miércoles, 22 de diciembre de 2010

De un personaje de novela y de un coche roncador

El erróneo concepto de «amor verdadero» nos acompaña desde que tenemos uso de palabra.  Y no digo uso de razón, que si la tuviéramos con seguridad no diríamos semejante barrabasada, porque: ¿Qué amor no es verdadero? Al menos, es verdadero hasta que se demuestra lo contrario.  En algún momento de nuestras vidas, casi todos, y no digo todos porque hay quienes tal vez no hayan experimentado ese sentimiento que hace que se encoja el estómago cuando pensamos en la otra persona; aunque bien podría ser que el sentimiento se extienda hacia algunos objetos, ¿por qué no?, se me acaba de ocurrir. Un coche, por ejemplo. ¡Ah! Yo sí tuve amor por mi Mustang Fastback Mach I.  De un color verde metalizado, de asientos que casi llegaban al suelo, de su sonido poderoso, potente; un motor de trescientos sesenta centímetros cúbicos, ocho cilindros en V y doble tubo de escape.  Rugía como un león cuando está contento, o mejor debería decir «ronroneaba», aunque los vecinos no estuviesen muy de acuerdo conmigo.  El término exacto sería, como decía mi recordado Henry: «roncaba».  Sí, señor.  Mira, Blanca, de cero a 140 kilómetros por hora en diez segundos, y yo chillaba de alegría, eran épocas en las que no conocía el miedo.

El claxon no era el original, sino el de la película «Il sorpasso», con Vittorio Gasman, algo así como un bufido, escandaloso como el mismo ronquido. Otro aporte de mi querido Henry, más conocido en Polonia como Waldek, y a nivel universal y literario como Waldek Grodek.  El coche primero le perteneció a él.  Después, cuando sentó cabeza —tenía ya unos cincuenta y tres años—, me lo pasó a mí, pero no me lo obsequió, no. Él siempre decía que las cosas se apreciaban más cuando uno pagaba por ellas, y aunque yo no estaba totalmente de acuerdo, asentí con fervor, porque las facilidades eran extremas y me moría por poner mi pie en el acelerador del Mustang. Él se compró un Chevrolet Montecarlo, más acorde con su apariencia de muchacho maduro, y yo empecé a gozar de la vertiginosa velocidad de uno de mis «amores verdaderos».  Tiempo ha pasado ya. ¿Veinte años?, no.  ¿Veinticinco? ¿Treinta? Más, Blanca, por favor, si desde entonces has renunciado a tu trabajo, has abierto un taller de alta costura, has escrito varias novelas ¡y hasta tienes agente literario…! Cierto, Waldek.

Hoy, un día de diciembre del año 2010, me encuentro en una situación completamente diferente.  Ya no más autos roncadores.  Ahora prefiero el silencio. He descubierto que me gusta estar acompañada de música, y si es sinfónica, mejor. He empezado a apreciar la ópera y eso sí: jamás he dejado de leer.  Mi biblioteca ya no tiene espacio donde colocar más libros y estoy pensando seriamente en transformar una pared de mi sala en otra biblioteca. Y es que soy una señora de sesenta años cumplidos —muchos dicen que no los aparento, pero son todos míos—, que requiere de un deporte más apacible que andar en un Mustang cortando el viento. Viejo amor que se fue hace años y no está más conmigo. Tampoco hoy está conmigo mi querido Henry.  Se fue. Hay quienes piensan que a un lugar donde se van todos los buenos, los valientes, los héroes… porque Henry era un héroe, literalmente.  Tenía una medalla de plata otorgada por el mismísimo ejército de los Estados Unidos de América, y no por haber combatido en la guerra de Vietnam, en la del Golfo o la de Irak.  No, señor. Fue porque combatió contra los nazis en la II Guerra Mundial, la más conocida, y glamorosa de las guerras, si se pudiera acuñar ese término.  O como dijera cierto personaje que no quisiera nombrar: «La madre de todas las guerras».

¿Amor verdadero? ¡Claro que conozco el amor verdadero! Lo siento en la sangre que corre por mis venas, en los recuerdos que apabullan mi mente, recuerdos de todos estos años vividos a plenitud al lado de un personaje de novela, y también cada vez que me siento a escribir y la emoción me lleva por derroteros que nunca sé adónde me conducirán, como cuando empecé a escribir esto.  Creí que sería una tesis acerca de lo que significa el término «amor verdadero», y miren ustedes, ha resultado en un maremágnum de diferentes intensidades, como la música de Chopín, con su pequeño recortadito como si indicase alguna duda, para luego darse a fondo. Con todo. 

