, y eso es suficiente. 

Un moreno de treinta y nueve años murió la primera semana de nuestra estadía.  Lo veía venir.  Pasaba las noches sentado, pidiendo aire. Lo dializaban dos veces por semana, nunca vi un visitante a su lado. La última noche me dijo: «gracias por golpearme la espalda, señora, es usted muy amable».  Ya nadie le hacía caso, se había granjeado la antipatía de todos por sus malas maneras. Esa noche pidió aire una vez más y no pudieron resucitarlo.  Su cuerpo envuelto en su propia sábana esperó varias horas en la misma cama a que lo trasladasen a la morgue.  Asuntos de papeleo.  Conocí a su familia: madre, hermanos; sanos y jóvenes. Fueron por sus restos con alivio y cierta alegría.

Desde ese día durante las cinco semanas que permanecimos en la sala A, murieron cinco más. También otros se fueron por cansancio o porque sanaron, pero solo los menos graves.  La sala A, ahora que lo pienso, parecía más un depósito de pre cadáveres.  Y la muerte hacía de las suyas, jugaba y retozaba mientras los enfermos se debatían entre la vida y el más allá. Y yo respiraba su falta de olor, y sabía cuándo le tocaba al próximo.  Aun después de salir del hospital seguí percibiendo su presencia, y en efecto, los que quedaron atrás, allá en la sala A, que por algún vínculo invisible quedaron unidos a mí, lo confirmaban: «Ayer por la tarde murió el señor Celis…» «El esposo de la gorda, el de los pulmones de cartón, se fue ayer… no soportó más, su mujer está desconsolada…»

Finalmente salimos de ese infierno.  Y ahora estoy a la espera de la muerte que se hace esquiva. Sé que tiene miedo de entrar en casa. Y yo no duermo desde hace veinticinco días. Creo que está indecisa: no sabe a cual de los dos llevar primero.   Tal vez me preguntaré por quién aullan los perros, y no estaré despierta para saber que es por mí.

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL NOMBRE DE LA ROSA, Umberto Eco


Mi hijo me llevó este domingo la película Rambo IV. Al terminar de verla quedé hastiada de muerte y sangre. Tal vez lo único que me retuvo frente a la pantalla fue compartir con él y ver a Silvester, tan atractivo en su madurez. Tarde ya, tuve una compensación: pasaron una película con otro actor que a pesar del paso de los años, conserva un innegable atractivo. Es de los que llenan la pantalla y hace imposible dejar de verlo: Sean Connery.

Hace tiempo no disfrutaba tanto de una película. Umberto Eco, autor de la novela «El nombre de la rosa», es al mismo tiempo el guionista del filme; esto, unido a la calidad alcanzada por el director
Jean-Jacques Annaud, concede a la película una alta calidad visual y literaria.

Eco, como profesor de semiótica, la ciencia de los signos, aplica de manera magistral sus conocimientos relativos al significado de los símbolos del lenguaje. En cada diálogo existe una especial intención, y cada palabra tiene un significado profundo y concreto.

Una mañana de noviembre de 1327, un monje franciscano: fray Guillermo de Bakersville, personificado por Sean Connery, y su discípulo Adso de Melk, dejado a su cuidado por su padre, llegan a una antigua abadía benedictina situada en el norte de la península italiana.
Su misión: esclarecer el origen de la muerte del monje Adelmo da Otranto.

En sus inicios, la Inquisición confió casi en exclusiva sus investigaciones y deducciones a los franciscanos y dominicos, por tener una mejor preparación teológica y por su supuesto rechazo a las ambiciones mundanas. Fray Guillermo de Bakersville, que había sido inquisidor, muy conocido por ser poseedor de una clara inteligencia deductiva, y que a la postre sus creencias acerca de la efectividad de dicha institución eran ambivalentes, lleva a cabo la investigación. El ambiente oscuro, rodeado de escenas deprimentes, hace ver la forma hipócrita cómo la iglesia, nada caritativa con el pueblo al que mantiene sojuzgado bajo leyes irracionales que los mismos benedictinos en general incumplían, recurre a métodos inhumanos para mantener el poder. Se ve reflejada con claridad descarnada. Sumerge al espectador en un ambiente que rezume realismo.


Las muertes se suceden unas tras otras, y para Fray Guillermo existe un claro elemento que las une: un dedo de la mano, el que se utiliza normalmente para pasar de una página a otra, y la lengua, en todos los muertos, están negros. El secreto reside en la biblioteca de la abadía. Un inmenso, impresionante, oscuro y lóbrego lugar, al que se llega por varios caminos, cada uno más misterioso. Reconozco que es la parte que más me gustó. Trampas, laberintos, escaleras, en una arquitectura gótico medieval, de muros gruesos y ventanas casi inexistentes, es el lugar contentivo de enorme cantidad de libros perdidos, uno de ellos, el prohibido, es el causante de las muertes. Un antiquísimo manuscrito, el Libro II de la Poética de Aristóteles sobre la comedia, escrito en poesía de cadencia yámbica, inofensivo a todas luces para quienes tienen una mente abierta, y que para el monje más antiguo de la abadía constituía el mayor de los pecados: la risa. El libro cuyas páginas estaban envenenadas, era el causante de las muertes.

La simbología es la predominante en los diálogos y en las escenas: Salvatore, el monje deforme y en apariencia retardado mental, se alimenta de ratas y animales impuros, que según Aristóteles eran de «naturaleza baja», tiene poco de humano, personifica el lado oscuro del hombre, pacta con el diablo, alaba al inquisidor, es indiferente a la muerte y llora al final cantando una canción de cuna, tan oscura como él mismo. Uno de los monjes dice al presentarlo: «Habla todos los idiomas y ninguno».

El joven discípulo de fray Guillermo: Adso, sostiene un encuentro sexual con una joven mendiga, que se le entrega en la cocina de uno de los tantos cuartos lóbregos del convento. Es obvio que para él es su primera experiencia sexual, y siente que está enamorado. Al confiar sus sentimientos a su maestro, Fray Guillermo pregunta: «¿Estás confundiendo amor con lujuria?» y Adso responde: «Cuando pienso en ella tengo deseos de protegerla» «Entonces, estás enamorado», responde el maestro. Pocas palabras, pero indicativas del conocimiento humano que posee el autor. Sin embargo, ofrece clara descripción de lo que significa para un religioso de esa época el amor: la simple fornicación, sin otro instinto que el deseo sexual, reflejado en besos entre hombres, lascivia al ver los senos de la Virgen María, y la poca importancia dada a las mujeres, excepto como objetos sexuales que el demonio puso en la tierra para copular. Condenaban la sexualidad y tras los altos muros de la abadía existía toda forma de perversión.

En una discusión con fray Guillermo de Bakersville, Jorge, el benedictino más viejo de la abadía deja en claro que: «La risa deforma la cara, y hace que el hombre se asemeje a un mono» «Los monos no ríen», contesta fray Guillermo. El monje Jorge queda perplejo, sus ojos blancos, pues es ciego, simbolizan la ceguera de la iglesia: pecadora, corrupta, materialista y triste, cuya locura llega al paroxismo al ser el monje ciego quien termina comiéndose las hojas del libro envenenado.

