viernes, 29 de septiembre de 2017

Katty, un cuento en una página para el fin de semana.

Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño. Levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que solo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas; y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota.

Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a la que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorgoreante, parecida a la de los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.

Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información. Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorgoritos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba. No a ella. No. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que cuando dormía a su lado a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba a todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca, más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.

Una semana que no dormía y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes». «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...» Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero? Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro. Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad era él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorgorease; ¿por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina. El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty, de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?

Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado. Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»
«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital. Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»
Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí. Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta. Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!», «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana? Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía su horrible gorgoreo que esta vez sonaría a himno.

Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana, con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.

Blanca Miosi

viernes, 22 de septiembre de 2017

El secreto de saber vivir

Con el uso de las redes sociales nos llegan cantidades de información, y no es recomendable seguir todos los consejos sin antes consultar fuentes confiables. Los consejeros gratuitos (y también los no gratuitos) muchas veces no siguen sus propias recomendaciones.  Conozco gente que pregona todo el bien que hace a los demás; amistades, conocidos, familia, extraños… y dice que todo el bien o todo lo que se haga a los demás se devuelve. De acuerdo. De eso no hay duda. Pero no creo que deba irse por ahí contando lo que hace o hizo por los demás. Puede ser contraproducente. Recuerden que todo se devuelve…
También están los que recomiendan comer sano: prohíben la sal, el azúcar, las grasas, y una enormidad de cosas para conservar la salud. Sin embargo, ellas mismas son personas que sufren de migrañas, infecciones, problemas digestivos, virus… ¿será que a sus organismos les hace falta lo que prohíben comer?
También están los que aconsejan cómo adelgazar y cuando vienes a ver son más gordos que mandados a hacer.
Creo que todo radica en la moderación. Nuestro organismo necesita grasas, carbohidratos, proteínas, sales minerales, y toda clase de alimentos pero ingeridos con moderación. Una dieta exenta de sal es tan perjudicial como una salada.
Si hacemos el bien no lo hagamos para que nos vaya mejor. Hagámoslo porque deseamos hacerlo. Y, por favor: en silencio.
Tratemos en lo posible de no hablar demasiado de nosotros mismos. Eso de yo, yo, yo, yo… llega a cansar. Para conocer a las personas no necesito que me repitan diez veces qué hizo para llegar adonde se encuentra ahora, o si es brillante en su carrera, si es inteligente, si las demás personas le dijeron esto o aquello respecto de su inteligencia y capacidad. No. Obviamente, si se trata de promocionar nuestros libros debemos dar publicidad a todo lo concerniente a ellos y a uno mismo como autor, pero en la vida cotidiana es preferible pasar inadvertida.
Creo que no prestar demasiada atención a la imagen que los demás tengan de uno es la mejor manera de vivir en paz.  Eso de “fulano piensa que yo soy…” es algo que no nos debería importar, y de hecho no me interesa. Tampoco me interesa enfrascarme en largas discusiones para que mi idea sea la que prevalezca. Cuando veo que no hay manera de hacer entrar en razón a una persona, simplemente me quedo en silencio. Siento que es tan inútil seguir escuchándola como seguir hablando, y dejo que mi mente divague por caminos agradables. 
¡No sé cuándo dejaré de existir, y me parece una pérdida de tiempo prestar atención a las tonterías!
Prefiero disfrutar la vida, sonreír viendo el éxito y la alegría de los demás, guardar los secretos que a veces me veo obligada a escuchar, no contar mis intimidades, comer todo lo que me gusta sin caer en excesos. Y, por supuesto, leer. Y escribir.

¡Hasta la próxima, amigos!

sábado, 16 de septiembre de 2017

¿Puede la carta de un lector dar inicio a una novela?