Un amigo me dijo que debía dedicar a Henry una entrada especial en el blog, pues era un personaje literario.  Creo que tenía razón.  Pero sucede que cuando se trata de situaciones personales, es como cuando se es médico, no se puede operar a un familiar cercano, menos si se trata del marido. Solo puedo decir que mientras mis dedos recorrían las teclas con la cadencia armoniosa que me acompaña cuando las ideas fluyen sin esfuerzo, esa idea fue recomponiéndose en mi mente y esta entrada la dedico a mi inolvidable Henry, el Waldek Grodek que algunos de ustedes han conocido por mi novela La búsqueda, y otros porque lo conocieron a él.  El de la sonrisa fácil, el Waldek de la mirada que nunca perdió ingenuidad ni en el último día de su vida.  


Él siempre tenía una pregunta en los labios: ¿por qué yo? Y creo que era la pregunta que había en sus ojos la última vez que lo vi. Pero esta vez su interrogante no me hizo sonreír. Supe que esta vez tenía razón: ¿Por qué él? 

De ahora en adelante ya no más de aquella sonrisa, ni de sus miradas ingenuas, de su asombro de niño, ni de su amada compañía. Muy atrás quedaron los escapes a la playa en el Mustang conducido por Henry a la velocidad del viento... Ya no más.

Adiós, Henry, Waldek, adiós amor mío… hasta que nos volvamos a encontrar.

Tuya, siempre,
Blanca

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA SALA A

Escribir un cuento en estas circunstancias es sencillamente imposible.  Tal vez algunos no estén de acuerdo conmigo, pero de las desgracias se escribe una vez que se dejaron atrás, no mientras se las vive. No, señor.  Así que no escribiré un relato.  Solo recuerdos que se presentan como spots en mi mente aún adormecida de los días y noches pasados en un submundo que hasta hace poco me parecía tan lejano.

Una sala general, la sala A.  Lugar al que llegamos con las más locas expectativas; una tabla de salvación en las aguas turbulentas y negras de días y noches anteriores.  Muy pronto la sala A sería más que una esperanza, un lugar donde la muerte rondaba cada cama, como si estuviera escogiendo a quién llevarse esa noche.  Yo la percibí varias veces, pero no por nosotros.   Fue como si hubiera desarrollado el sexto sentido que tanto adjudican a las mujeres,  un aroma sin olor, una huella sin sombra.  Y el aullido de los perros… ellos jamás se equivocaban.  Los escuchaba a diario, de noche o de día.  En un hospital con tantos pacientes la muerte es inevitable.

La sala A, con sus paredes en zigzag, para otorgar cierta privacidad a cada enfermo, con una puerta de vidrio al lado de las camas, que permitía solazarse con la naturaleza salvaje de las colinas del campus. Sentada al otro lado del lecho no me cansaba de mirar el paisaje, ni el cielo, ni las nubes.  Había una que siempre se formaba en el mismo lugar, como un incipiente remolino que moría al ascender temprano, muy temprano. Luego las enfermeras con su alboroto, sus gritos destemplados, como si no supieran que en un hospital se debe conservar la calma, pero este hospital está aquí, y eso es suficiente. 

Un moreno de treinta y nueve años murió la primera semana de nuestra estadía.  Lo veía venir.  Pasaba las noches sentado, pidiendo aire. Lo dializaban dos veces por semana, nunca vi un visitante a su lado. La última noche me dijo: «gracias por golpearme la espalda, señora, es usted muy amable».  Ya nadie le hacía caso, se había granjeado la antipatía de todos por sus malas maneras. Esa noche pidió aire una vez más y no pudieron resucitarlo.  Su cuerpo envuelto en su propia sábana esperó varias horas en la misma cama a que lo trasladasen a la morgue.  Asuntos de papeleo.  Conocí a su familia: madre, hermanos; sanos y jóvenes. Fueron por sus restos con alivio y cierta alegría.

Desde ese día durante las cinco semanas que permanecimos en la sala A, murieron cinco más. También otros se fueron por cansancio o porque sanaron, pero solo los menos graves.  La sala A, ahora que lo pienso, parecía más un depósito de pre cadáveres.  Y la muerte hacía de las suyas, jugaba y retozaba mientras los enfermos se debatían entre la vida y el más allá. Y yo respiraba su falta de olor, y sabía cuándo le tocaba al próximo.  Aun después de salir del hospital seguí percibiendo su presencia, y en efecto, los que quedaron atrás, allá en la sala A, que por algún vínculo invisible quedaron unidos a mí, lo confirmaban: «Ayer por la tarde murió el señor Celis…» «El esposo de la gorda, el de los pulmones de cartón, se fue ayer… no soportó más, su mujer está desconsolada…»

Finalmente salimos de ese infierno.  Y ahora estoy a la espera de la muerte que se hace esquiva. Sé que tiene miedo de entrar en casa. Y yo no duermo desde hace veinticinco días. Creo que está indecisa: no sabe a cual de los dos llevar primero.   Tal vez me preguntaré por quién aullan los perros, y no estaré despierta para saber que es por mí.