Un filme con alta simbología que hace referencias directas a Simplicio, (el joven discípulo Adso), personaje de uno de los famosos diálogos de Galileo Galilei: «Diálogo sobre los principales sistemas del mundo».

Guillermo de Bakersville, sería Guillermo de Ockham, un franciscano conocido como «doctor invencible» profesor de la Universidad de Oxford en 1319, acusado por el Papa Juan XXII de impartir enseñanzas peligrosas y preso hasta 1328. ¿Quién otro podría haber inspirado a Umberto Eco para personificar a fray Guillermo? El verdadero fue conocido por la aplicación de la lógica rigurosa para llegar a las deducciones...

Al mismo tiempo, recordemos que Sherlock Holmes escribió «El sabueso de los Bakersville», una alusión directa al apellido de fray Guillermo, y en Adso estaría representada la figura del doctor Watson.

Jorge de Burgos, el anciano monje ciego bibliotecario: recordemos que Jorge Luis Borges quedó completamente ciego en la década de los treinta del siglo pasado, a pesar de ello, trabajó en la Biblioteca Nacional y llegó a convertirse en su director hasta 1973. Y por último, la biblioteca de la abadía benedictina, un laberinto que semeja a su obra: «Ficciones», un conjunto de cuentos que no llevan a ninguna conclusión aunque dan la impresión de hacerlo.

Y el título: ¿Qué podría significar el título? Durante toda la película me lo pregunté. Llegué a la conclusión de que probablemente se refería a la sucia mendiga con la que Adso, el discípulo, hizo el amor junto a una fogata en la cocina de la abadía. Nunca le preguntó su nombre, y lo dice él mismo al final, pues es quien relata los hechos ya en su vejez. Nunca volvió a amar, y nunca dejó de recordarla. La rosa, un significativo recordatorio de la frescura, de la pasión y del amor.

B. Miosi

domingo, 29 de agosto de 2010

JAVIER PELLICER, un joven escritor con futuro

Arrabal, un veterano de la policía, y Eduardo, un joven escritor, son los personajes principales cuyas historias corren paralelas en La sombra de la luna, una novela de nuestro compañero Javier Pellicer.

Javier tiene una cualidad que, pienso yo, desea la mayoría de los escritores: logra sorprender con sus planteamientos. De los trabajos que he leído de él doy fe que es una de sus características principales. En esta novela corta, actualmente publicada por capítulos en la revista I like Magazine, http://www.ilikemagazine.com/ él plantea una historia en la que el tema principal es la investigación de una serie de asesinatos cometidos a mujeres hermosas cuyo nexo consiste en ser mudas, rubias y muy jóvenes. Hasta aquí podría decirse que la novela es una más entre las que pululan acerca de un asesino en serie, pero no se equivoquen: La sombra de la luna va más allá de ser una simple novela de policías y asesinos. Pese a ser una novela corta, cada una de sus páginas está impregnada de emociones que solo Javier sabe plasmar de esa manera.

Pocas veces he tenido oportunidad de percibir los sentimientos tal como están descritos en los capítulos que corresponden a Eduardo, el escritor. Es como si hubiera escuchado cada latido, cada suspiro, su angustia, el temor de enfrentar a la mujer amada, la inseguridad que lo envuelve cuando está frente a ella, y yo, que tengo tantos años de recorrido por la vida, todavía me he emocionado al ir reconociendo en él los síntomas de esa enfermedad que llamamos amor:

Esperó en el rellano. Escuchó la puerta del edificio y luego unos pasos que subían por la escalera. Estaba ahí, le faltaban sólo dos tramos para llegar. Eduardo comenzó a temblar repentinamente, a sudar. Le costaba respirar. Su voluntad comenzaba otra vez a decrecer. El llavero parecía escurrírsele entre los dedos a escasos milímetros de la cerradura… introdujo la llave… debía esperar un poco… la mano giró… esperar… la llave

accionó el mecanismo… un suspiro más… la cerradura se abrió… sus pasos estaban tan cerca…

Apenas un latido antes de que la muchacha doblara el último recodo de la escalera, Eduardo se introdujo en su apartamento como una centella, con el corazón a punto de estallar.

La chica sólo vio una puerta cerrarse.

Él apoyó las manos sobre la pared del pasillo de su piso, como si pretendiera sostener el muro. Se maldijo por enésima vez ante su delirante cobardía. ¡Idiota! ¡Era el momento adecuado!

Tras el primer momento de odio hacia sí mismo, Eduardo se dejó caer al suelo y se acurrucó junto a la puerta. Amargas lágrimas de frustración bañaron su rostro. ¿Por qué no podía acercarse a ella?

No en vano Javier colecciona una serie de galardones, empezando por el I Premio Cryptshow Festival de Relato Fantástico por El gran bibliotecario, un relato conmovedor que fue el que dirigió mi interés al joven participante que iniciaba su estadía en el foro Prosófagos hace cosa de dos años, durante los cuales lo he visto madurar como escritor a un ritmo vertiginoso.

La sombra de la luna es una novela altamente recomendable, contiene todos los elementos para mantener al lector pegado de sus páginas: misterio, amor, y algo que me atrae en especial: investigación. La deducción, la manera como un policía se va acercando al asesino, que en este caso es la persona de la que menos se sospecha.

En pocas palabras hago un recuento de la agitada vida literaria de Javier Pellicer Moscardó:

Ganador del I Premio Cryptshow Festival de Relato Fantástico por El gran bibliotecario,

Finalista de la segunda edición del mismo certamen con el relato de ciencia-ficción Los invasores,

Ganador del I Concurso de Relato Fantástico El arte de escribir con su trabajo De la oscuridad nacerá la luz,

Finalista en el mismo certamen en la categoría de relato de terror con Cuando ya no queda nada.

Finalista en el I Certamen Monstruos de la Razón en la categoría de terror por El fotógrafo.

Premio finalista, accésit y mención especial en el I Premio de Novela Corta Katharsis 2008, por su trabajo La ciudad de los monstruos;

Premio especial al relato más votado en el Certamen GrupoBuho 2007: No quiero ver el final.

Semifinalista con un segundo relato en la misma convocatoria con No sólo los perros lamen, y en cuya siguiente edición repetiría semifinalista en la sección de microrrelatos: Demasiada fantasía.

También ha participado en diversas publicaciones en antologías de certámenes literarios, como los concursos ya mencionados y otros: I Certamen de Relato HELLinFILM, II Premio Nacional de Microrrelatos A contrarreloj II.

Algunos de sus cuentos aparecen en las revistas literarias Remolinos y En Sentido Figurado, participa en las páginas webs Editorial Novaltea, Horror Hispano, TusRelatos.com, YoEscribo y Esfera de Letras. Sus relatos cortos: Como hadas guerreras y La ninfa de los vientos fueron narrados en el programa radiofónico literario BREUS.

Como podrán observar, ¡otra de sus cualidades es que sabe titular sus obras!

Actualmente su novela La sombra de la luna se publica por capítulos en la revista impresa I like Magazine, en la que, además, publica entrevistas y artículos relacionados con el mundo literario.