Ser escritora independiente ha permitido que mis lectores tengan un contacto más directo conmigo, pues al final de cada libro dejo mi correo electrónico, algo que no ocurría cuando publicaba por editoriales y los libros salían en papel. La edición digital permite no solo dejar el correo; también los enlaces al resto de novelas de mi autoría, de manera que con un simple "clic" pueden tener acceso al resto de mi obra.
Una de las experiencias más anecdóticas que tuve, amén de conseguir muy buenas amistades de esta manera, fue la de conocer a un joven lector que se hallaba en Fob Fenti, en Afganistán (el sitio adonde llevaron a Bin Laden después de muerto). Los miembros de una misión, tres norteamericanos y cinco puertoriqueños, desplazados a ese sitio, leían mis libros en Kindle en los momentos de descanso. Leyeron "La búsqueda" y uno de ellos, Jorge Guzmán decidió escribirme:
Soy un soldado del ejercito de los Estados Unidos de Norte América, mi patria es Puerto Rico, actualmente estoy en desplazamiento en el norte de Afganistán. El propósito de escribirle es simplemente felicitarle por ten excelente tacto en el modo de escribir sus libros. Recientemente leí El niño que se enfrento a los nazis, me encanto lo fácil de la lectura, lo interesante en el paso de los acontecimientos y los datos históricos que abarca, para un lector aficionado como yo es estupendo ya que mantiene el animo de leer el libro para llegar a su desenlace. Me encanto que incluyera a Puerto Rico en la lectura. Recientemente comencé a leer El Legado y por lo que he leído me da la misma satisfacción de continuar leyendo, muy interesante. Luego comprare El Manuscrito, estoy seguro que es igual de interesante. Gracias por darme una herramienta para los momentos difíciles que paso en este teatro," la guerra", con sus libros alimento mi conocimiento como lector y hago de mi tiempo libre un verdadero entretenimiento. "Que Dios le bendiga".
 SPC. Jorge L. Guzmán Díaz
Ya se pueden imaginar mi asombro. Y también la emoción de saber que mis libros tenían lectores en tierras tan lejanas. Pero esa carta no quedó ahí. Seguimos en contacto y pude enterarme de algunas cosas más, hasta que cierto día Jorge me dijo que "por qué no escribía una novela relacionada con la guerra o lo que ocurría por allá". Así fue como nació "El rastreador". Y en esa novela el amigo más querido del protagonista es un puertoriqueño, al que le di las características físicas de Jorge Guzmán; (en la novela se llama Daniel Contreras). Reconozco que si no hubiese sido por este encuentro fortuito jamás se me hubiera ocurrido escribir algo relacionado con Asia Central. El libro fue un bestseller y hoy se sigue vendiendo.


Son las historias que subyacen detrás de una novela. ¡La comunicación con los lectores me ha traído cosas muy buenas!
¡Hasta la próxima, amigos!

miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿Qué tan importante es la portada de un libro?

¿Qué tan importante es una buena portada o carátula de un libro? Algunos dicen que de ella depende el que el lector potencial se anime a cogerlo de la estantería.
Primera portada
Si partimos del supuesto de que se trate del libro de un autor desconocido, esa premisa puede ser cierta. La carátula profesional y llamativa podría ser determinante en el momento de la compra por impulso, pues se trata de un autor nuevo. Sin embargo, en general existen varios componentes en la fórmula portada  + título + tema + autor, y por qué no: + tendencia.
Voy a hablar de mi experiencia.
Una de las portadas más contundentes  entre mis libros ha sido la que en su día, hace unos seis años ya, me obsequió un amigo, Mián Ros, la de “El manuscrito I El secreto”. Ahora que tengo más experiencia con todo el proceso de publicación, reconozco que no es una portada demasiado elaborada, pero sea por el color, el misterio que se desprende de ella y, por qué no, el título,  la novela se vendió en cantidades impresionantes cuando por primera vez la publiqué en Amazon, sin ninguna clase de promoción pues no estaba pendiente de ella. Ya había publicado “La búsqueda” y “El legado” en Amazon, pero no tuvieron la misma fuerza que “El manuscrito”. 