Si desean saber más y conocer mejor a Javier Pellicer, les dejo el enlace a su blog: http://tierradebardos.blogspot.com/

B.Miosi

miércoles, 25 de agosto de 2010

Ernest... siempre Hemingway


Hoy después de un receso debido a problemas de salud en la familia nuevamente retomo mi blog. A los amigos bloggeros que pasaron por aquí y no han visto respuesta a sus mensajes les ofrezco disculpas, pero fueron causas de fuerza mayor.
Voy a dedicar esta entrada a uno de los escritores más fascinantes del mundo literario:

Ernest Hemingway, nacido en Oak Park, Illinois, Estados Unidos, el 21 de julio de 1899, fue un escritor que trascendió su época. Aún hoy muchos aspirantes a escritores le rinden homenaje y lo tienen como ejemplo de tenacidad y buen hacer literario.

A finales del año pasado adquirí un grueso libro negro llamado ENVIADO ESPECIAL, editado por Planeta. Una recopilación de artículos seleccionados correspondientes a cuatro décadas de Hemingway como corresponsal y articulista de diversos periódicos. No diré que los he leído todos, pues si bien su estilo es pulcro, algunos artículos están redactados de manera meramente descriptiva, que es como supongo debe hacerse un trabajo periodístico, aunque en alguno de ellos existe alguna pizca de picardía o de genio literario.

Me llamó la atención uno en particular: Diálogo con el maestro, en el que narra cómo un joven abandona todo para ser escritor y va en su busca a Cayo Hueso, se presenta en la puerta de su casa y le dice que lo que más deseaba en el mundo era ser escritor. Hemingway relata este pasaje autobiográfico, (como casi todo lo que escribió) con fina ironía, refiriéndose al joven como una persona con grandes deseos de aprender: … y la seriedad es una de las prendas esenciales en la dedicación a la literatura, la otra es el talento, desafortunadamente…

Una charla amena con preguntas y respuestas, en las que el joven se ganó el título de “maestro” en la embarcación de Hemingway porque sabía tocar el violín. Trabajó para él una temporada, y según el escritor afirma, jamás leyó nada escrito por el aspirante a escritor, quien lo acribillaba con andanadas de preguntas acerca de cómo hacer para convertirse en un buen escritor. Terriblemente realista, y por partes con una jocosidad parapetada tras el estilo que conocemos de Hemingway, en donde las elipsis son más importantes que lo que se describe, es un pasaje de su vida que merece la pena ser leído.

Otra de las adquisiciones que hice posteriormente fue Adiós a las armas, una novela en la que narra su experiencia como conductor de ambulancias y héroe por su valentía durante la Primera Guerra Mundial. Hemingway es uno de esos escritores parco en aderezos. Esta novela en particular posee una narrativa bastante plana, diría yo. Hay partes interesantes como cuando es tomado por desertor del ejército italiano y escapa de manera cinematográfica lanzándose a un río, pero en general, la novela es bastante sencilla: Su paso por la guerra y enamoramiento de una joven enfermera inglesa que muere al dar a luz un hijo suyo.

No he leído últimamente Por quién doblan las campanas, según dicen, su obra maestra. Es difícil que la pueda conseguir aquí, lo haría esta vez con ojos de escritora. Para ser sincera, Hemingway me llama la atención más por la riqueza de su vida y experiencias en diferentes frentes, que por su literatura, merecedora del Premio Nobel de Literatura en el año 1954, un año después de ganar el Pulitzer por El viejo y el mar, una novela que vi también en el cine hace muchos años ya.

Ernest Hemingway trabajó como periodista durante los primeros años, y sus primeros libros no tuvieron éxito: Tres relatos y diez poemas, 1923 y En este mundo, 1925 pasaron por debajo de la mesa, hasta que escribió Fiesta, en 1925. A partir de allí su carrera como escritor se consolida y gana fama y renombre internacional. Su fama trascendió su muerte de una manera romántica, debido a la manera extraña en la que sucedió. Muchos piensan que se disparó a sí mismo con una escopeta, poco después de enterarse que tenía Alzheimer. Pienso que es de los pocos escritores que poseen una aureola especial que los hace diferentes del resto de los mortales, y esta es básicamente la que brilla en la imaginación de sus lectores, la imagen del hombre guapo, complicado, introvertido, aventurero, y excelente escritor, que dejó de existir el 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.

B. Miosi

sábado, 31 de julio de 2010

A los escritores; Palabras de Arturo Pérez Reverte

Para los seguidores de este blog, para los amantes de las letras, para aquellos que desean publicar o simplemente escribir, aquí les dejo unas palabras que vale la pena digerir, dichas por Arturo Pérez Reverte, y publicadas en el más reciente número de la revista XL Semanal:

Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito –quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso– que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.


Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro –Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas–, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.


No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.


Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos –los hay nobles e innobles–, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.


Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.


viernes, 30 de julio de 2010

Crisis Editorial y Oportunidades

Cuando empecé a investigar acerca de los componentes que conforman la crisis por la que atraviesa el mundo editorial, me encontré con datos provenientes de algunas personas que indirectamente trabajan para él. Así, hablé con un amigo que trabaja en la industria de las artes gráficas de España, en el sector que suministra las cuchillas. Sí, leyeron bien; si no fuese por las cuchillas no se podrían cortar los libros, las revistas y cualquier cosa que se imprima en papel; son las que se usan en las guillotinas, trilaterales, plegadoras; las hay desde máquinas muy pequeñas, como las que doblan, pliegan o hacen los triscados para rasgar el papel, hasta las de más de dos metros de alto, con una guillotina Polar 185. Esta industria es tan importante, que sin ella no existiría el libro tal cual lo conocemos, por ejemplo: no existirían los lomos fresados. Y sin las cuchillas de las máquinas de encuadernación, los libros no tendrían forma. Lo cierto es que los periódicos, revistas, libros, y todo lo que sea en papel pasa por una cuchilla. ¿Qué mejor lugar para enterarse de la cantidad de papel que se corta actualmente?

En España, el negocio de las artes gráficas es más o menos así: a) Libros: en torno al 30 % b) Revistas: en torno al 50 % c) Resto: publicidad escrita.

En estos tiempos la publicidad ha desaparecido, las revistas han caído y muchas de ellas cerrado, y los libros se han reducido en un 30 - 40 %. Se sabe de editoriales que han quebrado en España, pero no estoy autorizada para decir nombres. Todo este desbarajuste en el mundo editorial tuvo su origen en el 2008, consecuencia de la crisis económica global. Según mi fuente, se están imprimiendo casi el 50 % de libros que hace cuatro o cinco años.

¿Pero qué dicen los libreros?
Hasta hace poco se tenía la buena noticia de que el sector del libro cerró el ejercicio de 2009 con pérdidas moderadas y asumibles, en general. La mala noticia era que esas pérdidas estaban muy desigualmente repartidas y afectarían mucho más a unos que a otros. En la memoria está el dramático primer trimestre del 2009, cuando las librerías devolvían libros masivamente, hasta un 40% de los ejemplares puestos en el mercado.
Curiosamente, desde septiembre no ha habido un porcentaje de devoluciones destacable. Para explicarlo, hay quien dice que eso ocurre porque los libreros prefieren vender sus existencias antes de apostar por otras novedades, según la costumbre de los últimos años, que hacía que los libros estuviesen apenas un mes a la vista en las librerías. Otros dicen que influye el bajón de novedades. Los libreros recortan gastos como pueden y una de las formas es no coger tantas novedades porque tienen una caída de ventas entre el 5 y el 10%.

¿Quiénes salvan a las editoriales?
Como siempre, los escritores superventas, de ahí que las editoriales los mimen como a las niñas de sus ojos:
Stieg Larsson y Dan Brown salvaron a Planeta de cerrar en negativo. Fuentes del sector auguran al grupo de Lara un 3 % de crecimiento que sin esos autores se convertiría en un porcentaje negativo. A Alfaguara la salva la saga Crepúsculo, a Random House, Isabel Allende, Javier Cercas e Idelfonso Falcones. Autores como Henning Mankel y Haruki Murakami lo hacen con editoriales medianas, como Tusquets, pero las editoriales que no logran entre sus filas un descubrimiento o no consiguen fichar un gran escritor, se ven en problemas.
Aparte de los superventas, el resto de los autores vende muchos menos ejemplares. Aun los grandes como Dan Brown han bajado un 15 % sus ventas con respecto a temporadas anteriores. Y no hablo del Premio Planeta Ángeles Caso, que su libro Contra el viento vendió un 32 % menos que la semana de su salida al mercado.
Entre los autores más literarios, José Saramago registró un quinto discreto puesto con 5545 ejemplares y la caída de 28 % en las ventas en una semana
A este panorama se suma la salida al mercado norteamericano, ya de manera contundente, de los libros electrónicos, especialmente por Amazon, que los ofrece a precios de ganga y tiene estrategias claras en cuanto a las ventas de libros en esa modalidad. Y ya se sabe que las tendencias las fijan los americanos, tanto en libros como en cine.

¿Los perjudicados?
Varios. Principalmente los editores que son quienes arriesgan el dinero. De ahí que si en la época boyante del libro rechazaban los manuscritos que no cumplían con las mínimas normas de calidad, hoy lo hacen con mucha mayor razón, rechazando inclusive a autores ya publicados si ven que la obra no es lo suficientemente atractiva para el público, aunque esté muy bien escrita.

¿Los beneficiados?
Las editoriales andan a la caza de un autor que los saque a flote y puedan capear el temporal. Las crisis traen consigo oportunidades: es el momento de lanzarse al ruedo, y los escritores noveles o publicados que tengan una buena historia entre manos y que esté bien escrita, con seguridad serán aceptados, tal vez sea el nuevo Dan Brown, Ken Follet o el futuro Pérez Reverte. Y aquí es donde entran los scouts. Tras este inofensivo apelativo, que nos recuerda a los voluntariosos chicos de códigos de conducta moral intachables, se encuentra un espía del mundo de los libros, según las palabras de Bettina B. Schrewe, que trabaja desde Nueva York como scout (ojeadora) para diecisiete países; en España su cliente es Planeta.

El mayor capital de una empresa es, sin duda, la información, y en ese sentido los principales sellos editoriales del mundo han creado sus propios servicios de inteligencia, que puede hacer la gran diferencia entre triunfar o fracasar. Algunos de estos ojeadores cobran hasta doscientos mil dólares anuales. Pero no es un sector nuevo; existen desde hace veinte años, han ido ganando importancia, y los editores coinciden en que en la jungla que se ha convertido el sector, es difícil sobrevivir sin ellos. En España ya existen dos scouts; Aurelio Major es uno de ellos. «Somos espías», dice, «debemos enterarnos antes que nadie». La labor de los scouts consiste en detectar cuanto antes un libro o una tendencia. «Cuanto antes» quiere decir: cuando el manuscrito llega a un agente o a un sello editorial, y muchas veces se enteran al pasar por los receptores del texto.
«Un scout tiene que captar todas las informaciones que salen de un país, no solo los manuscritos importantes, sino también los cambios de tendencia o de dirección en una editorial», explica Cristina de Stefano, italiana afincada en París, antigua periodista y escritora. «Es un trabajo un poco secreto, en el que hay mucha competencia. Y esa es la razón por la que se están multiplicando: cada vez hay más información y menos tiempo para procesarla», agrega. Trabaja desde Francia para cinco países (en España para el grupo Santillana).
«Todo el mundo anda buscando un nuevo John Grisham y nosotros tenemos que ser los primeros en detectarlo. Como los reporteros, buscamos información que la gente no quiere dar, protegemos a nuestros clientes y necesitamos exclusivas», explica Aram Fox, scout neoyorquino que ojea para RBA.

Pescando en río revuelto
Como decía anteriormente, hay quienes siempre encuentran oportunidades en los momentos de crisis. Y no se hicieron esperar, durante el 2009 y lo que va del 2010, son más de cien los títulos relacionados con la crisis, a la par que la fila de sus compradores se alarga, a saber: La crisis Ninja y otros misterios, Leopoldo Abadía, Espasa; El informe Recarte 2009, de Alberto Recarte, Editorial La Esfera de los Libros; El hombre que cambió su casa por un tulipán, de Fernando Trías de Bes, Temas de hoy, 2009; El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual, de Paul Krugman, Editorial Crítica; Crisis, mentiras y grandes oportunidades, de Carles Torrecilla y Jordi Basté, Planeta Empresa; Animal Spirits, de George Akerlof y Robert Shiller, Gestión 2000; pero el que se lleva la palma es El crash del 2010, de Santiago Niño Becerra, autor que pronosticaba que lo peor llegaría en el año indicado en el título, publicado por Los libros de lince.

Conclusiones
Desde el punto de vista de los escritores, el mundo editorial no es lo que parece. Después de investigar y de escribir este artículo, me asombra haber podido publicar, y que lo puedan hacer algunos de mis compañeros de foro y de blogs. Quiero creer que existe una parte romántica en todo esto, me gustaría pensar que las editoriales son lugares amables que desean brindarnos una oportunidad. Y tal vez sea así, pero no puedo negar que la competencia es feroz. El mundo editorial es duro, competitivo, una empresa que debe registrar ganancias y su objetivo consiste en descubrir al mejor autor. Un mundo apasionante del cual formo parte y me emociona, y aunque tal vez nunca llegue a ser una superventas, me satisface pertenecer a este conglomerado de pasiones.

B. Miosi

Fuentes:

Miguel Ángel Jiménez, (nuestro conocido Miguel) de http://blog.iespana.es/anapedraza

Revista Literaria Prosofagia 8

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Scouts/sabuesos/libros/elpepicul/20081018elpepicul_1/Tes
Jesús García Calero, Inés Martín Rodrigo. ABC.es.04.12.2009

DeLibros (Enero 2010)

Know Square (Febrero 2010).

sábado, 24 de julio de 2010

Ángeles de cartón, por Mián Ros (Miguel Ángel López Matamoros)


Un hombre arrastrado por un sentimiento de culpa recorre por los turbulentos senderos de sus deseos reprimidos, transforma el mundo real en uno hecho a la medida de sus necesidades, en el que el amor por su hija ocupa todo espacio posible llevándolo a terrenos vedados, en los cuales aprende a perdonar, a comprender y finalmente a aceptar lo ineludible.