Portada editorial
Portada amateur
Yo lo adjudico a la portada y no tengo dudas de ello.
Para entonces, en mi ignorancia había publicado en digital “La búsqueda” ellos me llamaron la atención. Dijeron que no podía usarla pues era de su propiedad. Lógicamente la cambié. Busqué de manera desesperada una solución a semejante dilema, y otro amigo vino con la solución.  En lugar de los dos niños mirando sonrientes al cielo, la nueva portada apuntaba a un solo niño con una mirada seria, retadora, que es la que llevó a esa novela a ocupar el primer lugar del top general durante un año y tres meses ininterrumpidos. Tampoco tengo la menor duda de que gran parte del éxito se debió al contenido, pero la portada tuvo mucho que ver pues ya antes la anterior no había llamado la atención. No es una carátula profesional, recuerdo que entre Fernando Hidalgo y Jordi Díez trataron de darle el pixelaje necesario y Jordi buscó una configuración excelente de letras para el título.


Una portada profesional la tuve con “El legado” y “El rastreador”, en esta última al primer vistazo el fondo se confunde con el Capitolio, y luego no puede dejar de verse el segundo rostro. El del hermano del protagonista. Ambas portadas las ejecutó un diseñador gráfico al que recomiendo por su profesionalismo: Ernesto Valdez.
Portada inicial
Actualmente sucede algo extraño. Mi novela más reciente, “La lista”, publicada el 16 de julio de 2017,  la subí a Amazon con una portada muy sencilla. Digo esto porque se trata de un camino difuso con una arboleda de un lado y postes de alumbrado del otro; todo en color amarillo ámbar, no existen árboles verdes ni cielo azul. Un hombre camina con las manos en los bolsillos y eso es todo.  Para mí el significado era un largo camino recorrido por un hombre, el protagonista. Incluso LA LISTA es un título bastante lacónico, hasta predecible, aunque  el contenido no lo sea. Me arriesgué y creo que logré mi cometido. La novela poco a poco fue ganando lectores y se ha mantenido en el top general. Pero hace una semana un gran amigo mío me quiso dar una sorpresa. Él es un joven escritor, su primera novela es un thriller de intriga y suspense de éxito, y me obsequió con una carátula extraordinaria hecha por un equipo de profesionales conformado por diseñadores
Portada con fondo claro
gráficos, dibujantes, y fotógrafos. En cuanto la vi me enamoré de ella, en primer plano se ve el rostro de un hombre mirando hacia arriba en una actitud esperanzadora. Atrás, las celdas de la prisión de San Quintín. El contenido emocional es alucinante. Opté por cambiar mi sencilla portada y subí esta otra.
¿Qué sucedió? La novela empezó a bajar de manera alarmante. Cambié la portada por la que tenía inicialmente y empezó a subir de posiciones. Deduje que era porque en el formato Kindle las portadas muy  elaboradas no se detectan, sobre todo si son un poco oscuras, así que cambié el fondo y puse el camino color ámbar con los postes y los árboles y volví a subir la preciosa portada del hombre mirando al cielo. La novela volvió a bajar, es decir, dejaron de comprarla. Anoche volví a cambiarla por la portada inicial y empezó a subir de nuevo. Es lo bueno de Amazon, se puede cambiar la portada, corregir el contenido, volver a editarlo, las veces que sean necesarias. Tal vez más adelante la vuelva a cambiar, ¡quién sabe!

¿Qué significa todo esto?
La portada para la versión digital debe ser clara. El título y el nombre del autor distinguirse a simple vista. Una portada puede ser artística y muy elaborada, pero si no se distingue en el tamaño Kindle pasará inadvertida.  Pienso utilizar la portada del hombre mirando hacia arriba para la versión en papel, creo se verá magnífica.
Si desean una portada espectacular, banners impresionantes y un video que llame la atención, les sugiero contactar con Shadowboy,  tienen unos paquetes promocionales muy buenos. El que no haya resultado en digital en mi caso tiene muchas explicaciones. La gente compra mis libros porque ha leído los anteriores y la portada para Kindle debe ser más comprensible; algo que hay que tomar en cuenta a la hora de encargar una portada. Yo diría que también es muy importante leer el libro. Saber el contenido dará una idea más clara de lo que se trata.
Ahí les dejo mis reflexiones, ¡Hasta la próxima, amigos!

sábado, 9 de septiembre de 2017

¿Informe o novela?