Pocas veces he tenido la oportunidad de leer un libro con tanto contenido emocional, en donde lo real aparenta ser y no es, y confieso que más allá de las tres cuartas partes del libro estuve pensando lo que no era. De pronto todo se va situando en contexto, las piezas van encajando una a una y me doy cuenta de que ese hombre que vive como un vagabundo en busca de la hija perdida tiene un único nexo con la realidad: su bolígrafo BIC. Es el que lo ata al mundo, es con el que escribe todo lo que su mente atormentada recuerda, vive e imagina, y hasta podría decir lo que su alma premonitoriamente asoma si las cosas hubiesen sido diferentes.

A lo largo de los apuntes que va haciendo en un diario dirigido a su esposa, la búsqueda de Ángela se torna por momentos en pesadillas, en las que se trastocan los ideales en sentido común, y éste en el reconocimiento de que todo hubiera sido de otra manera si él hubiese sido diferente, y esa pregunta que es la que nos lleva a investigar más allá de nosotros mismos: «y si…» queda en el aire, pues lo inevitable tarde o temprano llega, así como llegó para Champalán, (Carlos) el vagabundo, el padre, el esposo, el escritor, el jefe del bajo mundo, y uno de los ángeles de cartón.

Las veces que he leído textos de Miguel Ángel López Matamoros, (Mián) me he impregnado de su alto contenido intimista. Mián no escribe para agradar a otros, o porque desee complacer a editores. Él es de los que escribe con el alma en una pluma que en cada rasgo va dejando jirones de su alma. Ángeles de cartón es una novela cargada de frases magníficas, como:

…Ay, me ha vuelto a ocurrir, y la misma pregunta me interrumpe… ¿Cómo es posible que todos mis pensamientos confluyan hacia mi pasado? No quiero pensarlo, pero soy juicioso con mis sentimientos y sé que estoy apresado por los momentos ya vividos, soy reo y celda de mí mismo, es una pasión inevitable.

… Por un instante me doy cuenta de que mi cuerpo empieza a entrar en razón antes que mi cerebro cuando el calor del caldo calienta y curiosea todo mi interior. Es un momento inigualable. Creo que está dando resultado, pues el calor de esta sopa es como una pequeña panacea contra el frío. Poco a poco me reconforta y mengua en buena parte la destemplanza con la que he despertado, y retira de mi cuerpo parte de la humedad que nos ha presentado esta mañana el duro día invernal, arropándonos, desde que se fueron las sombras, con su sábana de color ceniza oscureciendo estos serios apéndices que llamamos edificios. Es una lástima, porque el cielo está cerrado como boca de lobo y creo que este calabobos persistirá sobre nuestras cabezas durante muchas horas más.

… Ahora ha venido a verme. Se para un instante, se tropieza con mi mirada y yo lo hago en su dejadez, en su rimel corrido por las lágrimas, en el negro pelo mal peinado y en su rebeca puesta con pereza, y despierto de bruces lejos de la imaginación que perfilaría un ángel de destellos deslumbrantes y maravillosos con el que soñé cientos de veces.

Muchas gracias, Mián por recordarme que la literatura es una de mis premisas.

Esta novela quedó finalista del I Premio de Creación Literaria Bubok
Si desean saber más de Miguel Ángel López Matamoros: http://mianros.blogspot.com/

B. Miosi

sábado, 17 de julio de 2010

EL JUGADOR, por Fiódor Mijáilovich Dostoievski


Vale la pena dar una pequeña semblanza de este escritor por antonomasia, pues su vida fue digna de la historia de cualquiera de sus novelas:

A los veintidós años, apenas graduado de ingeniero, Fiódor Dostoievski comenzó a trabajar en el Departamento de Ingenieros de Petesburgo, y ese mismo año, 1843, tradujo al ruso Eugenia Grandet, del escritor francés Honorato de Balzac, que se publicaría al año siguiente en el diario Repertorio y Panteón. Pese a su precaria situación económica, un año después, decidió consagrarse por entero a la literatura; ya el gusanillo de las letras había infestado su ser. Antes de cumplir los veintitrés trabajó en su primera obra: Pobres Gentes. El manuscrito llegó a manos del director de El contemporáneo; lo dio a leer al santón de la crítica, Bielinski, quien con enorme entusiasmo puso a Dostoievski la etiqueta de «creador de la novela social». Pobres gentes se publicó dos años después en Almanaque Petesburgués, cuando ya Fiódor estaba en plena elaboración de El doble, La patrona y Nietochka Nezvanona. A partir de allí su carrera fue imparable, a la par que su vida sufrió toda clase de vaivenes: se salvó de la pena capital por ataques a la Iglesia y al Estado. Se había unido a un grupo de jóvenes intelectuales que leían y debatían las teorías de escritores socialistas franceses, por aquel entonces prohibidos en la Rusia zarista de Nicolás I. En sus reuniones secretas se infiltró un informador de la policía, y todo el grupo fue detenido y enviado a prisión. La pena de muerte fue conmutada por cuatro años de presidio en Siberia, tras lo cual fue reclutado como soldado raso en el ejército; se enamoró apasionadamente de María Dmitrievna, (acababa de enviudar, era tuberculosa y tenía un hijo) y el mismo día de la boda, Fiódor sufrió un ataque de epilepsia y aquello marcó irreversiblemente las relaciones de la pareja. Estos datos son solo algunos de la cantidad de eventos que poblaron su existencia, que al mismo tiempo, pienso yo, son las que dan lugar a obras inmortales como Crimen y Castigo, Los hermanos Karamzov, El idiota, El jugador, entre muchas otras.

Tenemos a un escritor que empezó muy joven, fue un lector empedernido desde pequeño, admirador de Balzac, Gogol, Walter Scott, Byron, Víctor Hugo y sobre todo Pushkin, y que sin embargo su etapa más creativa se dio en la medianía de su vida: Tenía cuarenta y cinco años cuando escribió Crimen y Castigo y Los hermanos Karamzov, poco antes de su muerte, casi a los sesenta años de edad, lo cual nos da una idea aproximada del tiempo que toma madurar literariamente hablando.

La novela que concierne a esta entrada, El jugador, fue escrita por Fiódor mientras terminaba una de sus obras capitales, Crimen y Castigo. Acosado por las deudas y las angustias económicas a pesar de ser un escritor consagrado y famoso, se había comprometido con el editor Stellovski a entregarle un manuscrito antes del 1 de noviembre de 1866 para cobrar un anticipo. ¿Se imaginan ustedes el trance? Una obra tan demoledora como Crimen y castigo, y Fiódor en medio de las profundidades abismales de la conclusión de la novela, ¡tiene que escribir otra para evitar ir a la cárcel por incumplimiento de contrato! El editor Stellovski estaba despechado por el éxito de Crimen y Castigo en entregas sucesivas en una revista, así que a Fiódor no le queda más remedio que apelar a su enorme creatividad y surge así El jugador, una novela relativamente corta, doscientas páginas a lo sumo, dependiendo del formato, que Dostoievski dicta a una taquígrafa llamada Anna Griegorevna Snitkina durante veinticinco días. ¿No les parece asombroso? Lo cierto es que él ya tenía dentro el germen de la obra, pues él mismo era un jugador, y la novela trataría de un hombre atrapado por el embrujo fatal de la ruleta. Pienso que en momentos así se acude a experiencias autobiográficas, lo cual ayuda a profundizar en personajes que de otra manera resultarían lejanos.

El jugador es una novela que se mueve en los umbrales de la intensa pasión psicológica que lleva a un hombre a convertirse en jugador empedernido. Está escrita en primera persona; Alexei Ivánovich, nos sirve de ventana a través de la cual nos situamos como fisgones y observamos el mundo que lo rodea, las pasiones y los deseos de la gente que lo trata como si fuese un ser anónimo, y que yo creo, es la única manera de infiltrarse sin ser un estorbo. Cada personaje lo utiliza como confidente, cada mujer se dirige a él como si fuese un ayudante de cámara ante el cual puede descubrir no solo su cuerpo sino su alma. Y cada hombre ve en él al ser insignificante que no proporciona mayor peligro pues no es un rival a tomar en cuenta. De esta manera, Alexei va enterando al lector de toda la trama en la que se basa la novela, que no es en realidad una historia extraordinaria, yo diría que más bien llega a rozar la caricatura de los amores imposibles de la época, en la que el amor más que un sentimiento, es un fin en sí mismo.

La obra se centra en un personaje anodino, Alexei, supremamente enamorado de un amor imposible, preceptor de dos niños pertenecientes a la clase rusa acomodada; un hombre a quien todos, incluyéndose él, tratan con condescendencia, y en la magistral descripción de su pasión por el juego, que ocupa la última parte de la novela.

Fiódor Dodtoyevski nació el 11 de julio de 1821 y falleció el 28 de enero de 1881, a los sesenta años, treinta y ocho de los cuales los dedicó con pasión a la escritura.


B. Miosi


martes, 13 de julio de 2010

¿SE DEBE ESTUDIAR PARA SER ESCRITOR?

Escribí mi primera novela en cuatro meses. No voy a hablar del contenido pues no viene al caso, pero era tanto mi entusiasmo que apenas puse la última letra le di a imprimir y de inmediato la mandé a encuadernar. La leyó mi marido, mi hijo, mi hermana y dos amigas y todos se mostraron encantados. Aún hoy nueve años más tarde, ellos siguen pensando lo mismo, sin embargo, cada vez que yo leo la última versión de aquella novela, (porque después hice como diez versiones) tengo deseos de guardarla en lo profundo del cajón.

Una de mis amigas decidió seguir mi ejemplo, pero lo hizo de la manera correcta: se inscribió en un taller de narrativa. Ocho años después no ha escrito la primera novela. ¿Por qué? Le pregunté. Dijo que se había dado cuenta de que escribir era más complicado de lo que le parecía. Y yo se lo creo, pues cuando me trataba de explicar lo que aprendía en aquellos talleres que duraron casi un año, ni yo podía entender de qué hablaba cuando mencionaba al escritor omnisciente, el nudo, los puntos de quiebre, el desenlace, la concordancia, la adjetivación, la perspectiva, la primera, segunda y tercera persona… en fin, que si yo hubiese comenzado a estudiar para ser escritora creo que hubiese tirado la toalla antes de empezar.

Con el tiempo y el método más a mano que tenía: el del ensayo y error, he logrado comprender todo aquello que en su momento mi amiga me enseñaba; algunos puntos ya los ejercía yo por intuición desde el principio, y otros, sin embargo, he tenido que aprender a ponerlos en práctica porque se trataba de mi supervivencia como escritora. De todo lo pasado deduje que para ser escritor lo importante es escribir. Y para escribir se necesita el deseo de hacerlo, debe ser un placer, más que una imposición académica y, sobre todo: haber sido un buen lector durante gran parte de la vida.

Día a día se aprende, y siempre hay de quién hacerlo, lo importante es escuchar las críticas, los elogios también, pues nos animan a seguir, pero debemos prestar atención a los que ven los defectos en nuestros escritos, pues no veo de qué otra manera se pueda mejorar.

Sé que muchos de los que escriben piensan que sus obras son maravillosas, y es posible que lo sean, pero si no tienen estilo, (y ya saben que cuando me refiero a estilo hablo de estilo literario, no del estilo particular de cada escritor), si las ideas no están expuestas con claridad, si los diálogos son insulsos y solo sirven de relleno y no para informar, que es la verdadera función de ellos, si se confunde la narrativa con largas explicaciones dirigidas al lector; la historia que se intenta contar por más maravillosa que sea, resultará aburrida, y en muchos casos causará indiferencia. Y para lograr aprender a subsanar errores, es básico saber dónde están, de lo contrario nunca los encontrarán.

Mi recomendación es que una vez hayan terminado las primeras novelas, (ya saben que son capaces de escribirlas), acudan a un taller de narrativa. No antes. Puede ser contraproducente. Los talleres de escritura creativa como también se llaman, enseñan técnicas muy útiles y pueden significar la diferencia entre publicar o ser rechazado. Hace un tiempo un amigo que escribe y que no ha logrado publicar aún, me dijo algo muy curioso: «Sé que lo mío no es la escritura pues he estudiado ingeniería. Generalmente doy mis novelas a un par de amigos para que me las corrijan». Yo ni siquiera le pregunté si sus amigos eran escritores. No valía la pena.

Si el que escribe no es capaz de tener la suficiente autocrítica y capacidad como para corregir su obra, para mí no es merecedor de llamarse escritor. Claro que también hay quienes contratan correctores o escritores, y algunos de los compañeros de blogs saben a lo que me refiero pues ejercen esa profesión, pero particularmente pienso que todo aquel que aspire a escribir para el público, puede prescindir de los estudios gramaticales si le causan tedio, pero tiene que realizar entonces un trabajo de lectura abundante, metódico y constante durante largo tiempo, a fin de empaparse en la esencia del lenguaje y adquirir agilidad, presteza y soltura en el manejo del idioma.

He llegado a la conclusión basándome en mi experiencia que primero se escribe y después se aprende.

B. Miosi

martes, 6 de julio de 2010

PÉPLUM

Si buscamos en el diccionario encontraremos una escueta definición del término péplum: «Película ambientada en la antigüedad clásica».
La expresión fue acuñada por la crítica francesa después de la década de los cincuenta, aunque el género cinematográfico puede fecharse en 1914 con la película Pastrone, en la que causó sensación MACISTE.

Las superproducciones estadounidenses dieron gran acogida a este tipo de películas, sin embargo el género surgió claramente de los estudios italianos, donde desarrolló sus propios códigos.
El péplum utilizó actores y realizadores no italianos (como Jacques Tourneur) y se dividió entre el péplum histórico (Troya, Maratón, Cartago, Nerón, Cleopatra, Fabiola, entre otros temas) y el péplum mitológico con Hércules y su sucesor Maciste. El género tuvo sus especialistas, como Domenico Paolella o Vittorio Cottafavi, e incluso Sergio Leone en sus principios.
En 1958 se estrenó Hércules, de Pietro Francisci, protagonizada por el ex míster universo Steve Reeves. Esta cinta recoge los elementos característicos del péplum: sin exactitudes históricas o mitológicas, su protagonista es un héroe musculoso encargado de defender a los más débiles, siendo denominado irónicamente muscleman epic por la crítica estadounidense. En ocasiones, como en Salomón y la reina de Saba (1959, de King Vidor), se llegó a la más absoluta de las imprecisiones históricas, en pro del efecto dramático.
Las últimas décadas del siglo XX vieron un resurgir del género. En parte, gracias a las distintas series producidas para la televisión, como Yo, Claudio (1976, de Jack Pullman, para la BBC) y Jesús de Nazaret (1978, de Franco Zeffirelli), además de Xena y Hércules. También para la gran pantalla se produjeron películas de animación, como Hércules de Disney (1997) o El príncipe de Egipto (1998) de Dreamworks. Asimismo, en 2000 Ridley Scott dirigió Gladiator, y poco después se estrenaron Troya (2004, de Wolfgang Petersen) y Alejandro Magno (2004, de Oliver Stone).
Tal vez dentro de poco veamos un péplum con Hijos de Heracles, de Teo Palacios, en la gran pantalla, espero que él esté presente en los estudios en el momento de la filmación, no vaya a ser que transformen su espléndida novela en una telenovela.