Escribir es fácil. Hacerlo bien es difícil. Lo aprendí cuando ya había escrito varias novelas pero ninguna era buena. Como me dijo la directora de publicación de Alafaguara: “Tu historia es muy interesante pero necesita una profunda corrección. Está muy mal escrita”. Y así tenía varias. En aquel tiempo pensaba que todas eran obras maestras, ¡pero qué equivocada estaba!
Sin embargo debo decir a mi favor que las historias eran buenas. Lo único rescatable. Y lo único que me ha hecho sobrevivir como escritora, pues de no haber recibido esa crítica dura en aquellos ya lejanos días, jamás hubiese buscado ayuda para aprender a escribir.
Pero… ¿Se aprende a escribir? Claro que sí. Lo que no se aprende es a ser creativo, imaginativo y, por qué no decirlo: audaz. Porque se requiere audacia para exponer al público una obra escrita por uno.
Lo que nadie me enseñó es que una novela debe tener una historia.  Y que la historia debe tener un problema que debe ser resuelto.
Una relación de hechos por más que contenga datos interesantes, ya sean geográficos, costumbristas, paisajísticos, reflexiones, no es novela si no existe un problema, un protagonista, una contraparte, un nudo, varios puntos de giro y un desenlace. De no ser así estaríamos relatando simples experiencias, como si fuera un informe periodístico o un diario. Y una experiencia personal no puede ser interesante solo porque nos sucedió algo que para nosotros fue extraordinario; debe serlo para los lectores.
Algunas amigas piensan que cualquier problema personal es digno de una novela. Me refiero a tragedias familiares, como el abandono del marido, la muerte de un hijo, la pérdida de una fortuna, o la enfermedad incurable de alguien muy querido, y tal vez lo sean, pero no serán historias inolvidables si detrás de cada una de ellas no subyace el elemento sorpresa:
1.      Si el marido desapareció sin dejar rastro y de pronto se encuentran algunas pistas entre sus efectos personales que haga ver que pertenecía a una célula terrorista, era un espía secreto, o era miembro de una secta satánica, ya el abandono del marido se convierte en una buena historia.
2.       Si la historia de la muerte de un hijo va precedida por una enfermedad misteriosa adquirida a través de unas investigaciones que se realizaban en un laboratorio clandestino; o si después de su muerte empiezan a ocurrir fenómenos sospechosos; o si en realidad el chico no está muerto pero lo tuvieron que hacer pasar por muerto por asuntos relacionados con la mafia. O si descubren que después de muerto aparece otro joven exactamente igual a él…
3.       Si después de perder una fortuna la familia se entera de que el banco no es el culpable sino que existe una organización secreta que ideó un plan maestro y macabro para tomar posesión de la mansión donde vivían porque en sus profundidades existe un pasadizo secreto que lleva a la bóveda de un banco, uno que oculta una riqueza en la que estuvieron envueltos los nazis y por ese motivo no pueden sacarla a la luz…
4.       Si la enfermedad incurable del ser querido es exprofeso, y hay alguien que lo está envenenando…
Las novelas no son historias simples, deben ser muy interesantes y sus personajes también, porque el lector voluntariamente desea ser convencido de que todo lo que allí ocurre es posible que sea realidad. No es suficiente con escribir correctamente y ser un genio en gramática y estilo. Se requiere algo extra para componer una historia coherente con diversos factores que la enreden hasta el punto de no tener otro camino que encontrar una solución. 

Por poner un ejemplo: una historia que por el título parece ser predecible como LA LISTA, mi última novela, se vuelve absolutamente impredecible. Creo que es el secreto de las historias que enganchan, que quedan en la memoria del lector.

Y lo peor que podríamos hacer es crear falsas expectativas y dejar cabos sueltos tanto en la propia historia como en la sinopsis.