B. Miosi

Fuente: Microsoft ® Encarta ® 2009. © 1993

lunes, 28 de junio de 2010

Prosofagia, la revista literaria por excelencia

                  Parece mentira, pero ya estamos con el número 8 de Prosofagia, y esta edición es de ochenta páginas, todas interesantes, empezando por el editorial, todo un acierto, como siempre.
                  Revista Literaria Prosofagia Nº 8 Junio 2010
                  Si hacen clik en la imagen podrán encontrar:

                  -En entrevistas del foro, una que hice a “D” Daniel A. Franco, el albañil de Prosófagos.

                  -“Los cimientos”, precisamente de “D”. Nos habla de los orígenes de la lengua.

                  -Daniel Rojas Pachas nos habla acerca de la situación editorial en el norte de Chile: “Compañeros de ruta”.

                  -Una entrevista hecha por Esther al editor y director argentino Miguel Russo, en la que nos aclara un poco el panorama editorial desde su punto de vista.

                  En “El Mundo Editorial”  Primera parte, tenemos varios artículos interesantes:

                  -Sobre libros y lectores, por Boris Rudeinko

                  -Reportaje Agencias, por B. Miosi y Elisabet (Montse de Paz)

                  -Crisis editorial y oportunidades, por B. Miosi

                  -El lector editorial, por Teo Palacios

                  -Reportaje Editoriales, por Elisabet (Montse de Paz)
                  Dos magníficas entrevistas a Espasa y Viceversa.

                  Y no se pueden perder la caricatura de Nelo (Manuel Pérez Recio)
                  Las preciosas fotos de José Luis Jaime Cortés, Plasido, José Ignacio, Pepsi, Daniel Seller, Gabi, José Ramón González…

                  Y las noticias de los compañeros de foro.

                  Les invito a bajar la revista en su versión PDF: Aquí
                  Hago una invitación a los amigos que deseen colaborar con la revista, con cuentos, fotografías, etc., lo único que debe hacer registrarse en el foro Prosófagos: http://www.prosofagos.com/index.php y participar en nuestras agradables tertulias en General, colgar cuentos o poesías, ¡y ya! ¡Dentro de poco habrá un concurso de cuentos!

                  La catedral del mar, Ildefonso Falcones


                  No siempre tengo la oportunidad de leer autores contemporáneos, pues a mi país llegan muy pocos títulos, una muestra de ello es que mis novelas se exhiben en las librerías de Sudamérica excepto en las de Venezuela. Hace unos días pude hacerme con la novela La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, un escritor que empezó su meteórica carrera apenas en el 2006.

                  Supongo que después de leerla, a la Editorial Grijalbo no le quedó más remedio que publicarla. Es una de esas historias que nacieron para volverse inmortales. Su personaje principal, Arnau Estanyol, logró cautivarme desde su nacimiento. Pero no solo él; cada uno de ellos está tan bien cincelado que quedó grabado en mi memoria: su padre, Bernat, honesto, amoroso, su hermano Joan, atormentado, Adalis, apasionada como la que más, Francesca, su madre anónima, capaz de soportar los peores vejámenes y sobreponerse a ellos, Mar, la chiquilla mujer, enamorada e íntegra, Elionor, una mujer cuyo odio fue capaz de las peores calumnias, Margarida, una joven con una extraña tendencia a la maldad per sé. Guillem/Sahat; un esclavo más libre que muchos hombres y personaje medular de la obra… y así podría seguir enumerándolos; una sucesión de protagonistas de caracteres irrepetibles, cada uno con una finalidad específica, un ejemplo de cómo escribir una novela que logra mezclar fantasía, realidad y datos históricos con extraordinaria habilidad.

                  El recorrido a lo largo del siglo XIV, (1320-1384) me situó en Barcelona, España, y me hizo conocer sus callejuelas, sus costas, sus iglesias, y especialmente una: La iglesia de Santa María, punto focal de la novela. Pude ver a los bastaixos, cargando enormes piedras a sus espaldas con la fuerza de la fe, a los judíos resguardando su intimidad y seguridad tras el muro del ghetto, a los nobles haciendo valer sus absurdos derechos, como el que ejercían los señores antes sus vasallos, campesinos humildes sometidos a vejaciones sin derecho a reclamo, y quienes eran los que mantenían su nivel de vida, uno de ellos: el derecho a yacer con la novia antes de que lo hiciera el marido, como ocurrió con la madre de Arnal Estanyol, y es a partir de ese momento que se desencadena una historia conmovedora, que transforma a un simple y humilde niño en uno de los personajes más carismáticos y ricos de Barcelona.

                  Un sutil toque del autor me dio a entender las consecuencias de la extraña mezcla de ingredientes que conforman aquello que llamamos «fe»: Arnau puede ver la sonrisa de la Virgen, mientras que su hermano adoptivo Joanet, a pesar de ser un inquisidor de la orden de los dominicos, jamás pudo verla sonreír, una pequeña línea que con gran habilidad el autor deja deslizar cuando ya Joanet es un hombre adulto, y que en cierta forma nos dibuja con nitidez su alma atormentada.

                  La corrupción de la Iglesia y de la monarquía y el enorme poder de éstas, se mezcla hábilmente con la política, los odios, envidias, la ignorancia y la ingenuidad del mortal común. Y creo que lo trascendente de esta obra es hacerme comprender que llegados al siglo XXI, seguimos arrastrando las mismas creencias y manejos, disfrazados en algunos casos, con diferentes nombres. El ser humano es tan moldeable como lo permitan las circunstancias y su conciencia. Arnau Estanyol emerge como un ser excepcional, cuyos principios inamovibles lo elevan a la categoría de héroe.

                  Desde este pequeño sitio de Internet, deseo hacer llegar al autor, Ildefonso Falcones, mi agradecimiento por varias horas enriquecedoras, y mi profunda admiración. Cuando llegan a mis manos estas novelas, caigo en la cuenta de que me falta un largo trecho por recorrer.

                  Blanca Miosi

                  lunes, 21 de junio de 2010

                  Réquiem para un soñador, por B. Miosi


                  Al pensar en Filomena después de tantos años, no logro entender qué fue lo que me llevó a estar loco por ella. La recuerdo como una mujer un poco obesa, de piernas cortas, espaldas anchas y ojos pequeños de mirada penetrante. Su desnudez tal como la evoco ahora no me provocaría una erección, pero sin embargo en aquella época cada vez que la miraba me excitaba. Sus labios delgados y barbilla prominente daban a su rostro una apariencia casi masculina y en cierta forma creo que era lo que más me atraía. Su manera de dominarme mientras hacíamos el amor desataba en mí una pasión que únicamente podía saciar después de saber que la había complacido, al percibir en su piel la capa de sudor que me confirmaba que había quedado satisfecha, mientras sentía sus contracciones estando aún dentro de ella. Al recordarla aún siento nostalgia de la época en la que llegaba de la universidad y lo único que deseaba era hacerle el amor una, otra, y otra vez hasta quedar desmadejado, mientras veía su rostro satisfecho mostrando una sonrisa de triunfo, como si se hubiese tratado de una olimpiada y ella obtuviese la medalla de oro.

                  Filomena, la de los senos pequeños a pesar de su gordura, la que sabiendo que no era una beldad tenía a más de uno atado a sus caprichos. Me pregunto, ¿qué era lo que veíamos en ella? Era inteligente, eso no estaba en duda, y cuando se trataba de explicar la teoría y el uso de las series infinitas o las progresiones aritméticas o geométricas no había quién pudiera hacerle competencia. En el grupo era la única mujer, jugaba a los naipes como un auténtico tahúr; decía que era experta en el cálculo de probabilidades en experiencias compuestas, y todos creíamos que era cierto, ya que nunca le pudimos comprobar ninguna fullería. Y cuando ganaba, que era lo que generalmente sucedía, ella escogía a su hombre. Fui el afortunado más de una vez, pero a diferencia de los otros, yo me enamoré. No me importaba que ella se prodigara con cualquiera de los del grupo, sabía que después llegaría mi turno sin atreverme a pedir explicaciones por temor a perderla. Así pasaron los años, nos graduamos y ella viajó a hacer un posgrado al exterior. La última vez hicimos el amor como dos posesos. Y no la volví a ver.

                  Todos estos años he tratado de esfumar de mis recuerdos el placer irrepetible que Filomena fue capaz de hacerme sentir, la he comparado con las mujeres que sucesivamente formaron parte de mis tardes de hastío, y siempre ella salía ganando. De vez en cuando encuentro a alguno del grupo y hablamos de eso, siempre es así, creo que la hemos idealizado, yo, especialmente. Nunca encontré a otra que llenase ese vacío que dejó en mí, ni siquiera que se le acercase. Hoy aún me conservo solo y no pienso dejar mi soltería. Me cansé de buscar a la mujer adecuada.

                  Esta tarde iré a casa de mis padres, llevo montones de regalos en el auto, de pronto mi familia, en especial mis sobrinos, llenan el vacío que empiezo a sentir en los días festivos y me dispongo a pasar una velada más. Siempre he pensado que las Nocheviejas son como retratos que van quedando como mudos testigos de un pasado que no volverá, de los que se fueron, y ya no están más. La nieve inunda el paisaje y el piso resbaladizo hace que conduzca con cuidado, en estas fechas no falta algún loco que trate de arruinar la fiesta. Ni bien lo pienso, veo un taxi venir de frente y parece que sin intenciones de parar, me hago a un lado, pero es demasiado tarde. El vehículo se incrusta en mi coche. Después de la arremetida, bajo como un energúmeno. De la parte posterior del taxi sale una mujer baja, gorda, con una mata de pelo grisáceo y revuelto que se me enfrenta gritando. La sorpresa hace que calle lo que pensaba responder. Sus ojos me recuerdan a alguien.
                  —¿Filomena? —musito incrédulo.
                  —Carlos... —dice ella, avergonzada de su actitud.
                  Pero no es por su actitud, estoy seguro. Es por su apariencia. Yo mismo quedo de una pieza, no recordaba que era tan terriblemente fea. Claro, los años transcurridos... pero pareciera que en ella se habían amontonado todos al mismo tiempo. Giro el rostro y trato de fijar mi atención en la tremenda abolladura del parachoques. Pero es lo que menos me importa. Lo hago para evitar seguir contemplando su desagradable sonrisa, una mueca en un rostro fofo y deforme. Deseo desaparecer, huir del sitio.
                  —Carlos, aún me recuerdas... —dice tanteando mi reacción.
                  —Por supuesto, ¿cómo olvidarte?
                  Me encuentro diciendo, me da miedo que quiera algo más de mí, que logre despertar mi interés, que me obligue a mirarla, un terror profundo corre bajo mi piel, ya no quiero ese encuentro, ¡deseé tanto ese momento y ahora no sé cómo escapar!
                  Siento su mano áspera en la mía, parece que tiene intenciones de darme un abrazo, y con horror me doy cuenta de que no puedo moverme, me siento paralizado como el muñeco de nieve que está a un lado del camino con su boba sonrisa congelada. Ella acerca su rostro al mío, se empina lo más que puede —parece que se achicó aún más—, y acerca sus labios para darme un beso en la mejilla.
                  —Felices fiestas, Carlos —dice quedo. Su aliento huele a tabaco. Siempre fue una fumadora empedernida. Fumaba como un chino en quiebra.
                  —Gracias, Feliz Año —digo sin afán, pero obligado por las circunstancias le doy un abrazo.
                  Es mi perdición. Vuelvo a sentir el calor de su cuerpo, el palpitar de su pecho ahora pegado al mío, su sonrisa deja de ser espantosa y sus ojos cobran el mismo brillo que yo recordaba la última vez.

                  El chófer del taxi interrumpe diciendo que lo siente, me da su tarjeta, dice que el seguro cubrirá todo, y sigue excusándose, pero yo oigo su voz lejos, como el ruido del televisor cuando no quiero sentir la soledad.
                  —Nunca te olvidé, Carlos. Vamos a casa, te invito un trago. Tenemos mucho de qué hablar —dice con el mismo gesto dominante, la misma voz autoritaria que durante estos años añoré como un idiota.

                  Voy con ella. Nos metemos al coche que para mi fortuna o perdición arranca sin contratiempos y a escasas cinco calles llegamos a su casa. El lugar es tibio. Me lleva casi a empellones al dormitorio y sin yo darme cuenta me encuentro desnudo viendo cómo ella se quita sin recato una a una, cada prenda de ropa hasta quedar en bragas, unas enormes bragas, de esas que llegan hasta la cintura. Reconozco que no es apetecible, pero mi curiosidad es ya más fuerte que mi rechazo. Si antes su cuerpo regordete no hacía imposible mi excitación, ahora aquella mujer cuyo rostro de mejillas colgantes hacen juego con los rollos de su cuerpo, empieza a inspirarme repugnancia. Me echa en la cama y empieza a besarme, por momentos me falta el aire, pero me siento incapaz de rechazarla, pienso que es una pesadilla cuando se sienta sobre mí. Trato de pensar en otra. Lo contrario de lo que había hecho siempre. Me dejo llevar, y por un momento regreso atrás en el tiempo, vuelvo a sentir la misma excitación, y el mismo orgasmo que me dejaba agonizante. Sé que estoy perdido. Aún ahora me pregunto, ¿qué habría sucedido si no hubiera chocado? ¿Si no la hubiese extrañado? ¿Si no hubiese venido con ella?

                  No he vuelto a saber más de mi familia, ni de mis padres, ni mis sobrinos. Solo espero que Filomena llegue como todas las tardes para hacerme feliz.


                  B. Miosi