Como decía Anton Chejov:
Elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí.
 ¡Hasta la próxima, amigos!

domingo, 3 de septiembre de 2017

Vivir las aventuras para poder contarlas

La primera vez que subí a un avión tenía doce años. Íbamos mi hermano pequeño y yo desde Lima a Satipo, una provincia de la parte suroriental del departamento de Junín, situada en la selva central del Perú. Después de tantos viajes en avión, al recordar ese primer vuelo no tengo memoria de haber sentido miedo, pánico o incomodidad, pese a que el avión era un Douglas DC-3 en el que los asientos iban de espaldas a las ventanillas y el espacio del centro era ocupado por la carga. Nos dieron algodones para taparnos los oídos porque el ruido era infernal. No recuerdo haber tratado de mirar a mamá que seguramente me hacía adiós pensando que yo estaba pendiente de ella. Ni pude escuchar lo que mi hermano trataba de decirme, ni los cacareos de las gallinas que iban en unas jaulas;

Glorieta, parque de Satipo.
 mi alegría por volar era tanta que lo único que me interesaba era mirar hacia atrás, a través de la ventanilla, para ver cómo el cielo limeño gris y opaco iba transformándose en uno azul intenso y sacudido después por relámpagos y truenos y luego oscurecido por una lluvia tan densa como jamás había visto en la vida. Pese a todo, no sentía miedo. suponía que volar era así, y ni por un momento pensé que el avión podría caer. Eso no entraba en mis expectativas. Yo solo me sentía feliz por vivir una gran aventura. Volaba a la selva. Vería cosas nuevas, gente nueva, y empezaría a estudiar en un colegio nuevo.

Años después subí por segunda vez a un avión para ir de vacaciones a Venezuela, corría el año 1976, y mi segundo vuelo fue en un DC-10 de Alitalia. Maravillada por el flamante avión con azafatas y asombrada por las comodidades, la comida y el que existiera baños, fue otra gran aventura. El miedo a los aviones empecé a tenerlos después, mucho después, y si me preguntan, realmente no sabría decir con exactitud a qué se debe. Tal vez he visto demasiados programas de catástrofes aéreas.
Cuando somos jóvenes no tenemos noción del miedo a lo desconocido, al menos era mi caso. Cada vez que debía enfrentarme a una situación ajena a mi entorno sentía curiosidad más que angustia, emoción, más que temor. Pero esa sana sensación se va perdiendo con los años. Me he vuelto más precavida, ya no sería capaz de subir otra vez al volcán La Soufriere, en plena erupción, como cuando lo hice en Guadalupe en el 77 a mi regreso de Europa. Ni mucho menos hacerme pasar por reportera en calidad de traductora para que me dejaran montar en un helicóptero para sobrevolar el volcán casi con medio cuerpo fuera sujetada por unos arneses.
La Soufriere, se nota la rajadura en la montaña. Foto actual. En el 77 todo estaba cubierto de cenizas.
Sin embargo, hoy en día también tengo otros retos. Ser escritora es uno de ellos. Cuando empecé a escribir y enviaba mis manuscritos a grandes editoriales y concursos conocidos tipo Premio Planeta o Alfaguara, una amiga, Cointa Marcano, me decía que yo era audaz. En el momento lo interpreté como un halago. Ahora sé que se refería a que yo enviaba mis escritos sin siquiera haber pasado una revisión y esperaba competir con los grandes. Eso es audacia. Y más escribir sin haber seguido un curso o un taller de narrativa. Ella es de las personas que no aprenden por el método de "ensayo y error". No. Mi amiga tomó un curso en el ICREA y cuando nos reuníamos me enseñaba lo que aprendía. Iba a mi taller de costura y hablábamos mucho. Aprendí varias cosas que puse en práctica, pero no fueron suficientes. Fue mucho después cuando aprendí de otra manera y de uno de los mejores maestros que he tenido. Y todo lo hice corrigiendo mi novela "La búsqueda". Después fue más fácil, ya podía detectar las fallas, las expresiones sin sentido, la falta de sintaxis, aprendí a evitar los pleonasmos, la falta de continuidad y también a utilizar los guiones para diálogos, a insertar los incisos adecuados; las digresiones oportunas, "el tempo" y "el ritmo" poniéndome en los zapatos del lector, porque para él escribo. Ese lector que compra mi libro y espera encontrar una gran historia.
Ahora que recuerdo algunos pasajes de mi vida caigo en la cuenta de que tal vez me guste escribir novelas de aventuras porque en el fondo soy una aventurera. Nunca dejé de serlo aunque ahora sea más prudente. Ahora hago que mis personajes vivan momentos que a mí me hubiera gustado vivir.
¡Hasta la próxima, amigos!